7 octubre, 2015

El palacio kilométrico

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

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Vista desde el aire o en una fotografía satelital, no hay nada construido en Roma que tenga esas dimensiones. Tal vez sólo los vacíos del Circo Máximo o de la estación de Termini. Está realmente fuera de la ciudad, casi en el extremo de un suburbio al suroeste. Es una barra desviada unos diez grados del eje norte sur. Es Il Corviale o Nuovo Corviale, una unidad habitacional que mide 980 metros de largo —“el más largo del mundo”— y tiene entre nueve pisos de altura. El proyecto de ese edificio de vivienda social fue encomendado en 1972 por el Instituto Autónomo de Vivienda Popular a un grupo de arquitectos coordinado por Mario Fiorentino —nacido en Roma el 5 de junio de 1918 y muerto en la misma ciudad el 25 de diciembre de 1982— y en el que participaron Federico Gorio, Piero Maria Lugli, Giulio Sterbini y Michele Valori. El edificio se empezó a construir el 12 de mayo de 1975 y siete años después, el 7 de octubre de 1982 —unos meses antes de la muerte de Fiorentino—, se entregó el primer grupo de apartamentos terminados: 122, el diez por ciento de los 1200 previstos, que debían tener entre 30 y 80 metros cuadrados de superficie. El proyecto tenía un presupuesto original de 23 millones de liras y terminó costando poco más de 90 —al costo actual unos 140 millones de euros.

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Vista desde el aire o en una fotografía satelital, la larga barra del Corviale no se parece a nada de lo que se ve a la redonda. Es una marca en el paisaje, como podría ser un camino, una de las tantas vías que desde tiempos antiguos llegaban y salían de Roma, pero de una naturaleza radicalmente distinta. No lleva a ningún lado y las calles que lo rodean sirven para llegar a destinos puntuales: la zona del edificio que cada habitante ocupa. Su monumentalidad tampoco es la del Coliseo o la del Panteón. No contiene multitudes sino familias o incluso individuos. El Corviale se supone que es un proyecto heredero de la lógica corbusiana: lleva al límite la idea de la unidad habitacional pero sin darle ninguna otra función, como lo hizo Le Corbusier con las largas y sinuosas barras de su Plan Obus en Argel, que desdobla la vivienda en infraestructura vial. Como en la Unidad de Le Corbusier, un nivel —el cuarto en este caso— está ocupado en parte por servicios y comercio. Es más difícil imaginar que o que en Marsella no funcionaba del todo lo hiciera en una barra de casi un kilómetro de largo. Desde 1983, cuando había aun muchos apartamentos sin terminar, el Corviale fue ocupado de manera ilegal por personas que no tenían acceso a otra vivienda. El cuarto piso también fue tomado y donde debieron haber habido comercios se construyeron apartamentos improvisados.

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Vista desde el aire o en una fotografía satelital, la larga barra del Corviale quizá parezca simple: un gesto claro de arquitecto o de urbanista y poco haga pensar en la descripción común que se hace del mismo como un monstruo de concreto. La idea de construir una comunidad a partir de construir un edificio que se quería una pequeña ciudad totalmente autosuficiente, falló, pero no del todo. El Palazzo Chilometro —el Palacio Kilómetro, como lo apodaron los romanos o, también: il Serpentone— tuvo al final una comunidad que lo ocupara no por los efectos positivos de la arquitectura y el urbanismo sino al contrario: la dureza abstracta de la solución tal vez no haya tenido el mismo peso que la crisis económica de mediados de los años 70, pero para mediados de los 80, cuando empezó la ocupación ilegal, los nuevos inquilinos tuvieron que desarrollar por sí mismos nuevas formas de convivencia, hacia dentro, y de resistencia, hacia afuera. Más de 700 familias de ocupantes tuvieron que organizarse en comités y grupos de autogestión. Desde los años 90 Il Corviale ha sido un caso repetido de estudio en las escuelas de arquitectura y urbanismo italianas y de fuera. Se han hecho muchas propuestas para resolver el problema del abandono y la ocupación ilegal del enorme edificio, llegando incluso a proponer su demolición y su transformación en el remedo de un barrio entre medieval y decimonónico. Al final, pareciera que una de las lecciones de este larguísimo edificio es que, independientemente del tamaño, la arquitectura siempre está en otra parte —o, quizá, habría que haber dicho, citando a Kundera, que lo que siempre está en otra parte es la vida.

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