20 mayo, 2021

El pabellón de la Serpentine y Theaster Gates

por Christian Mendoza

 

La Galería Serpentine designó a Theaster Gates para diseñar su pabellón en su edición 2022, cuya inauguración es uno de los eventos de arquitectura más relevantes a nivel global. El estudio Counterspace, Junya Ishigami y Frida Escobedo han sido los autores encargados de los pabellones presentados en las tres últimas ediciones, pero la historia del pabellón cuenta con otros nombres como Zaha Hadid y Frank Gehry, ambos galardonados con el Premio Pritzker, así como Bjarke Ingels, quien publicó un tutorial para que cualquiera pudiera construir, con simples hojas de papel, su propio pabellón de la Galería Serpentine con el diseño de su despacho. El registro visual de las piezas siempre documenta las propuestas formales de las construcciones, así como su paisaje: un sereno jardín británico. 

Ante la trayectoria del pabellón y de los arquitectos que la han formado, Theaster Gates representa un contrapunto: profesionalmente, está certificado como ceramista y planificador urbano. Su práctica escultórica forma parte del circuito de las ferias internacionales de arte, y lo que hace como desarrollador podría describirse en términos por demás tradicionales: adquiere propiedades para remodelarlas y activarlas, esperando imprimir una plusvalía en los vecindarios donde interviene. Pero, en una segunda lectura, es posible afirmar que Gates trabaja más bien con instancias de legitimación: la economía del arte y las herramientas mediáticas lo han llevado a rehabilitar no sólo vecindarios marginales, sino también a proponer discusiones sobre raza y clase. En una mesa de diálogo realizada en The New School en Nueva York (2015), que contó con la participación de la compositora y artista Laurie Anderson y la pensadora feminista bell hooks, Gates declaró que formarse a nivel universitario en una disciplina se concentraba solamente en “profesionalizar la posibilidad de hacer”. En cambio, para él “se trata de entender al arte como un conjunto de tácticas que deben incidir en el mundo”. Este espíritu utopista se compensa con pragmatismo. En la práctica de Gates, las solicitudes para becas y subsidios, así como la venta (por demás cotizada) de su obra proponen un discurso al que sólo algunos arquitectos, y para el caso, muy pocos artistas, se han aproximado de manera tan directa. “Nunca haría un mural para resolver un problema social”, declaró en una ocasión. “Se requiere dinero para resolver problemas sociales; se requiere tener conversaciones fuertes y poder político, y los artistas deberían apropiarse de estas cosas”.

En el lado sur de Chicago, Gates comenzó a adquirir casas abandonadas en uno de los barrios más pobres de la ciudad, donde la población es principalmente negra. Aliándose con Rebuild Foundation, institución sin fines de lucro, Gates remodeló una serie de infraestructuras que ya representaban un problema para la ciudad (el abandono de viviendas bajaba la plusvalía de los vecindarios), o bien, tenían un pasado violento: algunas de las casas que adquirió a muy bajo costo eran crack houses, sitios donde adictos adquieren e ingieren sustancias ilegales. Este conjunto de remodelaciones ha sido nombrado como los Proyectos Dorchester, conformado por la Casa del Archivo, la Casa de la Escucha, el Cine Negro [Black Cinema House], el Banco de las Artes Stoney Island y el Centro de Exhibiciones y Vivienda Dorchester. Aquí es donde las estrategias de Gates expresan una política que las meras acciones de gentrificación no alcanzan. Gates construye recintos culturales y viviendas al tiempo que forma archivos y programa actividades culturales donde una comunidad negra puede pensar los efectos del racismo sobre su propia vida. El Banco de las Artes Stoney Island, por ejemplo, alberga un archivo con artículos donados por la comunidad, pero también uno que fue hecho por el mismo Gates, conformado casi en su totalidad por objetos racistas. La representación que la comunidad tiene de sí misma convive con aquella dada por la historia de Estados Unidos. Por otro lado, el Cine Negro programa películas hechas por ciudadanía racializada pero también sobre la vida de la población negra, las cuales no siempre representan de manera positiva, pero que, según Gates, tienen que ser vistas e interpretadas por quienes son representados por el cine.

A decir del crítico Chris Dingwall, “mientras que los antropólogos coleccionan arte africano antiguo para formar museos con un cariz etnográfico, y mientras que los coleccionistas blancos del modernismo les quitaron su contexto a esos objetos para colocarlos en museos de arte moderno, Gates excavó los sistemas de poder que definieron los valores de estos objetos antiguos, fetichizando en abstracto las expresiones negras al tiempo que devaluando la vida de la ciudadanía negra”. Los recintos entregados por Gates son sitios donde se reflexiona sobre las ficciones y las realidades que han marcado la vida cotidiana de una población todavía minoritaria y todavía maltratada, sin mediaciones institucionales que, incluso, podrían edulcorar esta clase de programación cultural bajo términos mucho más amables para las audiencias blancas. Lejos de defender al museo o al cine como sitios donde la política tendría que ser separada del arte (y, por ende, de utilizar sus presupuestos para mantener un statu quo en cómo las instituciones artísticas hablan sobre racismo y pobreza), Gates interviene en sitios donde cualquier otro desarrollador retiraría su capital, uniendo ética y arte, como alguna vez hiciera Francisco Toledo con el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca o la recuperación de la antigua fábrica de hilados y textiles La Soledad que, actualmente, alberga el Centro de las Artes San Agustín.

Una de las críticas que ha recibido Gates es que construyó centros artísticos antes que donar infraestructura básica. En una Ted Talk dada en 2015, Gates responde que para él la belleza es un servicio básico ya que,las comunidades pueden apropiarse de sus vecindarios, sí, a través de infraestructura más digna pero también de lo que él llama “una demanda poética”. Recorrer la ciudad que se habita tendría también que nutrir la subjetividad, sobre todo de aquellos que han sido marginalizados sistemáticamente, como puede leerse en los paseos del personaje principal de Ciudad abierta, novela del autor nigeriano Teju Cole, en la que un hombre racializado, que vive en un cuarto pequeño en Nueva York, piensa sobre el racismo, la violencia económica y la filosofía en sus largas caminatas por la ciudad. La caminata y la ciudad provocan sus reflexiones políticas y poéticas. 

El diseño de Theaster Gates para la Galería Serpentine aún no ha sido revelado. Pero su inclusión en la historia de tan célebre pabellón tendría que pensarse contraria a la mera cuota racial y como una propuesta de la galería para pensar la arquitectura y sus consecuencias sociales.

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