9 agosto, 2019

Del ornamento al porno

por Christian Mendoza

En Misterios de la sala oscura (Taurus, 2017) la crítica de cine Fernanda Solórzano menciona que la consolidación de una industria cinematográfica en Estados Unidos no atendió únicamente la necesidad de entretenimiento —es decir, la de proyectar películas— sino también la del desarrollo de conjuntos para las mismas salas de cine. Como sitio arquitectónico, el cine pretendió construir un sitio de encuentro primordialmente familiar, aspecto que lo volvió una inversión de capital de muy bajo riesgo. La asistencia a las salas de proyección estaba legitimada por un entorno comercial y seguro que aseguraba una experiencia “sana”, noción que tal vez permanece hasta nuestra época: se va al cine para pasarla bien. 

En el caso mexicano, probablemente quien escenificó con mayor contundencia la nueva costumbre de la clase media fue el arquitecto Francisco J. Serrano, quien además de haber proyectado emblemas urbanos como el Edificio Basurto estuvo a cargo de tipologías destinadas al cine, como son las salas Edén, Encanto o Teresa, proyecto cuyas “crisis” son famosas para la historia contemporánea de la ciudad. “Un cine dedicado a las damas metropolitanas”, se lee en un anuncio de la época que promueve el Teresa. Me parece que la mención al género de sus asistentes no es del todo gratuita. Inaugurado en 1942, probablemente México mantenía resabios decimonónicos con respecto al ángel del hogar, figura que definió el rol social de la mujer como un sujeto que transformaba su labor doméstica en una devoción. El hogar, los hijos y el esposo eran signos de su pureza por lo que, si las damas metropolitanas, tan indefensas como eran, podían asistir, eso no podía indicar otra cosa que dicho cine no era un sitio de vicio.

El estilo pudo haber contribuido al entendimiento del Teresa como un sitio que legitimaba la decencia de los asistentes. El art déco, en palabras de Miquel Adrià, representó “un estilo comercial y atractivo, lejano de la militancia moderna y racionalista encabezada por (Juan) O’Gorman.” El ornamento artesanal, las líneas curvas y la fotogenia elegante del art déco resultó lo suficientemente asequible, a nivel conceptual, para un estrato que generó sus propias ideas morales respecto al espacio. De nuevo, un cine al que podían ir las señoritas era un cine de estatus que se diferenciaba de aquellos lugares de peor fama. Y es precisamente el estilo lo que pareciera lamentarse más en las modificaciones del Teresa. Ampliamente comentada en publicaciones dedicadas al turismo urbano, la obra de Serrano parecería expresarse a través de un recuerdo de lo perdido. Tania Alemán Saavedra en el portal de México Desconocido, escribe: “Se convirtió en uno de los cines más lujosos y exclusivos, en un importante punto de reunión social de la élite mexicana y en uno de los primeros cines en donde se podía disfrutar la proyección de los esperados estrenos de películas hollywoodenses.” Dulce Ahumada relata: “Para el año de 1942 comenzó una nueva etapa en el predio con la inauguración del Cine Teresa. Ese día se estrenó la película El hijo de la Furia, el lugar era estilo art déco y se vislumbraba como el cine de la élite mexicana, pues su decoración lujosa y proyección de estrenos de Hollywood hicieron de este espacio un punto de reunión social.” Sin embargo, llega el funesto destino. Héctor Cruz Pérez en la revista Chilango consigna lo siguiente: “Luego de que las crisis económicas y el temblor de 1985 afectaran al inmueble, el Cine Teresa entró en declive y por un tiempo fue destinado a proyectar cine pornográfico, lo que alejó al auditorio familiar de sus salas.” Y no sólo eso. Más adelante en el mismo texto se nos dice que el edificio aún cuenta con dos salas, y que una de ellas albergará parte de la programación de la Cineteca nacional, “con lo que se recupera un espacio emblemático para los espectadores del Centro Histórico que ahora contarán con una mayor oferta cinematográfica.”

Surgen algunos cuestionamientos. Si los rasgos estilísticos que identificaron a la obra original se perdieron, ¿quiere decir que también quedó exterminada la reputación del lugar? O bien, la crisis económica en México, recién comenzada la década de los ochenta, ¿también acarreó una crisis de las costumbres? Lo que los tres reportajes citados omiten es que no sólo el Teresa comenzó a proyectar porno, sino que su principal clientela fueron hombres homosexuales. Los sitios para el ligue casual —el cruising— son espacios del anonimato. Puede surgir la hipótesis de que, más que apropiaciones heroicas de la ciudad, el cruising formó circuitos que mantuvieron ocultas a las sexualidades separadas del relato familiar perpetrado por el Teresa, y que esto tal vez ocurrió porque no se podían experimentar de otra manera. Aunque también debe decirse que dichas sexualidades articularon su historia de una manera radicalmente distinta a la célula de la familia mexicana, y que sí hay algo de subversión en que ahí donde la clase alta se daba cita apareciera la imagen, tanto cinematográfica como real, del deseo divergente. 

De cualquier manera, ¿cómo es que el cine Teresa fue recuperado como cine? Antes de su transformación en plaza comercial, siguió proyectando películas. Tal pareciera que como espacio de encuentro sexual el Teresa no merece ninguna crónica y que una vez que la Cineteca Nacional dirigió sus actividades culturales hacia sus salas, su historia se reinició. El anonimato, esta vez, no es una elección de la comunidad que lo llegó a ocupar: es una omisión narrativa. El primer cine recuperado para las damas metropolitanas, cuyo entretenimiento, al menos en la zona del Centro Histórico, se quedó en el desamparo. ¿De qué títulos estaba conformada su colección de porno y quién o quiénes la formaron? Si consideramos que para la época ya existían conjuntos de cines familiares construidos bajo economías trasnacionales, tal vez la industria de la pornografía todavía requería del formato tradicional de la proyección, de ahí que ese paso que dio el Teresa fuera natural. También, ¿cómo es que se volvió un espacio frecuentado por la comunidad homosexual? ¿Cambiaron demasiado las necesidades urbanas del ligue por la llegada de la tecnología y de una supuesta “normalización” del bar gay, o se sigue echando en falta el pretexto del cine?

El Cine Teresa, como hito urbano, tiene una historia incompleta. 

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