30 junio, 2021

El museo Hermitage en Barcelona y la narrativa de la construcción de la ciudad

por Carlos Lanuza | @carlos_lanuza_

 

“El Guggenheim es un ejemplo especialmente llamativo de egoísmo museístico y construcción desenfrenada de edificios monumentales, pero ilustra cómo esos rasgos conforman en mayor o menor medida el desarrollo de todos los museos. Se trata de instituciones que se nutren de una mezcla de ambición y riqueza, y son el resultado de constantes luchas internas entre patronos, directores y arquitectos, divididos por los impulsos contradictorios del coleccionismo y la teatralidad.”

B de Bauhaus, Deyan Sudjic.

 

 

El consumo de la cultura

En 1997 se inauguró el museo que vendría a dar nombre a un efecto urbanístico mal entendido, y probablemente también mal explicado, el Guggenheim en Bilbao. Este fenómeno entró en el imaginario colectivo y se hizo famoso como ejemplo de “acupuntura” urbana, se decía que un solo edificio era el catalizador de un gran cambio urbano. Sin embargo, se ha de tomar en cuenta que el éxito que podía llegar a tener la inversión realizada en el edificio tenía detrás un respaldo y una planificación que lo apuntalaban. El museo era sólo la cara visible y más atractiva de todo el proyecto, detrás había una concepción de ciudad bastante definida y respaldada.

A partir de entonces muchas ciudades quisieron “ubicarse en el mapa”, para atraer el turismo cultural que ya empezaba a popularizarse, de la misma manera que en Bilbao, pero con diferente suerte. A pesar de las inversiones en planes parecidos a aquel del Guggenheim, los fracasos estrepitosos que ha dejado ese modelo son incontables alrededor del mundo. Pero las ansias persisten, París es un ejemplo perfecto de lo que significa tener los museos más prestigiosos del planeta y del influjo económico —vuelos, hoteles, restaurantes— que implica. Junto a esta desbordante masa dispuesta a gastar viene también un cambio paradigmático de lo que significa la cultura y cómo es “consumida”.

La cultura, aquella de “fácil” acceso intelectual —digamos la pintura, por ejemplo, la poesía no— se ha transformado en una commodity, algo que puede ser comprado o canjeado desde una perspectiva más objetual que experiencial. La cultura ha dejado de ser una actividad artística en manos de élites sociales y ha pasado a ser algo que se expone y que está al alcance de todo aquel que puede pagarse un viaje a dichas salas de exposición, para tachar una lista de cosas que hacer antes de morir. La reflexión, el estudio o la sensibilidad por estos bienes es una cosa vetusta, desgastada, sobrevalorada y accesoria para esta nueva manera de ver los óleos. Las imágenes de la sala abarrotada con miles de teléfonos tomando fotos donde se expone la Gioconda, de Da Vinci, en París, resume lo que pasa actualmente.

Sin intentar demonizar estas nuevas prácticas consumistas, hace falta entender y ser conscientes también de los resortes que las impulsan. En la capital bilbaína se inauguró una nueva manera de crear cultura y ciudad. Es quizás el primer franquiciado de éxito, de la era contemporánea, de una institución cultural que apostó por la arquitectura como vehículo de promoción e innovación. 

Estas olas de sedes franquiciadas han seguido expandiéndose alrededor del mundo desde entonces. El Louvre lo ha hecho en Abu Dhabi a cargo de Jean Nouvel y en Lens por SANAA, el Guggenheim también ha seguido su propia estela con otro proyecto en Abu Dhabi y repitiendo con Frank Gehry, y el Pompidou en Málaga, además de París, por ejemplo. A estos museos se suma también el Hermitage, que nació en San Petersburgo, abrió una franquicia en Ámsterdam y ahora quiere posicionarse en Barcelona. La arquitectura y los museos entraron, hace tiempo, en los engranajes del consumo cultural de masas.

 

El Hermitage en Barcelona

El proyecto del Hermitage nace como una alianza entre el Puerto y el museo para “dinamizar” los terrenos que la institución local tiene en una de las puntas más atractivas de la ciudad, justo delante del mar, al lado del hotel W —controversial en su construcción por incumplir la ley de costas— y cerca de la montaña de Montjuic. Junto con este atractivo se debe decir también que el terreno se encuentra en un cul de sac que hace que sea una zona de la ciudad de especial cuidado: la Barceloneta, abarrotada en verano y una constante fuente de quejas por parte de un barrio ya bastante azotado por el turismo.

La paradoja viene en el momento en que se discute qué deben hacer las instituciones encargadas de dicho proyecto. Por una parte, el terreno es privado y pertenece al Puerto, deberían ser ellos quienes dispongan del futuro de su propiedad si pensamos de una manera liberal. Por otra, cualquier proyecto necesita la aprobación del Ayuntamiento, que es la institución escogida de manera democrática y que vela por el buen funcionamiento de la ciudad. A pesar de la presión del Puerto, el Ayuntamiento ha dicho que no a la obra, respaldada por cuatro estudios técnicos que recomendaban otra ubicación para el museo o modificaciones sustanciales en el proyecto actual.

La historia del franquiciado del museo tiene un precedente que no ha ayudado a generar confianza. Su sede en Ámsterdam se dice que es deficitaria y que el ayuntamiento local se ve obligado a poner dinero de los impuestos pagados por sus ciudadanos para mantener a flote un edificio que nace como una inversión e intereses privados. La idea de poner en el mapa ciudades a través de marcas es cuanto menos obsoleta y queda invalidada si no va acompañada por un plan de ciudad que tome en cuenta sus consecuencias.

La arquitectura se ha vuelto otra commodity para convencer a la gente de lo beneficioso que es tener un edificio proyectado por tal o cual arquitecto, en este caso de Toyo Ito. Todo muy 90 en la constelación de los star-architects que dieron tanto de qué hablar. Parece mentira que, en pleno 2021, aún se piense de manera naif que un edificio, o la colección de un museo, pueda satisfacer las necesidades de una ciudad. Más turistas, más consumo, más gasto, menos cultura.

Richard Sennett, en este extracto de Construir y habitar, da una idea de lo que representa Barcelona y el turismo, y la percepción que se tiene del mismo:

 La “recuperación de las calles” tiene en Barcelona un trasfondo económico debido a la amenaza que plantea el turismo masivo de la ciudad. El número de turistas aumenta espectacularmente cada año; esos residentes temporales atraviesan con indiferencia los barrios en dirección a los grandes centros turísticos de la ciudad: Las Ramblas, la catedral, las playas. Al igual que los turistas diurnos de Venecia, otra ciudad asfixiada por el turismo, los visitantes de Barcelona toman más de lo que dejan, pues utilizan servicios de la ciudad pero es muy escasa la contribución que aportan a su mantenimiento por medio de impuestos. Las economías turísticas en general no tienen significativos efectos en beneficio de los sectores ajenos al turismo, ni tampoco en lo que hace al trabajo cualificado de los residentes de la ciudad.

 

La narrativa de la construcción de la ciudad

La construcción de la ciudad es un proceso de fricción en el que sus diferentes actores luchan por perfilar el modelo de ciudad que más les conviene. Actualmente Barcelona es gobernada por Ada Colau, en su segundo mandato consecutivo. La apuesta de la alcaldesa siempre ha sido la de repensar una ciudad sometida a una gran presión turística de poca calidad —el llamado turismo de borrachera—, y presionada por grupos de inversión inmobiliaria especulativa, la falta de inversión en vivienda de los últimos gobiernos y un laisser-faire de estos mismos que buscaban inversión extranjera a fuerza de dejar en las manos del poder las decisiones que afectaban a sus ciudadanos.

La presión que ha recibido la gobernanza de la alcaldesa ha sido bastante fuerte desde el inicio de sus mandatos. Parece como si se hubiese orquestado una campaña de desprestigio a nivel local que, paradójicamente, la ha convertido en la mujer más conocida de la ciudad, incluso superando al de algunos poderes que están por encima del suyo. La narrativa de la construcción de la ciudad por parte de algunos poderes ha tomado el leitmotiv de “culpa de la Colau”, sobre acciones que ni siquiera le competen a ella, pero dan cuenta de la influencia que tienen los diarios y los lobbies sobre la opinión pública.

Por ejemplo, en tiempos fuertes de pandemia se recurrió al urbanismo táctico —al igual que ciudades como Milán o Nueva York— para paliar deficiencias que se hicieron patentes inmediatamente en momentos en los que el espacio libre sobre la ciudad era fundamental. Se redujeron carriles de circulación para tráfico rodado y se ampliaron aceras, con barreras de hormigón y colores llamativos que fueron criticados en los diarios locales y por profesionales por su estética. Se perdía de vista, en estas críticas, que lo que se pretendía era dar una respuesta rápida utilizando elementos que luego serían sustituidos por otros mejor diseñados, pero que eran necesarios en ese momento por la urgencia de las demandas.

Los arquitectos se dedicaron a criticar los colores, en lugar de aplaudir la estrategia de fondo, irreversible y necesaria para una ciudad en la que la contaminación es uno de los principales problemas, además de la falta de espacios verdes. En otro momento, se dejaron crecer hierbajos autóctonos en los alcorques de algunas calles como medida para reverdecer la ciudad haciendo uso de especies locales, que necesitan menos mantenimiento y son más duraderas, pero que no eran “bonitas” a los ojos de algunos ciudadanos. La narrativa, nuevamente, venía espoleada por los diarios que, en lugar de comprender las acciones del gobierno, opinaban sobre decisiones tomadas por grupos de técnicos especializados que recurrían a novedosas maneras de entender el reverdecimiento de la ciudad.

El gobierno local también ha fallado en su estrategia de comunicación, o en la falta de ella. Su discurso, al principio tajante, se ha ido suavizando hasta hacerse más horizontal y ha aprendido también a escuchar a esos poderes que antes tanto criticaba. Su comunicación sigue fallando al no explicar ellos mismos la idea de ciudad que quieren, y lo han dejado en manos de gente que, a pesar de todo, luchan por una ciudad que quieren exitosa.

Llegados a este punto, que el Puerto de Barcelona, haya luchado por hacer posible la construcción de una franquicia del museo Hermitage en sus premisas, es una historia más de lucha entre poderes. A pesar de que todos los estudios técnicos desaconsejaban la construcción del edificio por una serie de aspectos prácticos, parecía, al final, como si el gobierno local de Barcelona no apostase por la cultura y el internacionalismo según argumentos esgrimidos por parte de la prensa local.

La construcción de la ciudad se ha de hacer pensando siempre en los aspectos técnicos que favorezcan una visión de ciudad inclusiva, sostenible y resiliente, y se deben tomar en cuenta todas las circunstancias que definen las dinámicas urbanas. Apostar por el turismo de masas, de consumo rápido e irreflexivo en lugar de, por ejemplo, consolidar una red de museos existentes —cuya oferta no termina de ser importante a nivel nacional e internacional— es cuanto menos un desacierto. Por no hablar de la posible gentrificación que podría llevar un edificio como este en un barrio de clase obrera ubicado en una zona muy apreciada.

Como contrapunto, este Ayuntamiento, por primera vez en la historia de la institución, realizó una convocatoria de carácter público para que los ciudadanos pudieran proponer proyectos de mejora urbana —peatonalizar o pacificar calles, mejorar parques, aumentar espacios de juego- y para que fuesen votados por todos los vecinos de cada distrito. La construcción de la ciudad, por primera vez, está en manos de las personas que viven en Barcelona de manera directa y son ellos quienes deciden qué se hará con el dinero destinado a mejorar el entorno.

¿Realmente necesitamos seguir construyendo réplicas de edificios para albergar franquicias culturales de dudoso éxito económico y expositivo? Teniendo en cuenta que la construcción es una de las industrias más contaminantes del planeta, ¿no se podrían rehabilitar edificios en desuso para fomentar otras prácticas de ocupación del espacio y para potenciar el uso de recursos ya existentes?

Hace falta leer entre líneas y entender quién construye la ciudad y con qué objetivos. Pasa en Barcelona, Londres o Nueva York, y estamos en un momento en el que cada decisión que tomamos nos lleva al precipicio sin retorno de la extinción del planeta tal como lo conocemos hoy. La política del eterno crecimiento debe ser revisada y la manera cómo se cuentan las cosas también.

 

“Es una estrategia terriblemente ambiciosa, que ha transformado la percepción que el mundo tiene de lo que constituye un museo. Un museo ya no es un lugar cuya misión principal sea conservar objetos valiosos. Tampoco es un tesoro nacional. Los museos de más éxito se han convertido en focos de ocio, renovación urbana y espectáculo.”

B de Bauhaus, Deyan Sudjic.

 

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