9 noviembre, 2019

El muro de Ismael Rodríguez

por Christian Mendoza

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando en la Ciudad de México se construían los proyectos de Mario Pani, Ismael Rodríguez legaba al imaginario del cine de oro las tomas abiertas del Valle de México sobre las que transitaban hombres a caballo. Podría decirse que, junto con Gabriel Figueroa, un colaborador casi permanente, Rodríguez —director de películas como Los tres huastecos, Dos tipos de cuidado Tizoc, todas estas protagonizadas por Pedro Infante— era heredero de José María Velasco: su mirada seguía anclada en un paisaje todavía no urbanizado. Aunque hay momentos singulares, como El hombre de papel (1963) con Ignacio López Tarso, donde ya aparecen los dilemas morales que sólo pueden construirse en un sitio como el Centro Histórico.

Pero en la primera mitad de la década de los 60 Ismael Rodríguez se atrevió a más: imaginar, desde México, una historia que girara en torno al Muro de Berlín. Filmada en Madrid en 1964, la película El niño y el muro —basada en una historia escrita por Jim Henaghan y titulada El niño y la pelota y el agujero en el muro— dibuja una trama que contrasta al mundo de los adultos con el de la infancia. Los primeros están atravesados por la vida militar de la Alemania dividida, mientras que los niños sólo quieren jugar a la pelota muy a pesar del muro. Si bien Rodríguez cuidó algunos aspectos de su producción —como la instalación de letreros públicos en alemán para simular una ciudad—, las imágenes que captan al muro están centradas en un llano y en una construcción podría decirse que de sillares de piedra. Aunque vale la pena revisar El niño y el muro para dar cuenta de cómo uno de los constructores del imaginario nacionalista de México en el cine narró el Muro de Berlín, símbolo de las crisis de identidad nacionales tras la Segunda Guerra Mundial. 

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