4 febrero, 2020

El mundo como emparedado

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En su libro La revolución olvidada, por qué la ciencia nació en el 300 A.C. y tuvo que renacer, Lucio Russo escribió:

“Eratóstenes de Cirene dibujó el primer mapa científico del mundo conocido, que iba de Gibraltar a la India y de Somalia al norte del círculo polar. Su obra ya se basaba en las coordenadas esféricas que hoy usamos. La latitud de un lugar —la palabra griega era κλῐ́μᾰ, que originalmente quería decir “inclinación” y después dio nuestro “clima”— es fácil de fijar, digamos, midiendo con un reloj solar el ángulo de los rayos del sol en relación a una vertical a medio día durante el día del solsticio.”

Eratóstenes calculó el meridiano de la Tierra, según contó Cleómedes en su obra Celestia, midiendo la distinta inclinación de los rayos del sol en un pozo en Siena —hoy Asuán— y una columna en Alejandría. “Hoy el método de Eratóstenes —dice Russo— parecería casi banal a muchos que pueden fácilmente explicarlo con ayuda de un dibujo. Pero la dificultad no estriba —agrega— en el razonamiento geométrico, en sí bastante simple, sino en entender que al razonar sobre un dibujo se pueden derivar conclusiones sobre la Tierra entera.” Algo similar dice Michel Serres respecto a Tales y la manera como logró medir la altura de las pirámides de Egipto, comparando la sombra de éstas con la de una pequeña vara clavada en el suelo. La geometría, explica Serres, “resulta de un ardid, de un sesgo, en el que la ruta indirecta permite acceder a aquello que no consigue una práctica inmediata.” Así, “se fabrica un modelo reducido” para “medir lo inaccesible reproduciéndolo o imitándolo en lo accesible.”

Etienne Naude es un estudiante de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda. Utilizando una herramienta de internet para hacer túneles en un mapa —map tunnelling tool— encontró que las antípodas de Nueva Zelanda están en España —en las cercanías de Olvera, Villamartín o Sevilla. Naude puso un anuncio en Reddit y encontró a su cómplice, Angel Sierra, que una vez de acuerdo, colocó nueve rebanadas de pan —para no fallar— en las coordenadas exactamente opuestas a donde Naude, en Nueva Zelanda, colocaba otra rebanada. Toda la Tierra, con sus montañas y océanos, sus ballenas y sus cucarachas, sus ciudades y sus habitantes, nos convertimos en el relleno de un gigantesco emparedado. La acción de Naude y Sierra replica la que supuestamente fue la primera vez que la Tierra fue relleno de un sandwich, en el año 2006, y puede parecer ridícula y de consecuencias insignificantes en comparación con el experimento de Eratóstenes hace 2300 años. Pero hacer un sandwich con el planeta entero acaso no esté demasiado lejos de transformarlo en una cámara, que es lo que según Benjamin Bratton sucedió cuando se conectó una red de telescopios en distintos lugares de la Tierra para “tomar una foto” de un hoyo negro. “Para producir esa imagen —dice Bratton— nuestro planeta mismo se convirtió en una cámara oteando y viendo hacia atrás en el tiempo una luz antigua que viajó hasta la Tierra.” Bratton argumenta que la imagen del hoyo negro “es un tipo de ‘imagen del mundo’ aunque no es un retrato de la Tierra sino uno tomado por la Tierra. También afirma que esa construcción de la Tierra como un mundo y, al mismo tiempo, como una cámara, se relaciona con que “el ‘cambio climático’, en tanto idea, es un logro epistemológico de la computación a escala planetaria.” 

Acaso de Eratóstenes y Tales, reproduciendo lo inaccesible en lo accesible para medirlo, a la Tierra entera como cámara fotográfica o como relleno de un emparedado, no haya sino distintas declinaciones de nuestra inclinación —κλῐ́μᾰ— a confiar en la posibilidad de conocer el planeta entero para, luego, transformarlo en instrumento o en alimento.

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