2 noviembre, 2014

El monolito y el Señor Presidente

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En 1958 Adolfo López Mateos era candidato a la presidencia por el PRI y otros tres partidos —no se fuera a pensar que en la democracia mexicana se imponía un partido único—: el Nacionalista Mexicano, el Auténtico de la Revolución Mexicana y el Popular —su contrincante, Luis H. Álvarez, del PAN, obtuvo poco más del 9% de los votos. Armando Ponce cita en Proceso un reportaje que la misma revista hizo a Ramirez Vázquez en 1985 en el que este cuenta —una vez más, lo hizo varias— que López Mateos, a quien le había diseñado su casa, le preguntó siendo candidato qué obra aspiraba hacer un arquitecto hoy en día. Un museo de arqueología, respondió sin dudar el arquitecto.

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El 17 de Septiembre de 1964 ambos, el arquitecto y el Presidente, cumplían esa aspiración e inauguraban el Museo Nacional de Antropología. Ya en Confabulario, de El Universal, conté acerca del discurso de Ramírez Vázquez, publicado en el número 88 de la revista Arquitectura, dedicado por completo al museo. El discurso empieza plagado de mayúsculas y con la retórica oficial del priismo de aquellos años en el que el señor Presidente decide y el Gobierno entrega al pueblo de México:

En el acto inaugural del XXXV Congreso Internacional de Americanistas —dice el arquitecto—, celebrado el 20 de agosto de 1962, el Doctor Jaime Torres Bodet dio a conocer la decisión del señor Presidente de la República, Don Adolfo López Mateos, de construir el nuevo Museo Nacional de Antropología. Seis meses más tarde, en febrero de 1963, en este sitio, se inició el hincado de los primero pilotes para la cimentación; 19 meses después hoy 17 de septiembre de 1964, el Gobierno de la República entrega al pueblo de México un nuevo y digno albergue para el Museo Nacional de Antropología. Para ello, fue necesario realizar las siguientes tareas.

Ramírez Vazquez describe entonces lo que implicó la invención del museo —que eso fue, no sólo un proyecto arquitectónico. Coordinar la asesoría científica de 40 especialistas, incrementar el acervo con exploraciones especiales, trasladar piezas arqueológicas, “de las cuales la más notable es el monolito de Coatlinchán, con un peso propio de 168 toneladas,” capacitar a 200 trabajadores y a 50 guías, realizar viajes al interior de la República, adquirir 3,500 piezas para le museo, clasificarlas, editar publicaciones y, por supuesto, construir el edificio.

Llevar el monolito de Coatlinchán a Paseo de la Reforma fue idea del mismo López Mateos. Ramírez Vazquez quería una pieza imponente para marcar la entrada al museo. Se pensó incluso en un Atlante de Tula. “Cuando ninguna [propuesta] se pudo llevar a cabo —dice el arquitecto en la entrevista a Proceso—, López Mateos comentó: ¿y el monolito de Coatlinchán? Yo no lo conocía, no sabía de él. Me dijo que en Chapingo, en su época de estudiante, iba de excursión a verlo. Fuimos con don Antonio Caso: es muy grande, olvídenlo, dijo. Fuimos con López Mateos, quien preguntó: ¿hay algo que con la técnica actual no podamos hacer? Y lo trajimos.”

 

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La última frase de López Mateos debe tener subtítulos: cuando el Presidente dice “¿hay algo que con la técnica actual no podamos hacer?” hay que leer, también, “¿hay algo que se le pueda negar al señor Presidente?” En un reportaje de la Jornada, Guadalupe Villarreal, maestra jubilada de secundaria que nació en San Miguel Coatlinchán, cuenta que el día que sacaron el monolito, el 16 de abril de 1964, “los pobladores lloraron de rabia porque se oponían. Nada pudieron hacer, pues era orden del presidente, de Adolfo López Mateos.”

La historia del museo y del monolito es un ejemplo más de los enredos entre el poder político y la arquitectura. En 1962 pocos cuestionaron la voluntad del Señor Presidente de hacer el mejor museo de antropología del mundo en 19 meses —tres meses menos de lo que le lleva a una elefanta gestar y parir— y la oposición de un pueblo entero a que una pieza fuera removida del sitio que ocupó por siglos poco valió. Hoy algunas cosas han cambiado. Supongo que resultaría imposible repetir algo como lo del monolito de Coatlinchán, aunque no porque los señores presidentes hayan aprendido algo sino porque el pueblo protesta más y mejor.

Sin embargo no ha cambiado que se construya desde una nueva banqueta hasta una nueva biblioteca, autopista o aeropuerto por voluntad de los señores presidentes, aunque sean municipales. Si el alcalde quiere una alberca en esa colonia o el gobernador su museo o el señor presidente su aeropuerto o su tren, se intentará hacer. Se intentará, pues no siempre se logra. No ha cambiado tampoco que le encarguen estas obras al amigo o al compadre. Tampoco ha cambiado mucho la posición del arquitecto: si el pueblo protesta hoy la decisión del gobernante los arquitectos siguen, atentos, agradeciendo el encargo y complaciendo. Ha cambiado, eso sí, que estos señores ya no tienen siempre a un Torres Bodet ni a Ramírez Vázquez al lado y que, por lo mismo, los resultados muchas veces están muy por debajo de lo que antes se hacía. El mismo método ya no produce los mismos resultados. Habría que cambiar de método o, al menos, de arquitectos.

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