16 noviembre, 2011

El Mapa y el Territorio: Re-presentar la Ciudad

por Gabriel Villalobos | @gabswolf

La vista tarda unos segundos en acostumbrarse a la falta de luz. Una tenue lámpara roja permite leer el texto introductorio para así observar los esquemas; sin embargo, para encontrar la instalación hay que adentrarse en la oscuridad. Estamos en el interior de una gran cámara fotográfica, una camera oscura. Lo que en ella se proyecta: la ciudad. La sala posterior al antiguo taller del pintor impresionista Joaquín Clausell ha sido acondicionada por el Museo de la Ciudad de México para intervenciones contemporáneas. Este pequeño y discreto espacio, “El Clauselito”, ha presentado instalaciones y obras visuales de artistas y diseñadores emergentes. Recientemente se inauguró la intervención de los arquitectos franceses Delphine Passot y Arnauld Zein (DEAR).

A través de una pequeña apertura en el edificio, la luz exterior penetra en el Clauselito y se refleja mediante espejos sobre una mesa blanca. La oscuridad permite ver los alrededores del museo en la proyección: la Torre Latinoamericana, ropa colgada en una azotea e incluso algún avión. DEAR abre una nueva ventana hacia la ciudad, cuya relevancia histórica y coherencia semántica se ha perdido, especialmente en el Centro Histórico. Con el nombre de “El Mapa y el Territorio”, esta exposición significa el carácter de los mapas por definición como abstracciones y diagramas que reducen un territorio a sus elementos más relevantes. Resulta irónico que el avance de la cartografía se dirija a refinar la exactitud de una re-presentación. La fotografía, por su parte, ha condicionado la cultura visual contemporánea. El desplazamiento de la pintura por la fotografía como medio de reproducción del mundo llevó a replantear sus objetivos.

El Mapa y el Territorio” es una instalación sobre la ciudad y la posibilidad de observarla y representarla. La imagen y el mapa se muestran como simples medios que sólo responden a los horizontes visuales que el hombre se plantea. Esta obra nos recuerda que hay un mundo allá afuera, territorios por explorar y callejones por reencontrar. Debemos compensar la falta de luz, dejar de ver y comenzar a mirar. “Una persona vidente puede trepar por un acantilado, conducir un automóvil, pilotear un avión o incluso dar un salto en el vacío desde lo más alto de una carpa de circo. Puede combinar colores y ejecutar representaciones de cosas. Puede diseñar y construir máquinas y puede modificar la apariencia del medio ambiente casi hasta su gusto y paladar. O bien -y esta es otra posibilidad- puede limitarse a sentarse a contemplar el paisaje” (James J. Gibson).

Fotos: Cortesía DEAR

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