6 julio, 2021

El mapa como discurso

por Rosalba González Loyde | @LaManchaGris_

 

El simulacro no es lo que oculta la verdad, es la verdad la que oculta que no hay verdad, el simulacro es verdadero

Jean Baudrillard 

 

Un dilema constante en los estudios urbanos está en la representación del espacio que tiene que ver, otra vez, con esquemas normativos con los que se constituyó la representación espacial como concepto y como objeto. Desde el punto de vista de varios autores, entre ellos Montoya, los mapas son discursos de representación y dominio o, al menos, así fue como surgieron y buena parte de su reproducción se ha dado en esta línea. 

En teoría, el objetivo de contar con mapas fue el de tener instrumentos de medición y orientación para definir rutas y recorridos, así como trazar y delimitar lugares, sin embargo, nos dice Montoya, de este objetivo totalmente pragmático surgió de manera paralela otra función: “configuración de lo real” (2007), es decir, una función que alberga una abstracción cargada de símbolos, que “supone ir a lo emergente y a las relaciones y territorios que se están creando” (Piedrahita, 2018); el mapa no es el territorio, pero sí influye sobre él.

Este intento de “configurar lo real” con su carga simbólica ha perpetuado pensamientos hegemónicos sobre las nociones de espacio y territorio[1] que siguen vigentes hasta nuestros días. En el griego clásico, siglo VI a.C, Anaximandro realizó un mapa que representaba el mundo de forma circular con un centro en el Mar Egeo, rodeado todo el resto del mundo terrestre por el océano, esta representación, claramente responde a un pensamiento político que colocaba a Grecia en el centro del mundo (Montoya, 2007, pág. 158).

La representación cartográfica que hoy conocemos del mundo, la representación de Mercator, que adquirió popularidad en los siglos XVII y XVIII ya con las colonias europeas consolidadas en América Latina (el “nuevo continente”), tiene un enfoque similar a la cartografía de Anaximandro para Grecia. Si bien el mapa de Mercator era un mapa que funcionaba predominantemente como GPS analógico para los viajes marítimos (el cual había sido distorsionado justamente para poder servir en este contexto (De Régules, 2003)), comenzó a reproducirse y utilizarse para básicamente cualquier representación de la tierra y, siglos después, seguimos mirando el mundo con una distorsión tal que, “casualmente”, nos presenta al norte global considerablemente más grande de lo que es en realidad, así como el centro ubicado en Europa. 

En este contexto, ¿qué sucede en Ciudad de México con las representaciones espaciales del territorio? 

Primero es necesario reconocer la ambivalencia territorial de la Ciudad de México; por un lado el límite político-administrativo que se reconoce como un territorio con 16 alcaldías y que, al mismo tiempo, tiene una relación permanente e intrínseca con su periferia a la que a veces niega y otras no, pero justo esa negación hace importante entender el vínculo de todos los municipios conurbados del Estado de México y uno del Estado de Hidalgo con el territorio político de la Ciudad de México. 

Y por otro, el discurso de megalópolis que incluso trasciende fronteras en donde la “megaciudad” de los 22 millones de habitantes se hace presente como un conglomerado homogéneo y que no implica esta división administrativa a la que, internamente como habitantes, estamos habituados a escuchar y reconocer. 

Mike Davis (2014) en Planeta de ciudades miseria hace una referencia sobre los asentamientos en Iztapalapa y Nezahualcóyotl como pertenecientes a la mega urbe que considera Ciudad de México, su análisis parece no haber requerido esta diferencia político-administrativa, pero que hubiese hecho saltar a cualquier académico nacional por lo que esta diferencia implica no solo en términos de gestión pública, si no también simbólicos. 

Para los estudios urbanos y para la planificación urbana, la representación territorial a través de los límites político-administrativos es moneda de cambio para hacer más “eficiente”[2] la lectura y definición de la administración a diferentes escalas territoriales. Esta representación institucional, determinada a través de los límites municipales, es predominantemente fragmentadora porque niega o acepta, a discreción, fenómenos que van más allá de los territorios configurados, especialmente cuando hablamos de zonas metropolitanas. La información que tenemos de esos territorios está configurada justamente así y nos obliga a tener una lectura desde este enfoque, limitando las interpretaciones de una ciudad con la complejidad que nos ofrece la metrópoli de la Ciudad de México.

Derivado de lo anterior, surge el cuestionamiento sobre los instrumentos institucionales para representar el espacio y la búsqueda de mecanismos que sean críticos ante estas formas de representación del espacio. John Harley, considerado por algunos como el padre de la cartografía crítica, toma un posicionamiento respecto de las visiones objetivistas de la representación espacial:

El punto de partida de Harley es justamente el distanciamiento del pensamiento positivista, racionalista y objetivista; propiciando un cambio de enfoque en la historiografía convencional que dirige a la cartografía hacia una ruptura con esa epistemología univocal para considerar el mapa como una «construcción social», ubicando al cartógrafo en el contexto de su época, como un miembro de la sociedad en sentido amplio. (Montoya, 2007, pág. 163)

La visión de Harley, siguiendo también el trabajo de Guattari y Deleuze, es el de reconocer al cartógrafo como un sujeto social y al mapa como una construcción social y que los instrumentos de representación y el resultado que de todo esto deriva no es neutro, ni imparcial (Harley, 2001) (Piedrahita, 2018).

Es decir, es necesario hacer contralecturas de las representaciones tradicionales, cuestionar qué es lo que implica para un habitante asumirse ciudadano de un territorio determinado, asumirlo desde la lectura sociodemográfica institucional o entender el cómo vive su ciudad a partir de representaciones de la percepción (Lynch, 1998): ¿es habitante solo quien tiene residencia en un espacio?, ¿las personas que “solo” trabajan o estudian la Ciudad de México no son habitantes?, ¿cómo abordar su participación ciudadana en las lecturas de lo espacial? 

Beatriz Piccolotto (2004) nos dice que “mapear significaba conocer, domesticar, someter, conquistar, controlar, contradecir el orden de la naturaleza. En los mapas se producía un territorio limitado y continuo sobre una naturaleza discontinua e ilimitada”, en más de una ocasión he escuchado a colegas funcionarios, consultores urbanos y académicos decir algo así como “aquello que no se puede medir no existe”, añado a esta frase que aquello que no se puede mapear tampoco existe para la planificación urbana como la conocemos hoy porque, desde el rigor de la intervención, no tendría razón de ser un fenómeno urbano que no puede identificarse espacialmente. Los mapas, entonces, se convierten en un instrumento obligado. ¿Cómo darle la vuelta a esta obligatoriedad que parte de lo normativo para representar la complejidad de los fenómenos urbanos?

 


Notas:

 

  1. Aquí se retoma la propuesta de López y Ramírez  para la noción de territorio: “es mucho más concreta y particular que la de espacio, refiere a una dimensión de la superficie terrestre, y por último, alude a una adscripción política, que no tiene la de espacio” (López & Ramírez, 2015, pág. 37).
  2. Esto se pone en tela de juicio por diversas problemáticas resultado de esta representación, por ejemplo, en México existe un problema permanente respecto a la definición de los límites territoriales municipales, resultado de procesos históricos y políticos que no han logrado resolverse y que, incluso con esas discrepancias, los municipios continúan administrando territorios con todas las limitaciones que ello conlleva. 

 


Trabajos citados

Lynch, K. (1998). La imagen de la ciudad. Barcelona: Gustavo Gili.

Davis, M. (2014). Planeta de ciudades miseria. Madrid: Akal.

De Régules, S. (2003). El mundo no es como lo pintan: mentiras y verdades de un mapa. ¿Cómo ves?(39).

Harley, J. (2001). The new nature of maps: essays in the history of cartography. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.

Montoya, V. (2007). El mapa de lo invisible. Silencios y gramática del poder en la cartografía. Universitas Humanística(63), 155-179.

Piccolotto, B. (2004). Decifrando mapas: sobre o conceito de “território” e suas vinculaçoes com a cartografia. 193-234.

Piedrahita, C. L. (2018). La cartografía: enfoque crítico y experimentación metodológica para el estudio de las realidades sociales. En P. V. Claudia Luz Piedrahita Echandía, Indocilidad reflexiva (págs. 123-132). CLACSO.

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