PG-Art-und-Design-032

lujo.

(Del lat. luxus).

1. m. Demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo.
2. m. Abundancia de cosas no necesarias.
3. m. Todo aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo.

 Hace unos días en una de mis cotidianas visitas a las librerías, tropecé, casi sin darme cuenta, con el libro Andar, una filosofía, del filósofo francés Frédéric Gros. Traducido recientemente al castellano, el texto recoge historias que trazan un recorrido en el pensamiento de distintos escritores y ensayistas que hacían de la práctica del andar parte fundamental de su proceso creativo. Conforma avanzamos nos acompañan nombres como Kant, Nietzsche, Rousseau, Benjamin y, por supuesto, Henry David Thoreau, ese personaje que, harto de la ciudad, se aisló en las montañas construyendo una pequeña cabaña con sus propias manos desde la que podía disfrutar del entorno, pasear y guarecerse mientras escribía varios de sus famosos textos: Walden, Caminar o Desobediencia civil.

Thoreau no necesitaba más para vivir. En aquellos montes encontraba todo lo que necesitaba –tanto para el cuerpo como para el espíritu. En las montañas Thoreau se alejaba del polvo de los libros y se cargaba con aire nuevo. Su práctica es la manifestación misma de su pensamiento y la forma de experimentarlo –cuántos teóricos escriben de cosas que jamás han llevado a cabo. En Thoreau el paseo es un medio de llevar a cabo sus textos, de ponerlos a prueba y en carga. En primer lugar, caminar es, para el escritor estadounidense, tiempo perdido, trabajo improductivo que no genera riqueza, al menos en lo que al sentido monetario se refiere. Así, por otra parte caminar es, por tanto, una muestra de desobediencia ante un mundo y un sistema que nos exige siempre devolverle algo y, por supuesto, gastar y consumir más.

Necesitamos un techo, paredes, una cama, sillas. Pero ¿qué techo, qué utensilios exactamente?

Porque la desobediencia de Thoreau no se limita sólo a sus paseos. Su propia casa es un ejemplo entero de frugalidad, esto es, un descubrimiento de que vivir con poco es suficiente para vivir bien. Hoy, y más en estas fechas post-navideñas donde el consumo crece y se eleva, cabría preguntarse cuántas cosas necesitamos realmente, y cuánto habrá que trabajar para conseguirlas. El desobediente Thoreau nos muestra a nosotros los arquitectos cómo construyó y pone en cuestión cualquier idea preconcebida que podamos tener sobre la condición de lujo, que en el escritor aparece referida al paisaje montañoso de Walden donde pasó varios años.

El 30 de diciembre de 1951, en la esquina de una mesa de un pequeño chiringuito de la Costa Azul, dibujé, para regalárselo a mi mujer con motivo de su cumpleaños, los planos de una cabañita que al año siguiente construí sobre un peñasco batido por las olas. Estos planos fueron hechos en tres cuartos de hora. Son definitivos, nada he cambiado. La cabañita fue realizada tras pasar a limpio aquel dibujo»
Le Corbusier

Aunque movido más por la austeridad que el frugalismo, otro personaje que también buscaba un lugar pequeño fue Le Corbusier. En su cabanon, ubicado a la orilla del Mediterráneo, se retiraría para descansar. Dimensionada para su cuerpo, la cabaña apenas medía tenía 3,6 x 3,6 metros y el mobiliario permitía cambiar su uso según la necesidad, de forma que las camas hacían también de sofá y servían de lugar de almacenaje. Un pequeño experimento que parece tener resonancias en proyectos posteriores como las habitaciones del monasterio de La Tourette, pequeños y duros espacios donde la consabida austeridad lecorbusierana, tan en sintonía con la doctrina de los monjes, se manifiesta en su esplendor y en las que sus usuarios podían pasear -como hiciera Thoreau- en silencio y relacionarse tanto con el paisaje como con su propio interior.

El lujo (en arquitectura) no estaría en las apariencias, tan importantes todavía para muchos, sino en las relaciones que se construyen y posibilitan desde los edificios que diseñamos, y esto dependerá siempre del proyecto, del cliente y de muchos otros factores que nunca podremos controlar, pero no parece mala idea, ir un poco más despacio –tal y como reivindica Gros al andar– por un momento y pensar qué estamos construyendo, más que tomar cosas por sentadas y encontrar el lujo, incluso en las pequeñas cosas.

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