16 marzo, 2016

El lenguaje en la arquitectura

por Mónica Arellano | @prxcaffeinating

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En 1962 se escribe Complejidad y contradicción en la arquitectura, un libro que es considerado por muchos críticos como «el escrito más importante acerca de hacer arquitectura, desde Vers une Architecture, de Le Corbusier, en 1923». El lenguaje expreso en esta publicación de Robert Venturi se caracteriza, al igual que su arquitectura, por ser lineal, objetivo —a pesar de haberse desarrollado a través del manierismo— y por producir una sensación de trazado firme dirigido estrictamente hacia un punto específico sobre una hoja en blanco, inclinado a su vez hacia el análisis de la esencia de los fenómenos, de los formas detonantes derivadas de esta esencia.

La mirada de Venturi se enfoca hacia el pasado, en una condición kantiana en la búsqueda de la verdad para trasladarla al presente, para despertar lo que él considera las bases que se dan en el periodo pre-Beaux-Arts y pre-Estilo Internacional. En este sentido, habla de un camino que toma forma a partir de la práctica y la experiencia, de un conocimiento, mas no un aprendizaje.

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Es interesante recalcar la connotación de la observación kantiana en la obra de Venturi, puesto que insiste en el reconocimiento de los signos, en seguir mirando a través del tiempo; no para redundar o para memorizar sino que, de la mano de nuestro desarrollo cognitivo y cultural como arquitectos –pero primero como seres humanos–, se van adquiriendo más habilidades que permiten identificar una mayor cantidad de signos que pueden (y deben) ser estudiados y digeridos a través de una crítica —emitida desde el entendimiento del arquitecto como extensión del ser humano y del crítico como extensión del arquitecto— que permita identificar lo verdadero (lo trascendental) para construir un lenguaje propio, no flotante, sino plantado en una conciencia del presente-pasado y pasado-presente reescribiéndolo con nuestra propia mano dentro de las condiciones actuales.

«La tradición no puede heredarse, sólo puede obtenerse mediante un gran esfuerzo. Duplica, en primer lugar, el sentido histórico, que podemos decir es indispensable para cualquiera que quiera continuar siendo poeta después de los 25 años; (…). Este sentido histórico, es un sentido tanto de lo no temporal como de lo temporal, es lo que hace un escritor tradicional, y al mismo tiempo, de su propia contemporaneidad… Ningún poeta, ningún artista de cualquier clase, tiene aisladamente un completo significado.»

Estos significados inmersos —parafraseando a Gorostiza en Muerte sin fin— «constreñidos, por el rigor del vaso que los aclaran, toman forma«, hombro con hombro, encadenados a sus propias búsquedas. Para esto, Venturi propone desmenuzar la arquitectura en elementos —en lugar de integrar, que es el objetivo final del arte— para buscar iguales, para reflejarnos en los objetos, para entendernos a través de ellos que es a lo que Kant se ha referido como «lo que una cosa quiere ser».

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Venturi, sin mucho conflicto, bofetea las condiciones sociales y urbanas que él considera distractores fuera de los márgenes de la arquitectura, generando una crítica hacia los esfuerzos de reivindicar la disciplina. A su vez, hace un llamado a los arquitectos para concentrarse en su propio trabajo, para dejar de especular y comenzar a atender sus problemas. Acepta su condición de contradictorio dentro de esta línea recta de pensamiento, que describe una dualidad y una hibridez de lenguaje; defiende la riqueza de significados a través de la claridad de estos; prefiere ‘esto y lo otro’ pero dentro de un mismo núcleo; defiende el significado de la verdad en la arquitectura como plural pero no fuera de los márgenes de la misma; y asume la condición caótica del hombre y su contexto pero no la dialéctica más allá de las fronteras de la arquitectura.

Lo cierto es que esta reivindicación e integración puede llegar a disolver la profesión como tal, pero ¿actúa como distractor tal y como define el autor?, ¿o podría ser que al impregnarse en otros ámbitos se enriquece, se extiende y abre puertas? Puertas que, lejos de perdernos, nos guían y nos reconocen más allá del acto de amurallar las posibilidades.

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¿Cómo saber que lo que nos han dicho sobre la arquitectura es verdad? Necesitamos entender por qué las cosas se hacen de cierta forma, tenemos la responsabilidad de cuestionar día con día lo que vemos y vivimos, de dialogar cara a cara con el mundo al que nos enfrentamos. Podemos tener como base la confianza en nuestros ideales pero debemos desarrollar una práctica que les dé sentido porque —en palabras de David Jones en Epoch and Artist— «nada puede sustituir el hacer las cosas». Por hacer las cosas no me refiero únicamente al construir por construir, sino al desarrollo de este lenguaje, al hecho de seguir sumergiéndonos en actos —sin importar lo primitivos o sofisticados que puedan llegar a ser— que pongan en pie este lenguaje hasta que se vuelva parte de nosotros mismos —casi como una extensión corpórea— para saber cómo movernos y evitar quedarnos en el ‘esto es’ y trasladarnos al ‘esto es… esto puede ser… y será’.

 

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