22 febrero, 2016

El juego del juego

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Boys_Playing_Stickball,_Havana,_Cuba,_1999

Unos niños juegan con sonidos, con palabras, burdas o rebuscadas, solitariamente o entre sí. De ese modo rompen el ordenamiento del código o las leyes del discurso social. Esas “glosolalias” entre los muy jóvenes, esas “groserías” entre quienes lo son menos, probablemente constituyan la primera intervención lúdica del hombre.

Eso escribió en su libro El juego del juego Jean Duvignaud —pseudónimo de Jean-Octave Auger—, sociólogo, antropólogo y escritor nacido en La Rochelle el 22 de febrero de 1921. Duvignaud fue director a finales de los años 60 de la Ecole Spéciale d’Architecture, fundada en 1865 como Escuela Central de Arquitectura por Eugène Viollet-le-Duc —y de la que también fueron directores, entre otros, Paul Virilio y Claude Parent.

Para Duvignaud el juego es ruptura con un orden establecido, aunque, al mismo tiempo, establece otro orden, paralelo y siempre precario, temporal, que se agota con el juego mismo. Por eso el juguete, dice, es en el fondo una herramienta de control de quien regala un juguete —normalmente un adulto— y obliga a seguir ciertas reglas del juego a quien lo recibe —normalmente un niño. Y por eso los niños rompen los juguetes: porque juegan realmente con ellos, esto es, al romper el juguete rompen con el orden establecido por éste, con el sistema de reglas y de fines qué determinan quién y cómo ganar o hacer algo que tenga sentido, siempre dentro de las reglas dadas. El juguete desarmado y vuelto a armar de otra manera es el equivalente a esas palabras inventadas o a esas groserías que aparecen inoportunas reventando en carcajadas. El juego de palabras le hace a la gramática y a la semántica lo que el niño al juguete. El juego del lenguaje regresa así a su origen como juego.

También la calle tomada y transformada momentáneamente en campo de futbol gracias a dos botes o la banqueta convertida en pista de carreras, han sido sometidas a esa crítica —no del todo consciente— que según Duvignaud supone el juego. En una entrevista que le hicieron Thierry Paquot y Françpis Bougon en 1995, Duvignaud habla de las “ideas precisas” que siempre ha tenido el poder —sea político, militar, religioso— para “controlar el espacio.” El poder se hace visible en piedra, cemento o mármol, pero también en las normas que determinan lo que se puede hacer en cada lugar. El juego rompe ese orden y alguien corre o patina o salta o brinca o grita donde no se debe. Duvignaud recuerda que en 1972 publicó en la revista Cause commune —de la que fue editor y en la que también colaboraron Virilio y Georges Perec—, el texto de Constant Neuwenhuis New Babylon, une ville nomade, donde se proponía una ciudad lúdica. Inspirada, según Duvignaud, en el vagabundeo de los gitanos y en las ideas de Gilles Ivain —nacido en París como Ivan Vladimirovith Chtecheglov el 16 de enero de 1933—, quien en su Formulario para un nuevo urbanismo, editado por Guy Debord, decía que “nos aburrimos en la ciudad” y que proponía una arquitectura como “el más simple medio para articular el tiempo y el espacio, para modular la realidad y hacer soñar.” Y seguía:

No se trata sólo de articulaciones y modulaciones plásticas, expresiones de una belleza pasajera. Sino de una modulación que influye, que se inscribe en la curba eterna de los deseos humanos y del progreso hacia la realización de esos deseos. La arquitectura del futuro será un medio para modificar las concepciones actuales del tiempo y del espacio. Será un medio de conocimiento y un medio de acción. El complejo arquitectónico será modificable. Su aspecto cambiará parcial o totalmente según la voluntad de sus habitantes.

Para Ivain, como para Constant y Debord, la ciudad debería dejar de ser una gramática fija, preestablecida, y permitir otras formas de actuar y reaccionar. La arquitectura, el sabio, magnífico y correcto juego de los volúmenes bajo la luz, no debería ser un juguete que sólo se presta a ser jugado de una manera predeterminada y que se nos otorga como un don —del Estado, del inversionista, del autor— que debemos agradecer. Si la arquitectura es un juego, el juguete será siempre lo de menos.

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