24 agosto, 2020

El horror cristalizado

por Carlos Lanuza | @carlos_lanuza_

La palabra es del poeta, el espacio de nadie.

Escribir sobre arquitectura supone siempre un esfuerzo que pocos arquitectos son capaces de hacer. Implica el conocimiento, y la práctica, de una disciplina que normalmente no se cultiva en las escuelas de arquitectura: la literatura. La palabra, y el discurso, son herramientas que permiten describir el mundo en múltiples niveles, pero debido al poco uso e importancia que le damos desde la disciplina, da como resultado literaturas sobre arquitectura incapaces de comunicar.

La habilidad literaria es fundamental para transmitir el mensaje, y pocos teóricos de la arquitectura logran hacerlo como Josep Quetglas. Tanto en sus clases como en sus libros, Quetglas crea imaginarios sobre el objeto de estudio, ya sea al hablar sobre la capilla de Ronchamp o la Ville Savoye, haciéndolos ver como dólmenes o nubes, a la vez que explica su historia, la relación del arquitecto con el cliente, sus materiales o el contexto. 

Ediciones Asimétricas ha reeditado El horror cristalizado, escrito por Quetglas, en una cuarta versión revisada y ampliada. Este libro se ha convertido en bibliografía obligatoria para aquél que quiera profundizar en el Pabellón Alemán para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. La edición actual se organiza en tres actos, como una obra teatral, precedida por dos prólogos de Rafael Moneo, uno de una edición anterior (1990) y otro de la edición actual (2018) en el que ratifica las palabras del primero, y en el que pide que el libro sea leído como una “pieza literaria”, que lo es. Para terminar hay una sección de Comentarios sobre los dibujos de Ricardo Daza y un Epílogo a cargo de Guillermo Zuaznabar, responsable de la edición.

El cuerpo central del libro es una gran muestra de habilidad en cuanto a recursos literarios para hablar de una manera original sobre el pabellón. Esto le permite al autor integrar diferentes elementos, que podrían parecer inconexos o lejanos, si no fuera por el propio formato del texto. Quetglas es capaz de transportarnos a un teatro callejero para hablar del Pabellón, de manera hábil es capaz de conceptualizar una explicación personal sobre el edificio, montando un andamiaje teórico que lo enmarca, y a partir del cual hace discurrir un relato único.

Esta edición de El horror cristalizado es como una serie de ecos, una versión que se sirve de espejo para enfrentar la versión anterior a manos de autores que reflexionan sobre el mismo. Son comentarios que lo “amplían”, aunque nunca debemos olvidar que es en su cuerpo central, solo, donde radica la importancia del escrito tanto por su contenido como por su formato.

Si bien la percepción del espacio es una experiencia que solamente se es capaz de vivir visitando la propia arquitectura, hay otros recursos que nos permiten acercarnos a ella, como la fotografía por ejemplo, y en el mejor de los casos una buena descripción o análisis del edificio en cuestión. Pero la arquitectura tiene muchas aristas y las maneras de explicarlas deben hacerse valer de aquellos medios que la exponen mejor, como es el caso de este libro.

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