27 junio, 2018
por Luis Felipe Márquez Galue
El espacio está en la cancha y la cancha está en cualquier espacio.
En esas etapas de la infancia en la que estamos llenos de inmensos deseos de imitar a nuestros ídolos, nos encontramos jugando en diversas condiciones, lugares y superficies: una calle, una sala, un estacionamiento, un patio, un parque, un salón de clases; algunas con medidas adecuadas, otras sin ellas, unas con césped perfectamente arreglado y otras sin rastros de alguna vez haberlo tenido. Todas sirven como espacio para participar, tratando de replicar eso que vemos en la televisión o en el estadio. Se requieren de pocos elementos para delimitar el área de juego, quizás solamente se necesitan cuatro piezas que definan las respectivas metas: zapatos, piedras, mochilas, objetos y, a veces, alguna condición intrínseca del medio son lo único que hace falta. En ocasiones ni el balón en su forma reglamentaria es necesario, puede ser remplazado por cualquier elemento volumétrico reciclado al momento para la ocasión, algo que pueda pasarse de pie en pie. El balón es libre, a diferencia del terreno de juego, que siempre debe de estar demarcado, sean estos límites imaginarios o no.
De los tipos de cancha a los tipos de usuarios.
Una vez que abandonamos esa edad del partido inocente, por placer, mudaremos nuestro juego a canchas formalmente organizadas, base de lo que se conoce como el amateurismo. Estas nuevas canchas con medidas determinadas por la normativa y reglamentos del juego, siempre con la autoridad arbitral presente en el partido, requieren habilitar nuevos espacios para usos complementarios: bancas laterales, vestidores, baños, graderías para los espectadores, etc. Estas canchas son las escuelas de los futbolistas del mañana, donde los chicos pasarán horas y horas de entrenamiento técnico y táctico tratando de aprender y replicar los fundamentos del juego, en ocasiones extirpando lo lúdico al juego y, en los mejores casos, canalizando esa irreverencia que se trae desde los partidos en las calles. La mayoría de estos jugadores en ciernes serán eso, proyectos que alimentarán las ligas de lo que pudo ser, pero algunos elegidos, tocados por los dioses, llenos de disposición, perseverancia y mucha suerte, lograrán sus sueños de llegar al nivel profesional del deporte.
Nuevo Estadio del Atlético de Madrid, Wanda Metropolitano. Fotografía: cortesía de Cruz y Ortiz
Nuevo Estadio del Atlético de Madrid, Wanda Metropolitano. Fotografía: cortesía de Cruz y Ortiz
En contraparte a estas formas extremas de relacionarse con las ciudades, encontramos estadios que son parte de algún plan maestro urbano o de un parque que busca regular el crecimiento desproporcionado en ciertas urbes, transformando zonas de las mismas bien para ser sede de una gran institución o para recibir grandes eventos de carácter internacional. Espacios deportivos en parques monumentales se han proyectado generalmente con apoyo gubernamental o de algún otro ente de carácter público y son ocupados por equipos que buscan acceder fácilmente a largas cantidades de espectadores. El Estadio de Montjuic, reconstruido casi en su totalidad como parte del complejo que albergaría los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, fue por 12 años sede del Español, segundo equipo de la ciudad, hasta que logró culminar su propio estadio. Igual sucedió con el Estadio Olímpico de Londres, construido para los juegos de 2012 y ubicado dentro del parque público destinado para sede central del evento, que sirve ahora como casa del West Ham United, que en 2016 abandonó su pequeño estadio de Boleyn Ground para atraer a multitudes que pagaran un boleto para verles jugar.
El fútbol y el espacio: preparación para el ritual.
En las primeras etapas históricas de la profesionalización del juego, todas las actividades administrativas se llevaban a cabo en pequeñas oficinas dentro de las inmediaciones del mismo estadio. Los dirigentes se dedicaban casi exclusivamente a pagar sueldos y a darle las riendas deportivas del equipo a un personaje todopoderoso quien regía con mano dura lo concerniente al juego. Pero a medida que se fue profesionalizando el fútbol, crecieron las organizaciones que regían las competencias, el deporte fue ganando espacio dentro de la sociedad y se requirieron espacios más complejos para controlar tanto aspectos del juego como los que influían indirectamente en él. La globalización del deporte trajo como consecuencia el desarrollo de competencias internacionales y éstas, a su vez, aumentaron la cantidad de partidos que algunos equipos habrían de jugar. Tratando de equiparar lo deportivo y lo gerencial, los clubes fueron incorporando nuevas áreas y nuevos espacios. Este crecimiento ya no pudo ser contenido dentro de los antiguos estadios y algunas instalaciones tuvieron que migrar a otros lugares donde se pudiesen también entrenar las nuevas generaciones de futbolistas que pronto darían el salto al profesional. Esto, junto con los avances en métodos de entrenamiento y recuperación física, dio pie al nacimiento de los Centros de Entrenamiento, lugares generalmente retirados del estadio principal donde se podían concentrar y preparar los equipos para dejar descansar el pasto del estadio principal, albergar residencias de juveniles, gimnasios, vestidores más cómodos para uso diario y salones de conferencias y ruedas de prensa, entre otras actividades. El fútbol fue creciendo como negocio. Ya no sólo se necesitaban nuevos espacios para servir al juego, también aquellos para dar cabida a todo lo que ocurría tras bastidores: organizar la logística, potenciar el futuro de la organización, dirigir el espectáculo y dar facilidades a los jugadores que buscarán las alegría de miles y el entretenimiento de millones. Era necesario dotar de espacios acordes a todas estas personas que mueven los hilos, aquellos que no vemos en las canchas, desde el presidente hasta el equipo que le da mantenimiento al césped, pasando por todos aquellos que conforman la gran empresa del deporte rey y venden ilusión: departamentos de administración, mercadotecnia, comunicación, relaciones interinstitucionales, viajes, visorias de jóvenes prospectos, utileros, estadistas, analistas. Todos trabajando para mover la gran maquinaria del juego, para hacer rodar sus respectivos balones.
El ritual en cualquier espacio.
Siempre tendremos la emoción y expectativa de trasladarnos al lugar concertado para el juego, indistintamente de su tamaño, bien para jugar, bien para ver el juego. Comenta Juan Villoro que la vida del futbolista se vive en tres actos: el sueño de jugar, el deseo de mantenerse jugando y el momento del retiro. Podemos agregar que cada uno de estos tiempos tiene un escenario diferente: el barrio con los vecinos o el colegio con los compañeros, los grandes estadios con los futbolistas profesionales y, cuando las piernas no respondan como antes por haber pateado tantos balones, será el corazón el que nos lleve de regreso a las canchas modestas en las que todo comenzó. Sólo por el placer de dejar atrás rivales, con la misma finalidad de siempre, el fin último del juego, sin importar que se practique en un estadio para cien mil personas o en la calle frente a nuestras casas, todo sea por el sagrado grito de gol. El ritual del juego siempre va a existir. Indistintamente del espacio donde lo practiquemos, siempre tendremos al fútbol, al futbolista dispuesto a patear el balón y a la gente dispuesta a disfrutarlo.