9 noviembre, 2019

¿El fin del muro?

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El muro era una transgresión para acabar con todas las transgresiones.

Rem Koolhaas

 

«Posible salida inmediata a través de los puntos fronterizos alemanes. Berlín Este: a partir de ahora los ciudadanos de la RDA pueden viajar directamente a través de todos los puntos fronterizos entre la RDA y la República Federal. Günter Schabowski, miembro del Politburó de SED, informó el jueves que se creó un régimen de transición hasta la adopción de una nueva ley.»

El comunicado de la agencia de noticias alemana, fechado a las 19:04 horas del 9 de noviembre de 1989, resumía la larga y confusa conferencia de prensa que ofreció Schabowski tras varios días de protestas —el sábado 4 de noviembre casi un millón de personas se habían reunido en la Alexanderplatz. Schabowski había recibido unos minutos antes de iniciar la conferencia de prensa un memorándum en el que le informaban sobre las nuevas reglas que aplicarían para cruzar la frontera hacia Alemania Occidental. No le había dado tiempo de leer y entender por completo lo que decía el memorándum, y cuando un reportero le preguntó cuándo, cómo, respondió, improvisando, inmediatamente y en todos los cruces fronterizos. Tras escuchar la noticia, los berlineses del este no esperaron y se dirigieron masivamente a las puertas del muro. Sin tener órdenes claras, los guardias permitieron que salieran. Muchos cruzaron a Berlín Occidental, buscaron parientes y amigos que abrazar o sólo caminaron por las calles de esa otra ciudad que llevaba casi el mismo nombre. Algunos iniciaron la demolición del muro esa misma noche. ¿Era el fin de la historia?, como había titulado el politólogo estadounidense Francis Fukuyama una conferencia y luego un artículo publicado en el verano de ese mismo año. «Viendo el flujo de eventos en la década pasada —escribió al inicio de su texto—, es difícil evitar el sentimiento de que algo fundamental ha pasado en la historia del mundo. El año pasado ha visto un caudal de artículos conmemorando el fin de la Guerra Fría y el hecho de que la paz parece abrirse camino en muchas regiones del mundo.» Y más adelante agregaba que tal vez no se trataba tan  sólo del final de la Guerra Fría sino, en sentido hegeliano, del final de la historia en tanto tal: «es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano.» El ensayo daría lugar a un libro —publicado en 1991— y, según el mismo Fukuyama, a muchos malentendidos. Tan sólo cinco años después, en otro artículo Fukuyama advertía que su declaración era normativa, no empírica, y que no dependía de los avances o retrocesos a corto plazo de la democracia en el mundo. Entrevistado en estos días, Fukuyama ha explicado que hoy, tras la Guerra Fría, el mundo sigue dividido en dos campos, pero que el espíritu del 89 sigue en el aire.

 

En 1993, a los cuatro años de la caída del muro, Rem Koolhaas publicó Field Trip, un texto más tarde incluido en S,M,L,XL, que retomaba sus notas de un viaje cuando aun estudiaba en la Architectural Association. «Un sencillo instinto periodístico me llevó a Berlín,» dice, «para documentar El muro de Berlín como arquitectura.»

«Ese año —1971—, el muro celebraba su décimo aniversario. Mi primera impresión en el caluroso clima de agosto: la ciudad parece abandonada casi por completo, tan vacía como siempre imaginé que estaría el otro lado. Otro choque: no es Berlín Oriental el que está en una prisión, sino el Occidental, la «sociedad abierta». En mi imaginación, estúpidamente, el muro era una simple, majestuosa división norte-sur; una demarcación filosófica limpia; un moderno Muro de las lamentaciones. Hoy me doy cuenta de que rodea a la ciudad haciéndola, paradójicamente, libre. Tiene 165 kilómetros de largo y se encuentra con todas las condiciones de Berlín, incluyendo lagos, bosques, la periferia; algunas partes son intensamente metropolitanas, otras suburbanas.»

«Una simple y majestuosa división.» Hoy parece imposible leer esta frase del joven Koolhaas sin el eco de Trump y su beautiful wall. Además del texto citado, la visita a Berlín de Koolhaas daría lugar a su proyecto final de carrera, Exodus, or the voluntary prisoners of architecture, de 1972, y sus ideas se sumarían también al proyecto que hizo junto con O.M.Ungers, su maestro en Cornell: Berlín, como un archipiélago verdeen 1977.

 

La caída del muro de Berlín no significó el fin de la historia de los muros. En su libro Zonas de frontera, la antropología frente a la trampa identitaria (publicado en francés en el 2013), Michel Agier escribió:

«Generalmente se admite que los muros proliferan en el mundo después de la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. Según el geógrafo Michel Foucher, si todos los proyectos de construcción realizados hasta hoy se concretizaran en el mundo, más de 18,000 kilómetros de muros, vallas y barreras metálicas o electrónicas cerrarían las fronteras nacionales, es decir cerca del 8% del trazado total de las fronteras internacionales.»

Agier cita a Wendy Brown, quien a los veinte años de la caída del muro de Berlín publicó su libro Estados amurallados, soberanía en declive, donde afirmó que

«Los muros construidos alrededor de entidades políticas no pueden bloquear sin encerrar, no pueden asegurar sin hacer de la seguridad una forma de vida, no pueden definir un «ellos» externo sin producir un «nosotros» reaccionario, incluso si también socavan la base de esa distinción. Psíquica, social y políticamente, los muros inevitablemente convierten una forma de vida protegida en un arrodillarse y acurrucarse.»

Leopold Lambert ha escrito que quizá esa sea la tarea asignada a la arquitectura en un futuro que ya es prácticamente el presente: construir bellos muros. Y que ante eso la responsabilidad de arquitectos y arquitectas será encontrar maneras de pensar arquitecturas que vayan contra esa misma lógica del encierro, el aislamiento y la seguridad, arquitecturas capaces de construir condiciones de resistencia.

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