4 enero, 2014

El diseño no se ve

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Me parece que fue Bruce Mau quien dijo que el buen diseño no se ve. Hablaba, creo, del diseño tipográfico. Una buena página se lee sin que la tipografía ni la formación se noten, se vean. El lector atento y curioso puede que sepa de fuentes e interlineados, de viudas y huérfanos, que aprecie la relación entre el blanco del margen y el cuerpo del texto. Pero cualquier lector disfruta una buena página incluso o, precisamente, sin darse cuenta de esos detalles. Recuerdo en cambio algunas revistas de los años 80 en las que sus diseñadores hacían todo lo posible por que cada página fuera un cuadro memorable. Páginas en las que el texto, con letra no mayor a los 8 puntos, corría a todo lo largo de la página, a veces sobre alguna fotografía rebasada. Se veían bien, pero era muy difícil leerlas. Supongo que aquellas revistas no fueron leídas más que por quienes escribían en ellas y quienes las editaban. No se si eso fuera precisamente mal diseño pero cumple con la versión inversa de lo recetado por Mau: se ve demasiado y no funciona para lo que debe funcionar. Y no sé si fue el mismo Mau o es otra frase que complementa la suya a la perfección, pero el diseño sólo se ve cuando falla, cuando estorba.

Hace un par de semanas me preguntaba, aquí mismo, qué ven los arquitectos cuando ven arquitectura, propia o ajena. Podría ser que, en el mejor de los casos —cuando no están viendo una versión abstracta y generalmente menor de su autorretrato— los arquitectos pongan atención tratando de ver eso que precisamente no se ve: el buen diseño.

Antes de continuar debo aclarar —o aclararme, pues si no lo traigo a cuento seguramente nadie más lo hará— que hace muchos años escribí que la arquitectura no es diseño. Había en tal afirmación algo de esa pedantería del gremio que sostiene, por un lado, que el arquitecto es capaz de diseñarlo todo —desde la cuchara hasta la ciudad, como reza la famosa frase— pero porque, precisamente, del otro lado, la arquitectura no es simplemente diseño, sino algo más. Hace poco leí una frase similar de Pier Vittorio Aureli: la arquitectura no es diseño, decía, sino una manera de conocer el mundo que a veces se sirve del diseño. Pero probablemente al contrario sea igualmente cierto y el diseño es el que a veces se sirve de la arquitectura.

¿Qué es el diseño? Cuando le hacen esa pregunta a Charles Eames, responde: se puede describir el diseño como un plan para disponer elementos de modo que cumplan con un propósito particular. Si pensamos que la descripción de Eames, diseñador, tiene cierto tono pragmático —en el sentido filosófico del término— la del filósofo alemán Peter Sloterdijk es una tanto más fenomenológica. El diseño, dice, es la producción artificial de superficies de percepción y de usuarios sobre funciones invisibles, es decir, un realce estéticamente intencionado de motivos funcionales si no inadvertidos. Como el diseño tipográfico en e caso de una página la hace legible, el diseño en general hace sensible —de ahí que sea estéticolo que de otra manera no lo sería: la empuñadura del bastón, el asa de la jarra, el mango del cubierto, no sólo hacen al bastón, a la jarra o al cubierto disponibles para nosotros y los usos que les asignamos, sino que nos disponen, nos predisponen a nosotros mismos a ciertos modos, a ciertas maneras de usarlos e incluso de comportarnos. Claro que la empuñadura del bastón tiene una forma: una simbólica cabeza de león —o un cráneo, como aquél que usara Mapplethorpe— o alguna otra que, ergonómicamente, hace mejor juego con la mano. Pero lo importante no es esa forma sino cómo nos conformamos con ella, a ella. De nuevo, las maneras y los modos. Lo otro —la cabeza del león o el cráneo— son modismos, amaneramientos. No están mál —eso es un juicio moral y no estético—, pero apelan al ojo más que a cierta predisposición del cuerpo —y disposititio, dice Girogio Agamben, es la manera como los latinos traducían el griego oikonomia. Cuando la economía del gesto se corresponde con los modos y las maneras del uso, entonces hacen del diseño, en tanto objeto, un dispositivo apropiado, como diría Eames, para cierto propósito particular. Es entonces cuando el diseño tiene efectos y, sobre todo, afectos que es, según Deleuze y Guattari, la característica propia del arte: afectarnos. Es así, como la magdalena de Proust, que el diseño reúne y desata en nosotros comportamientos que acaso ignorábamos —por eso, cuando describe una camisa recién comprada diseñada por Yohji Yamamoto, Wim Wenders dice que se siente como debe sentirse una camisa, como si esa camisa ya la hubiera usado antes.

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