26 julio, 2016

El deporte urbano. Conversación con Erik Carranza

por Christian Mendoza

La semana pasada se presentó en el Atrio de San Francisco la instalación Estructuras comunicantes, la respuesta del despacho Anónima Arquitectura a la convocatoria de instalación para sitio específico lanzada por Casa Vecina. Partiendo de una revisión a los parques de México, la oficina abordó el mobiliario de los juegos como una posibilidad social además de arquitectónica. Conversamos con Erik Carranza que, junto a Sindy Martínez, conforma Anónima Arquitectura.

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Christian Mendoza: ¿Cuáles son las nociones que el despacho que tiene sobre el espacio público?

Erik Carranza: En principio, el espacio público en esta ciudad es un slogan político. En realidad, hay ciertas acciones que ha emprendido el gobierno para la recuperación de los espacios. Creo que como oficina nos molesta mucho la idea de “recuperación”, porque significa que en algún momento lo perdimos, y eso no es cierto. Sucede que en algún punto de nuestras vidas decidimos irnos a los suburbios, meternos a los centros comerciales y creímos que la vida iba a desarrollarse en esos entornos. Cuando nos dimos cuenta de que estar en esos entornos era aislarse, consumir y no habitar la ciudad, se decidió que el espacio público tenía que integrarse y recuperarse. Pero, históricamente, el espacio público siempre ha sido utilizado. Es un sitio donde suceden muchas cosas, desde violencia y manifestaciones, hasta encuentros celebratorios. Cuando empezamos a registrar fotográficamente parques y jardines y el mobiliario de los juegos, nos dimos cuenta de que las ideas propias del suburbio estaba permeando a los parques. Instalar un castillo de plástico nos recordaban a los eventos Tupperware en los que varias personas se juntaban para hacer dinámicas de juego y rolaban sus casas cada fin de semana para generar una economía. Estos espacios de plástico son eso: son espacios cerrados y que además no abren mucho la imaginación de los niños. Si estás en un barco pirata, en la historia siempre habrá un malo y un bueno. En cambio, estos juegos de concreto de Alberto Pérez Soria, o los juegos metálicos de los que se desconoce la autoría, probablemente configurados en los sesenta, te permiten ser niño toda la vida, contar muchas historias e imaginar una gama mucho más amplia de espacios que la de un castillo. Eso debería ser el espacio público: un lugar con distintas interpretaciones y usos, no solo los de convivencia. Creemos que el espacio público es solamente para que todo el mundo esté feliz, pero también lo necesitamos, de vez en cuando, lleno de granaderos. Necesitamos que, de repente, algo genere fricción para entender que en verdad hace falta recuperar, en todo el sentido de la palabra, los espacios.

 

CM: Este acercamiento que Anónima hace al espacio público, ¿es a partir de la nostalgia, de retomar una práctica arquitectónica?

EC: Sí hay nostalgia del juego. La práctica en la oficina tiene mucho que ver con eso. Hay líneas muy tradicionales que tienen que ver con el proyecto –obra, construcción, supervisión. Nosotros, cuando empezamos, sabíamos que queríamos hacer todos esos procesos de diferente manera. Nos interesan los temas periféricos de la arquitectura, también una arquitectura que esté en los límites de lo artístico y de cuestiones antropológicas y sociológicas. No solamente es el juego, también nos interesa la comida, las posibles relaciones que pueda provocar el objeto con el sujeto. Creemos que el primer elemento arquitectónico debe ser el cuerpo. El cuerpo genera tensión y espacios. En Estructuras comunicantes el objeto y el sujeto generan las condiciones de la instalación.

 

CM: Parte de las políticas públicas han planteado a los parques como una necesidad, como los aparatos para hacer ejercicio que han ido apareciendo en algunos puntos de la ciudad…

EC: El punto de vista ahí es económico. Una empresa se está metiendo a la bolsa muchos millones de pesos porque tiene un contrato substancioso con el gobierno para instalar gimnasios urbanos en los lugares menos indicados, como un bajo puente, una vía de alta velocidad o donde la gente no los use. La pregunta que lanzamos con este tipo de intervenciones va poco más allá de lo económico –que tampoco tiene nada de malo atender el flujo económico de una ciudad. Piensa un poco más allá y puedes tener un juego de estos materiales en todos lados. Creo que, al final, tienes que mediar la cuestión económica de un partido político en turno, gobernante, con una empresa, con la ciudadanía que va a ocupar ese tipo de espacio. Por lo general, están vacíos esos gimnasios, funcionan muy pocos, al contrario de los antiguos: las barras, las escaleras. Hay uno muy cerca de Ciudad Universitaria que le dicen el gimnasio de los hombres callados, que va la gente a ejercitarse, y el único contacto que tienen es el visual. Nunca se atreven a establecer comunicación, por una cuestión de vanidad, porque son hombres con hombres haciendo ejercicio. En Chapultepec está el Valle de los mamados, donde chicos van y se ejercitan.

 

CM: ¿Estructuras comunicantes es un dispositivo social o arquitectónico?

EC: Lo que se pretende es establecer comunicación. Que una persona de la tercera edad se siente y recuerde cuando ocupaba este tipo de espacios, y que los niños también establezcan nexos con ellos. Hay una distancia muy grande entre niños y adultos mayores, cuando tendrían que estar intercambiando los unos experiencia y los otros energía. Eso es lo que queremos lograr.

 

Daniela Jay: Las estructuras que proponen rompen con esquemas que se siguen en Europa. Y la instalación del despacho busca reflejar la cultura mexicana. ¿Cómo llegaron a la idea de responder no a tendencias extranjeras sino al sitio específico?

EC: Partimos primero del análisis de los parques. Antes del resultado final,  trazamos mapas, diagramas y formamos un registro fotográfico. Es un trabajo que ha llevado tres años registrando los juegos de los parques, y nos dimos que las estructuras metálicas son casi únicas. No tienen nada que ver con un playground en Estados Unidos o con una superestructura en Europa. Conservan muchas características de la arquitectura mexicana. Creo que Miquel Adriá lo dijo un día en alguna conferencia: la arquitectura mexicana es monumental, trabaja con la luz y trabaja con el vacío. Y los juegos infantiles tienen esas cualidades, con el agregado de que se puede interactuar un poco más con ellos. Es casi como un render preliminar, donde estás habitando el wireframe. Aunque, pienso que a la arquitectura mexicana le hace falta transiciones. Siempre remata contra el piso, y hace falta pensar en la curva, como lo hacía Niemeyer; en figuras que puedas patinar, en las que puedas acostarte, etcétera. La instalación, evidentemente, tiene una impronta mexicana, pero puede ser activada de distintas maneras.

 

CM: La estructura, también, está basada en el reciclaje…

EC: La estrategia principal cuando ingresamos la convocatoria de Casa Vecina era que las 16 delegaciones donaran o prestaran tres estructuras. Si se hubiera logrado ese esquema, hubiéramos podido regresar tres instalaciones. El tema fue la cuestión administrativa: metes una carta y te responden un año después. Los tiempos administrativos son otra realidad. Este país vive en otra temporalidad. Cuando se necesitan las cosas, suceden años después. Cuauhtémoc, Azcapotzalco y Gustavo Madero le entraron al proyecto y nos dieron algunas estructuras que albergaban en campamentos con la condición de que se rehabiliten en diferentes lugares. Las restantes sí se compraron, pero bajo la idea de poder tener al menos cuatro o cinco piezas a menor escala como estructuras comunicantes en otros lugares. Debemos regresar después para ver cómo desmontamos la instalación, cómo la cortamos y cómo podemos construir un par o tres de las mismas. Aunque la residencia en Casa Vecina termina con la activación de estructuras comunicantes, para nosotros comenzó hace tres años y continuará.

 

CM: ¿A qué crees que haya obedecido el cambio en la forma de construir espacios deportivos?

EC: Por un lado, se encuentran las necesidades de la gente. Por otro, las necesidades de las empresas con los gobiernos. Es interesante encontrar el Deportivo Guelatao, un edificio de tres pisos con alberca, o El Asoleadero, un edificio que estaba abandonada y que la actual administración volvió a atender, o si vas por Correo Mayor hay unos edificios originalmente comerciales que se convirtieron en máquinas deportivas. En la planta baja se desarrolla toda la actividad comercial y del segundo al cuarto piso hay gimnasios. El cuerpo va dictando como tienes que ir generando los espacios. La instalación buscó tener cruces con los equipos de corredores de Madero, con las niñas que hacen hula hoop en La Alameda. Buscamos romper la noción de clase de gimnasio, y que en vez de pagar por ir a ver a un instructor puedas usar el espacio orgánicamente.

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