13 julio, 2016

El demonio verde

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

La artemisia absinthium, llamada comúnmente ajenjo, asenio, ajorizo, artemisia amarga o hierba santa, es una planta herbácea medicinal, del género Artemisia, nativa de las regiones templadas de Europa, Asia y norte de África. Conocida desde muy antiguo ya por los egipcios, transmitida después por los griegos, esta hierba ha sido denominada «la madre de todas las hierbas» en la obra «Tesoro de los pobres» dadas sus múltiples aplicaciones curativas. Se utiliza como tónico, febrífugo y antihelmíntico, así como en la elaboración de la absenta y del vermut.

El hada verde, la bebida que a finales del siglo XIX inspiró locuras diversas, de Rimbaud a Van Gogh, de Alesteir Crowley a Jean Lanfray. El ajenjo tuvo fama de curar y de embrutecer y de matar. Fue a aquel fin de siècle lo que la marihuana al nuestro: un demonio verde.

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El verde es vida. Donde la canica azul no es azul, era verde. Las plantas cubrían la tierra y las plantas son verdes gracias al proceso físico y químico que transforma la luz en aire respirable. Luego vino la mancha gris de las ciudades que se comió todo lo verde y nos asfixia. Contada así la historia es demasiado simple y, sí, equívoca. No todas las plantas son verdes ni todas las ciudades grises. Y no todo lo verde es pura vida. Los pastizales que abrimos en los bosques y los millones de vacas que obligamos a vivir ahí contaminan, parece, tanto o más que un embotellamiento en el periférico. Así es la ecología, casi por definición: compleja.

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Ayer el Jefe de Gobierno del ex Distrito Federal inauguró las primeras columnas de Via verde. Se trata, dijo, de un proyecto ciudadano para envolver las 1038 columnas que sostienen el segundo nivel del Periférico, desde el Toreo hasta la salida a Cuernavaca, con jardines verticales. La propuesta empezó con una petición en la red, firmada hasta ahora por más de 83,600 personas. ¿Te gustaría vivir en una ciudad menos gris?, es la pregunta inicial a la que responden esas firmas con un rotundo sí. Tras la pregunta se ofrecen algunos datos: que 6 de cada 10 habitantes en la ciudad de México padecen alguna enfermedad respiratoria debido a la calidad del aire; que la OMS recomienda nueve metros cuadrados de área verde por habitante y en el exDF sólo tenemos 5.3 y que se proponen generar los 30 millones de metros cuadrados que nos hacen falta por medio de jardines verticales y azoteas verdes. Seguramente entusiasmado por el apoyo de más de 80 mil personas al proyecto, el Jefe de Gobierno tal vez no imaginó el rechazo que ayer mismo generó entre algunos habituales de las redes sociales, tuiter en particular. Sin duda los censores de la propuesta no llegamos a ser ni el 0.1% de los que apoyaron en las redes con su firma virtual y si por números nos vamos: asunto cerrado. Pero no está de más detenerse a entender las razones que han expuesto varios de los más razonables críticos de la propuesta. ¿Por qué habría de criticarse una idea que busca cubrir de vegetación una infraestructura vial, más cuando se dice que no habrá ningún costo para la ciudad pues será la iniciativa privada, mediante publicidad pagada, la que financie la intervención?

Empecemos por las supuestas ventajas ecológicas. Jose Antonio Lino Mina publicó en tuiter una comparación entre la cantidad de bióxido de carbono que captura al año un metro cuadrado de jardín vertical —2.3 kilos— contra lo que hace un sólo árbol: 22 kilos. Un árbol de un año tiene un costo de 1,500 pesos. Cubrir las 20 columnas del periférico que se inauguraron ayer costó 9 millones. En otras palabras, por cada columna que se envuelve en un jardín vertical se podrían plantar 300 árboles de un año de edad. Alguien podría decir que sí, un árbol es mejor que una columna de concreto pero ni modo: es lo que tenemos. Pero no: es lo que hicimos y seguimos haciendo, resultado de políticas públicas y planes urbanos y, finalmente, de una visión de ciudad que no parece pronta a modificarse. En una nota publicada recientemente se afirmaba que, en los  últimos 15 años, se han talado más de 55 mil árboles en la ciudad de México; 15 mil tan sólo en la actual administración; más de 800 para construir en Mixcoac un paso a desnivel para automóviles.

Más allá de las presumibles buenas intenciones de quienes emprendieron la tarea de cubrir con plantas las columnas de concreto de una autopista, de parte del Gobierno de la ciudad el aplauso a estas acciones parece evidencia de un doble discurso que, por un lado, defiende el espacio público, las áreas verdes y dice privilegiar a los peatones mientras, en los hechos, dedica las mayores inversiones a vías para automóviles, exenta del pago de impuestos sobre la tenencia a sus propietarios y gasta una parte mínima de sus ingresos en espacio público y áreas verdes —¿cuántos nuevos parques, reales, no de juguete, recuerda usted por cada viaducto elevado? Podemos suponer tanta ingenuidad como ingenio en los jardineros de paredes que imaginan generar así áreas verdes, pero, además de los números que garantizan la ventaja de un árbol sobre una columna de concreto con enredaderas, ¿habrá alguien en el Gobierno de la ciudad que suponga que la superficie que define el volumen de esas estructuras puede pensarse como área verde, como si fuera un jardín donde los niños juegan y los adultos reposan? En uno de los años en que más graves han sido los efectos de la contaminación en la ciudad, muchos esperaríamos que el Gobierno local reconociera la necesidad de un cambio radical en las políticas urbanas, más allá de los dichos: en los hechos: inversión en transporte público, planes para construir vivienda accesible en zonas centrales de la ciudad y aumentar y mantener las áreas verdes de la ciudad, entre otras. Como ya varios han hecho notar, esta acción es mero maquillaje y de dudoso efecto estético, además.

Por otro lado, el modelo bajo el cual se implementó esta intervención —la inversión de recursos privados en el espacio público a cambio de una ganancia no siempre verificable ni cuantificable— se suma a otros casos en los que, al parecer, el Gobierno de la ciudad no sólo reconoce que carece de recursos económicos para realizar ciertas obras públicas sino, sobre todo, que le hacen falta las ideas y la voluntad para definir cuáles son las necesidades y los intereses comunes de atención más urgente y las mejores maneras para hacerlo. Ya he comentado —en los casos del Corredor Cultural, como el CETRAM y la rueda de la fortuna en Chapultepec— sobre esa pasmosa espera de nuestros funcionarios a que alguien venga con una idea, no necesariamente la mejor, y el dinero para realizarla y su incapacidad para articular un discurso que sea un poco más complejo y convincente que “parece bueno y además no nos costará nada.” Las “oportunidades de negocio” sustituyen así a las políticas públicas y las corridas financieras a la planeación urbana y arquitectónica.

En este caso, además, hay que sumar el mito de lo verde, que en este país ha servido de excusa, cuando no de parapeto para cualquier ocurrencia. Nuestro partido verde es un club de impresentables que apoyan al mejor postor buscando prebendas políticas y sin ninguna consciencia ecológica y en muchas partes del país, incluida la ciudad de México, pintar taxis, viejos autobuses o muros de color verde parece bastar para proclamarse defensor del medio ambiente. Es clarísimo que, como comentó aquí mismo Pablo Lazo, en esta ciudad no existe una verdadera política ecológica.

La auténtica vía verde implicaría otras soluciones, radicales. Hace unos días Christopher Hawthorne, crítico de arquitectura de Los Angeles Times, presentó un proyecto del arquitecto Michael Maltzan en el que propone transformar parte del Ventura Freeway cubriéndolo de paneles solares y una estructura que disminuye el ruido de los automóviles, sistemas para captar el agua de lluvia y, sí, plantas colgantes.

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En Nueva York, Perkis Eastman propuso transformar Broadway en un parque lineal.

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En Seul, se demolió un viaducto elevado para descubrir un río que se había entubado y cambiar radicalmente el paisaje en esa parte de la ciudad. En comparación a esos proyectos, las columnas camufladas del periférico son, cuando más, ridículas y la pretensión del Jefe de Gobierno de calificar a ese proyecto como “un referente mundial” denota, de menos, ignorancia.

En una ciudad al borde de la catástrofe ambiental —pensemos no sólo en el aire que ensuciamos para luego respirar sino, también, en el agua que desperdiciamos o en la basura que producimos y en los miles de árboles talados para construir vías rápidas para automóviles—, el hada verde de la ecología fácilmente se convierte en el demonio verde de la simulación.

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