9 octubre, 2015

El decorado devorado

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En su Teoría del Film, Siegfried Krakauer cita a Hitchcock diciendo que la persecución parece ser “la expresión final del medio cinematográfico.” La persecución, complementa Kracaurer, es movimiento en extremo. Poniendo como ejemplo las persecuciones del primer cine mudo francés, Kracauer las califica como aventuras que devoran espacio.

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Casi la totalidad de la segunda mitad de la película Playtime, filmada por Jacques Tati en 1967, es una persecución sui generis, una aventura que literalmente devora o desmantela el espacio. Jacques Tati nació en Francia el 9 de octubre de 1907. Su padre, Georges Emmanuel Tatischeff, nació en 1875 en París y fue hijo del conde y general de la armada rusa Dimitri Tatischeff. En los años 30, Tati empezó como actor de cabaret y luego de cine. Después de la Segunda Guerra empezó a dirigir sus propias películas. En 1953 estrenó Las vacaciones de monsieur Hulot, donde aparece por primera vez el alter ego que Tati representará en sus siguientes películas: un anacrónico personaje más de la época del cine mudo, que haría buen par con Buster Keaton. También en esa película empezó a trabajar con Jacques Lagrange, que había estudiado artes decorativas. Playtime fue su proyecto más arriesgado cinematográficamente y el más costoso, y terminó llevándolo a la quiebra.

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Joan Ockman dice que Playtime, filmada el mismo año en que Guy Debord publicó La Sociedad del espectáculo, es “un asalto cómico contra la reducción de la experiencia espacial y cultural al lenguaje totalizador de la tecno-burocracia y el consumismo.” Una crítica feroz contra los efectos de esa globalización que tal vez habría que calificar como la tercera etapa de la globalización: la primera sería la de los grandes viajes y descubrimientos en barco, la segunda la del ferrocarril y el origen de los viajes organizados y la tercera la era del jet: del descubridor al turista pasando por el viajero. El París en el que sucede la acción de Paytime ya no es París sino lo que queda: su reflejo en la puerta de vidrio de un edificio de vidrio que es idéntico a todos los edificios de vidrio de París, Londres, Sao Paulo o Nueva York. Para Tati/Hulot, la arquitectura moderna ha llenado las ciudades con edificios idénticos ocupados por personas con comportamientos idénticos, más que habitantes: piezas de una compleja máquina espacial, como la familia Arpel en otra película de Tati: Mi Tío.

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En Playtime, tras recorrer un aeropuerto, oficinas y apartamentos modernos, monseiur Hulot termina, por distracción, en la noche de inauguración del cabaret Royal Garden. Si la experiencia concreta de las ciudades fue destruida por la arquitectura, Tati aprovecha esa parte de la película para vengarse del responsable: el arquitecto. Angustiado, el arquitecto responsable del Royal Garden ve como nada de lo que planeó se mantiene en su sitio: la luz y el clima artificial fallan, los muebles marcan y rompen la ropa de quienes los usan, la decoración se cae a pedazos. El arquitecto es la antítesis de Howard Roark, el protagonista de El Manantial que equipara la integridad del arquitecto con la del edificio. Mientras la decoración del Royal Garden se cae a pedazos, su arquitecto está cada vez más descompuesto: suda, grita, tiembla, se enoja y abandona su puesto. Monsieur Hulot es el callado comandante de una ruidosa revolución: la orquesta toca cada vez más rápido ritmos africanos mientras las turistas contonean sus caderas; el turista rico patrocina la fiesta mientras el edificio se desmantela como si un ciclón hubiera quedado atrapado entre sus cuatro muros. Terminada su tarea, seguramente emprendida con absoluta inocencia, monsieur Hulot abandona el Royal Garden y vuelve a la ciudad moderna que sustituyó a París, la capital del siglo XIX, y donde una drugstore se llama en francés drugstore como ta vez deba llamarse en cualquier idioma de cualquier ciudad del mundo. La revolución —que aquí fue una fiesta— está siempre por empezar, de nuevo.

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