8 agosto, 2014

El cronista en cuestión

por Armando López Carrillo | @opalodehielo

It was the best of times, it was the worst of times»
Charles Dickens, A tale of two cities

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Tengo que morir todas las noches relata la historia de El Nueve, un bar gay que fue emblemático en la vida nocturna de la ciudad de México durante los años ochenta, entonces ubicado en la calle de Londres, en plena Zona Rosa. Por medio de esta historia Guillermo Osorno nos ofrece una espléndida crónica de la transformación civil y cultural de la ciudad de México durante ese periodo (1974 a 1989), a través de la fiesta, la música y el arte, pero también de eventos que la sociedad enfrentó y marcaron su rumbo, como el surgimiento del Sida y el consecuente activismo de la comunidad homosexual, el terremoto de 1985 y el patético declive de aquellos gobiernos priistas.

Protagoniza la crónica Henri Donadieu, un francés nacido en un pueblo de la Costa Azul francesa en 1943 que llega a México en 1976, tras un periplo que lo lleva de un intento por estudiar ciencias políticas en La Sorbona, en donde André Malraux lo comisiona para diseñar y establecer una casa de cultura en Grenoble, para después viajar a Australia con un enamorado y de ahí a Nueva Caledonia, alguna vez territorio francés, en donde establece una inmobiliaria y un café, con bastante éxito, hasta que su alianza con movimientos políticos nativos provoca su ruina, huye y llega a México. En 1973 Henri había conocido en Acapulco a Manuel Fernández Cabrera, Manolo, y con él decide fundar El Nueve a fines de los años setenta, asociados con Oscar Calatayud y Guillermo Ocaña. [1]

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La inauguración de El Nueve corrió a cargo nada menos que de Irma Serrano, La Tigresa, quien llegó en su Rolls Royce dorado y lo estacionó sobre Florencia para partir plaza en la Zona Rosa. Figuraron también Camelia La Texana y Xóchitl, madrina de El Nueve a cargo de la gestión de los permisos y quien merecería un libro aparte, comenta el autor: «Llegó a tener un poder que ningún otro travesti ha logrado debido a su audacia para colocarse entre las altas esferas de la política y la sociedad. Xóchitl tenía un prostíbulo y regenteaba a actrices y cantantes conocidas; atendía lo mismo políticos que empresarios y gente de la farándula… Se había inventado además una especie de monarquía travesti y ella era la reina absoluta.» En el libro se reproduce una cita de la crónica de Carlos Monsiváis incluida en A ustedes les consta, que describe la entrada triunfal de Xóchitl a una fiesta del Hotel del Prado en 1974.

En 1978, fundaron El Nueve Acapulco, una discoteca bar con gran terraza a la Costera, en la que jugó un papel central Jacqueline Petit, una bailarina francesa amiga de Manolo que llegó a México en los años cincuenta y se enamoró de Acapulco, en donde logró establecer una agencia inmobiliaria y conectarse hábilmente con la sociedad del puerto. Aliada de Arturo Acosta Chaparro, integrante del Batallón Olimpia que en 1968 tuvo un papel sangriento en la matanza de Tlatelolco y entonces jefe de la policía de Acapulco para Rubén Figueroa, fue gracias a sus buenos oficios que los permisos para la discoteca fluyeron sin problemas. Osorno la describe como dueña de un carácter férreo y profundamente optimista, constructora de su propia leyenda: “Adoraba beber champaña, vivía para las noches de Acapulco y las fiestas que los nobles de Europa y los ricos de Nueva York daban cada temporada.”

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Este capítulo incluye un extracto de la crónica que escribe Ricardo Garibay en 1978, Acapulco Gold; Petit era entonces pareja de Gregorio Casals, amigo de Garibay, por lo que ella le dedica un buen paseo por el Petit Rivolí, un restaurante italiano de su propiedad, y el por El Nueve. El testimonio del escritor describe con precisión el carácter de Petit cuando lo invita a pasear de un lado al otro bajo la lluvia torrencial de Acapulco: “Dame mano, después te desnudas y pasa nada.” En enero de 1979 la policía judicial irrumpió en el bar buscando drogas y detuvo a varios, entre ellos a Manolo; poco después detuvieron también a Jaqueline Petit, la reina del jet set, la gran dama de Acapulco, quien se instaló cómodamente en la prisión e incluso tenía permitido escaparse algunas noches y volver a su celda.

Ante la clausura de El Nueve Acapulco y el temor de que la lo alcanzaran las represalias, Henri huye a la ciudad de México en donde reabre El Nueve, que había cerrado por precaución. Es en este periodo cuando mejor despliega su voluntad de empresario cultural: restablece la entrega del premio Nueve de Oro, que recibieron cantantes como Olga Guillot y Nacha Guevara, lo mismo que actores como Mauricio Garcés; echa a andar un cine club que duró poco más de un año; e introduce en el bar los murales efímeros a cargo del arquitecto Diego Matthai, otro amigo de Manolo, obras en las que participaron artistas como Mathias Goeritz y Juan José Gurrola con David Hockney. Henri también tuvo incursiones en la producción teatral, entre las que destacan la puesta en escena de Orinoco de Emilio Carballido, bajo la dirección de Julio Castillo. En ese entonces conoce a la escritora Margarita Villaseñor y pone un restaurante en la calle de Varsovia, El Olivo, cuyo menú estaba a cargo de Margarita y a donde frecuentemente acudía como invitada especial la inolvidable Pita Amor.

Henri fundó también, como expresión de su ánimo teatral, la Kitsch Company, en la que Jaime Vite jugó un papel central: estaba a cargo de las relaciones públicas del bar pero también era conductor de espectáculos y ejecutaba performances como Marilyn Monroe, Evita Perón o Lady Di. El Nueve también dio un buen espacio a La Regla Rota, una revista contracultural editada por Rogelio Villarreal y diseñada por Ramón Sánchez Lira, Mongo, quien programó las actividades culturales del bar por una temporada. Intervenían en estos eventos Peyote y la Compañía, de Adolfo Patiño; Naief Yehya y Guillermo Fadanelli presentando su revista Moho; y bandas como El Tri, La Maldita Vecindad, Las Insólitas imágenes de Aurora, Bon y los Enemigos del Silencio y Botellita de Jerez. El autor revela en esta parte aspectos sorprendentes de personajes que para el autor de estas líneas fueron puro misterio, como Ulalume Zavala, cantante de Casino Shangai, e Illy Bleeding, de Size.

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Sin embargo Manolo y Henri habían soñado largamente con establecer un lugar distinto, a lo grande: una discoteca llamada El Metal, diseñada por el arquitecto Jaques Vermonden con estilo Memphis, en la búsqueda de “la noche como actividad cultural o la cultura como actividad nocturna”; querían que Andy Warhol inaugurara el sitio, pero murió antes de la ocasión. El Metal se inauguró en septiembre de 1989 y para diciembre del mismo año ya había sido clausurado, quizá porque todavía la administración pública de la ciudad no estaba preparada para manejar lugares como ese. Poco después cerró El Nueve.

Los personajes que figuran en esta crónica forman una lista muy extensa, basta consultar el índice onomástico al final del libro para sumergirse en un mar de nombres que sin duda nunca se habían reunido; sin embargo el libro no busca elaborar un catálogo, sino acercarse a los miembros de una comunidad para que expliquen su historia. Entre todos ellos, el cronista en cuestión se topó con El Nueve a principios de los ochenta, cuando estudiaba comunicación en la UAM y con un amigo consiguió trabajo como inspector de licencias en la delegación Cuauhtémoc, algo «como tener un curso intensivo en los centros de vicio del Eje Central». Así que inspeccionando conoció El Nueve y esa misma noche acudió como cliente; años después decidiría relatar la historia de este lugar, como la expresión de una época. Con una exitosa carrera como editor, en este libro Guillermo Osorno despliega sus mejores recursos como cronista, basado en una buena investigación y con un lenguaje muy claro, en el que los testimonios destacan sobre cualquier opinión. Sin duda una lectura recomendable para quienes busquen divertirse y comprender algunos caminos de la cultura que hoy confluyen.

Tengo que morir todas las noches. Una crónica de los ochenta, el undergound y la cultura gay, Guillermo Osorno, Debate, 2014.

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[1] Uno de los bares que Ocaña estableció en su atención a aquel “nicho de mercado” fue El Penthouse, si no me equivoco ubicado en el edificio que actualmente ocupan las oficinas de Productora, «localizó la azotea de un edificio de oficinas en la calle de Manzanillo… Este era un lugar en cierto modo peligroso, porque se llegaba a él por un estrecho elevador y no había escaleras de emergencia. Los inquilinos de las oficinas se quejaron porque veían salir del elevador a homosexuales y vestidas que se habían quedado de fiesta toda la noche.»

 

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