8 septiembre, 2015

El Corredor Cultural: el imperio de lo visual

por Alan Grabinsky

Un render arquitectónico nunca es neutral: como imagen, siempre quiere algo y su producción, distribución y alcance están condicionadas por el contexto social. Los renders que han circulado sobre el Corredor Cultural Chapultepec están atravesados por concepciones específicas sobre lo que es la vida en ciudad, ideas sobre lo que podría y debería de ser un espacio público “ideal”.

Las primeras mostraban un vecindario de clase alta: edificios modernos, señalamientos de Sushi y tiendas Gourmet –uno se imagina a la gente de alrededor viviendo en lofts. En otras, las personas caminan a dos metros de cada una, en grupos de dos o tres personas: jóvenes o familias, de la mano, o tirados sobre el pasto. No hay basura, ni ruido, ni informalidad.

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Caminar un domingo por la calzada principal del Bosque de Chapultepec, por otro lado, es atravesar un mar de gente. Hay un sinnúmero de colores, olores y sonidos. El constante grito de vendedores de máscaras, de personas que pintan la cara. Los aplausos a los comediantes callejeros, los breakdancers. Todas las familias de México — grandes grupos de dos o tres generaciones— parecen presentes en ese lugar.

Aunque es lo más cercano espacial y culturalmente al Bosque, el Corredor Cultural parece de otro mundo. La mayoría de las personas que utilizan el espacio, según las imágenes, son blancas y tienen familias pequeñas. Los espacios son áridos, y la división del parque en “bloques” artísticos no toma en cuenta el tipo de intervenciones en el espacio público que son más irregulares. Uno se imagina que el uso programado de antemano, por medio de un calendario cultural.

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La Glorieta de Insurgentes, soñada hace casi medio siglo. En la imagen aparece pulcra, los usos segmentados, los coches, con mucho espacio entre ellos: es una zona de alta visibilidad. Nadie creería que el espacio se convertiría en un lugar opaco, donde se encuentren subculturas como los punks, eskatos y la comunidad trans.

No se puede predecir el uso de un espacio nuevo. Además el lugar a intervenir siempre está siendo utlizado por alguien más. Cuando la epidemia del SIDA arrasaba por Nueva York, la plataforma abandonada de tren, ahora parque elevado Highline (punto de referencia para el Corredor Cultural) era utilizada para encuentros secretos de la comunidad LGBT. Se reunían ahí y en muelles “abandonados” porque eran los únicos lugares seguros, pues eran discriminados de lugares públicos, con más visibilidad.

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Es un proyecto íntegro,— se nos dice— se ha analizado financiera, social, económica, cultural y ambientalmente. Y las imágenes son fieles a ese afán de totalidad: una sola intervención, y ya; como si una ciudad— o al menos ésta área de la ciudad— fuera un producto casi acabado que necesitara de un único elemento para poder funcionar a toda capacidad. Como si el bullicio y el desorden fuera un problema a ser resuelto de una tajada. Pero la idea de un plan maestro de espacio publico es una postura antiurbana, herencia del modernismo, que proyecta ideales suburbanos sobre la ciudad: es traspasar a lo público la idea del centro comercial, donde reina el imperio de lo visual y el espacio público de baja intensidad.

Hay muchos problemas en Avenida Chapultepec: el tráfico, el ruido, la informalidad, la imposibilidad de cruzar, la falta de carriles para bicicletas, la falta de un Metrobus. Pero un espacio como ése es un sistema de alta entropia: una intervención, por más pequeña que sea, puede causar efectos fuera de lugar.

El papel del gobierno debe de ser aprender por medio de tácticas, recolectar información sobre una intervención y luego armar diseños a partir de un proceso iterativo, tomando en cuenta que se está interviniendo en una matriz muy compleja, y que las ramificaciones de los actos son tanto locales como globales. No contribuir a este pastiche de edificios “icónicos”, llamado Ciudad de México, donde se diseña sin ninguna sensibilidad contextual. En este sentido, los renders arquitectónicos del Corredor Cultural Chapultepec—el producto acabado, el espacio público de fantasía primer mundista—deben de verse como lo que son: estrategias de publicidad.

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