26 junio, 2015

El cine Victoria: la amante vaciada

por Marcia Santos

” Desde hoy, ya no quiero oírte hablar;
ahora, quiero oír hablar de ti.”
Cinema Paradiso

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Puedo reconocer el cambio de la ciudad cuando voy entrando al centro por la Avenida 16 de septiembre gracias a sus añejas edificaciones: la plaza del Mercado Juárez y el Cine Victoria, dos monumentos que marcan de sur a norte el inicio del centro. Me bajé de la ruta kilometro 20 para visitar lo que me habían contado del Cine Victoria. Por afuera reconocí sus cornisas decoradas, forjadas a mano, y con entusiasmo me atreví entrar por una apertura en la malla que lo cubría por fuera. Al principio sentí un poco de miedo, parecía que ahora el cine dejaba entrar a todos sin cobrar. Mis ojos se templaron a la luz del interior. Entonces distinguí una fuente y paredes de talavera en el cuarto de taquilla, con muros desmenuzados por el saqueo del alambre de cobre para venderlo “al kilo”. La basura, graffitis y botellas de cerveza decoraban la soledad apiñada de los años. Sin embargo, yo entrecerraba mis ojos y veía a muchos cinéfilos hacer línea para pagar el boleto de entrada.

Me adentre al siguiente cuarto percibiendo una mezcla de memorias: una sala cubierta por 1,700 asientos de metal vacíos, la mayoría empotrados en su respectivo lugar, muchos otros arrancados y colocados bajo el escenario. A todos ellos los vi susurrando, esperando la función: Unos besándose, otros riendo, comiendo y muchos otros mirando el telón atentamente.

Caminaba de la entrada hacia la pantalla contemplando doce murales coloridos con escenas quietas que formaban parte de uno de los 24 cuadros por segundo de películas proyectadas anteriormente. Reminiscencias arquitectónicas ecléctico-neoclásicas, esculturas, marcos de puertas, ventanas y remates superiores en cantera, ornamentos de madera y tapiz, alfombrado con tramado color rojo, vestigios de cortinajes, tapices en seda y terciopelo, repisas de granito, nichos labrados que desde su inauguración en 1945 caracterizaron al Cine Victoria, erigido por Antonio J. Bermúdez en el año 1943.

Llegando al escenario, me percaté de que aún había huellas de lo que alguna vez fue: cajas de palomitas de maíz y celuloide depreciado que armonizaban con la avidez irremediable del presente: arena, polvo, heces de paloma, restos de tapiz arrancado y escombro de paredes desmoronadas. Subí por las escaleras casi de vuelta a la recepción. El segundo piso era simple y no se notaban las características de origen ya que había unos tramos donde no se podía ingresar, cauterizados por un incendio provocado en el 2013 que consumió la decoración interior y las vigas del techo de madera del ático. Cuentan que, el día del incendio, transeúntes y vecinos se aglutinaron alrededor del cine sollozando por los recuerdos que se desvanecían con las llamas.

La amante que ahora esta vacía, se encuentra en desuso desde los años 80. Pertenece a la familia Devlin, que a finales del 2008 lo cedió en comodato por 30 años al municipio. Anteriormente el edificio perteneció a don Inocente Ochoa, quien estableció los primeros tranvías de tracción animal entre Juárez,  Chihuahua y El Paso, Texas. Dio albergue y despacho al presidente Benito Juárez en los tiempos de la Intervención francesa, entre 1865 y 1866, y fue vivienda temporal para el presidente Porfirio Díaz, durante su estancia para la reunión con el presidente William Howard Taft en 1909.

El monumento de la risa y las lágrimas que mostraba experiencias ajenas a todos sus invitados ahora queda como un recuerdo fantasmal de compañías fortuitas, olor húmedo, palomitas de maíz y alimentos de contrabando que aun puedo sentir. El Cine Victoria queda como depositario de acciones de deserción, una amante en espera, un recinto que se resiste al exterminio de los referentes de la historia de la frontera que finalmente ceden al olvido y quedan reducidos a cenizas. Sin el cine no hay acción de enamoramiento.

Fotografía: Alfredo Anzures. Cortesía de Marcia Santos

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