18 junio, 2020

El breve espacio

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog
https://youtu.be/YUCzn_eMFF4

A principios de junio, The Flaming Lips se presentó en el programa The Late Show with Stephen Colbert, at home. Según el sitio Consequence of Sound, Wayne Coyne, el cantante del grupo, ya había actuado en otras ocasiones dentro de una burbuja de plástico transparente. Pero esta vez no sólo él sino toda la banda y cada una de las pocas personas que conformaban su público estuvieron dentro de una burbuja inflable. Pandemia obliga.

La distancia, la separación mínima de metro y medio o dos que se nos pide guardar entre cada uno de nosotros al salir a la calle o estar en lugares públicos cerrados, plantea un problema casi metafísico: ¿de dónde sacamos el espacio que nos hace falta para ponerlo entre nosotros?

La combinación de distancia y barreras físicas parece ser lo que alguna revista calificaría como la tendencia. En Inspire South Bay Fitness, un gimnasio en Redondo Beach, California, redujeron el número de participantes en las clases y, además, instalaron cabinas individuales forradas con cortinas de baño transparentes. Según CNN, un restaurante en North Canton, Ohio, también usó cortinas de baño par separar las mesas. Algo más sencillo que las cabañas traslúcidas que instaló al borde de un canal en Ámsterdam el restaurante Mediamatic ETEN, o que las elegantes pero acaso incómodas pantallas que propone HAND, en París. 

El Berliner Ensemble, formado en 1949 por la actriz Helene Weigel y su esposo, el escritor Bertolt Brecht, removió gran parte de las butacas del teatro que ocupan —construido en 1892— para ofrecer funciones con sana distancia. La Filarmónica de Viena ofreció un concierto en el que más personas estaban sentadas en el escenario que en la platea. De nuevo en Alemania, IKEA prestó el estacionamiento de una de sus tiendas para que un grupo de musulmanes rezara por el fin del Ramadán. Los espacios demarcados para cada automóvil sirvieron para guardar distancia. En Nueva York, primero, y luego en otras ciudades del mundo, se han marcado circunferencias separadas de manera uniforme en los prados de parques públicos para que la gente las ocupe, manteniéndose separados entre grupos de personas que no habitan juntos.

Más allá de restaurantes, gimnasios, parques y teatros, el problema de la falta de espacio para mantener una distancia mínima entre nosotros en épocas de la pandemia es más grave en condiciones como la de los sistemas de transporte colectivo. Lo hemos visto en las imágenes que retratan a cientos de personas hacinadas en los andenes de alguna estación de metro en la Ciudad de México. Pero el problema va más allá que falta de voluntad para aislarse, lo que falta es espacio —y tiempo.

El periódico The Guardian publicó un artículo titulado “¿Qué pasaría si los londinenses trataran de volver a la normalidad en un metro con distanciamiento social?” En un análisis de la estación Clapham North mostraron que, en un día normal entre semana, de 8 a 9 de la mañana 1,005 personas abordaban los vagones del metro. Tomando distancia según las normas impuestas por la pandemia, sólo 96 personas podrían abordar los trenes en ese mismo periodo. Las 909 personas restantes tendrían que esperar, alejadas unas de otras, en una fila que mediría 1.8 kilómetros de largo —la distancia entre dos estaciones de esa línea del metro.

Si el espacio no alcanza para mantenernos alejados en la vida pública, la recomendación es que también lo multipliquemos en la vida íntima. El departamento de salud de la ciudad de Nueva York publicó una guía con recomendaciones para el sexo más seguro en tiempos del Covid-19:

Ten sexo sólo con personas cercanas. Tú eres tu pareja sexual más segura. La masturbación no contagia el Covid-19 —especialmente si te lavas las manos. Tres son multitud. Si decides estar con un grupo, que no sea muy grande y de preferencia en un lugar bien ventilado. Usa careta protectora. Si te gusta el sexo con extraños, organiza fiestas en Zoom.

Cualquier contacto presagia el contagio. Hay que poner plásticos, vidrios, aire de por medio, entre cuerpo y cuerpo. En las calles de las ciudades se intenta quitarle un poco de espacio al invasor que desde hace poco más de un siglo las tomó y las volvió privilegio de unos cuantos (aunque sean muchos): el automóvil, que cuando está en movimiento es un peligro y detenido, un estorbo. En las casas de la mayoría el encierro también obliga a buscar más espacio, si no para poner entre nosotros, sí para estar. Espacios ventilados e iluminados, donde cada uno pueda pasar días, semanas y meses en clausura casi total, trabajando o no, sin demasiado agobio, algo que no es fácil cuando buena parte de las casas en zonas urbanas están sometidas a la lógica excluyente de la vivienda mínima. Y así, en medio de una pandemia que no tiene para cuándo terminar, mientras algunos investigan cómo serán la ciudad, la oficina o la casa del futuro cercano, la mayoría trata de encontrar ese breve espacio que no está ahí para separarnos.

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