29 noviembre, 2016

El bache como actor urbano

por Juan Palomar Verea

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El bache es una presencia consuetudinaria en las calles. Este desperfecto en la superficie pública de la ciudad es caracterizado, ahora, exclusivamente como un hoyanco que dificulta el tráfico rodado. Como si o hubiera otro tipo de movilidad en las áreas comunitarias.

Dadas las condiciones cívicas actuales, el bache ha pasado a ser un llamativo indicador de la buena gestión de la ciudad. Por lo tanto, el bache es un determinante factor político. Cada desperfecto en la superficie por donde transitan los vehículos se ha convertido, automáticamente, en una tacha más para las autoridades responsables. De allí que la reparación de las calles, el encarpetado asfáltico, las losas de concreto hidráulico, hayan pasado a ser, cada vez más, una obsesión municipal y un gasto más cuantioso.

Más del 90 por ciento del tráfico que fatiga las vialidades corresponde a vehículos particulares. Sus dueños y conductores, en virtud de que son capaces de poseer y mantener un auto, pertenecen a las franjas con mayor poder adquisitivo y económico. Usufructúan ellos, solamente, la propiedad de las vialidades y su casi exclusivo uso. Por su relativo desahogo, suelen ser más activos y visibles en la opinión pública. De allí la particular sensibilidad que los políticos de toda laya tienen frente al bache. Menos baches, más votos. La gran mayoría de la población, que no usa el coche, financia sin embargo todos los espacios automotores y los gastos para mantenerlos.

Hubo una época en las ciudades cuando existía, exclusivamente, el ámbito privado de cada casa y los espacios compartidos: calles y plazas. Con la aparición del tráfico rodado, y particularmente el tráfico automotor, surgió la necesidad de separar los ámbitos peatonales de los que, cada vez con mayor voracidad, ocupaban los vehículos. De allí las banquetas, a las que acompañó un específico sistema de drenaje pluvial que consolidó el método de segregación peatonal. (Existen innumerables ejemplos en todo el mundo en los que, con otros métodos, se conservó, con mayor equidad, el espacio total de las vialidades y se organizó satisfactoriamente la circulación.)

Total, casi en la totalidad de Guadalajara se implantó el sistema de banquetas (casi siempre lo más estrechas posible) y arroyos vehiculares lo más anchos que se pudiera. Dada la idea de “progreso”, equiparada a la abundante circulación de vehículos, que se implantó profundamente en la mentalidad de los políticos y de buena parte de la población, una buena calle es en la que caben los más vehículos –en movimiento o estacionados- y no hay baches. Punto.

Un agujero en el arroyo vehicular es un bache: identificado, indeseable, un problema a atender con urgencia. Un desperfecto en la banqueta no tiene una denominación equivalente, es algo vago e indeterminado, importa mucho menos. Pero si el 50% de la gente circula rutinariamente en coche, el 100% de la población tiene que caminar por las banquetas. El problema es que la precariedad de las superficies peatonales, que afecta sobre todo a la población más vulnerable, no tiene la misma visibilidad, no suscita similares inconformidades cívicas y políticas que los baches. Es hora de cambiar esto.

Los ayuntamientos debieran ajustar su óptica respecto a los espacios públicos. La población debiera demandarlo enérgicamente. Privilegiar a los peatones sobre los automovilistas, hacer las nuevas calles y reconformar las existentes con otros puntos de partida a través de los que toda la población se vea beneficiada. Amplitud, arbolado, áreas de descanso, encuentro y convivencia… Atender los baches: pero mucho más atender los espacios que corresponden a todos los habitantes. Los resultados cívicos, y aun políticos, serán sorprendentes.

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