31 agosto, 2015

El albergue suspendido

por Juan Palomar Verea

Publicado originalmente en El Informador

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Guadalajara siempre ha sido un cruce de caminos. A ello debe su crecimiento y su prosperidad, su índole y su importancia. Desde sus tiempos más tempranos, la ciudad se constituyó como un enclave de intercambio e irradiación de la civilización en el Occidente mexicano. Y así hasta nuestros días.

No es gratuito que una de las dos rutas ferroviarias que comunican al país desde el sur y rumbo a la frontera norte pase por Guadalajara. Ese tren, bautizado con un aire entre humorístico y ominoso como “la bestia” es el conducto que une tenuemente a miles de migrantes centroamericanos con la esperanza de una mejor vida en los Estados Unidos.

Todos los hombres, en alguna etapa de su historia o la de sus antepasados más o menos próximos, han compartido la condición migratoria. Buscar una mejor vida, más adecuada, más justa, menos inhumana, más feliz, ha sido un perdurable designio de la existencia de nuestra especie.

En la coyuntura de nuestros tiempos sucede pues que por Guadalajara transita una corriente de personas muy pobres, provenientes sobre todo de Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala e incluso del sur de México, que encuentra en el tren la manera de ir a buscar un mejor futuro para ellos y sus familias, casi siempre aquejadas de una gran necesidad. Muchos de los migrantes recalan en nuestra ciudad, buscando un poco de descanso, de comida y de alivio para un viaje arduo y sacrificado, realizado en condiciones duras y precarias.

El DIF municipal, en una muy loable iniciativa, alentada por valiosas organizaciones de la sociedad civil, planteó ante esta problemática la construcción de un albergue en forma (Comedor del FM4 Paso Libre), en el que los migrantes “tomaran un descanso, se bañaran, hicieran una llamada a sus casas y continuaran su camino.” (El Informador, 9 de agosto 2015.) Así, se destinó un terreno de propiedad municipal en Niños Héroes e Inglaterra y se consiguieron 2.8 millones de pesos para la obra. Resultado: rotunda oposición de los vecinos y pérdida del dinero ya conseguido. Argumentos: “inseguridad, disminución de las plusvalías de las casas” y “petición de que el albergue fuera enviado a zonas populares de la ciudad”. Es vergonzoso, lastimoso, indigno. Indigno de una ciudad de migrantes, de una que supo hacer y conservar por siglos el Hospital de Belén (Civil) y el Hospicio Cabañas como grandes equipamientos humanitarios destinados para una región que va mucho más allá de Jalisco. Indigno de una urbe que se ostenta como guardiana de valores fundamentales para la convivencia.

Pero seamos prácticos: ahora hay otra oportunidad. Otro terreno, éste en Calderón de la Barca, propiedad del Gobierno del Estado. Para los vecinos “piadosos” convendría hacer la aclaración de que los migrantes van en tren, y éste va por unas vías que no se mueven. Así es que los que quieren “mandarlos al Cerro del Cuatro” a lo mejor pueden entender que el albergue sólo sirve cerca de las vías. El asqueroso clasismo clasemediero asoma las orejas pensando que “los pobres con los pobres”, o preguntando a quien apoya el albergue que por qué  no se lleva el albergue “junto a su casa”. Reiterémoslo: las vías están en donde están las vías. Y cualquier instalación bien pensada e insertada en su entorno es capaz de mejorarlo.

Luego, la implantación adecuada de un albergue de esta naturaleza debe seguir una serie de lineamientos desde el punto de vista de inserción urbana, arquitectura, entorno inmediato, servicios médicos y sociales, seguridad, mantenimiento. Esto redundará en un mejor contexto: más limpio y seguro, más atendido, incluso más atractivo. Y en ninguna disminución de la plusvalía –al revés: sobre todo en plusvalía humana. En su mayor parte los migrantes son gentes bien intencionadas, agradecidas, correctas. Cuando no sea así, la situación es perfectamente controlable. Son personas valientes y sacrificadas que buscan mejores vidas, y muchas veces son admirables. Es preciso darles un entorno y un local adecuado y propositivo: para ellas y su vecindario.

Guadalajara puede acrecentar su valía siendo una ciudad compasiva y hospitalaria con los semejantes que, en estado de gran vulnerabilidad, pasan por aquí. Guadalajara tiene la obligación de estar a la altura de su dignidad y su herencia. Ojalá que el albergue, ahora en suspenso, pueda pronto atender correctamente a los migrantes

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Hugo González Jiménez (1957–2021)

Hugo González Jiménez nació en Guadalajara en 1957. Se inscribió en la Escuela de Arquitectura del Iteso hacia 1975 y se graduó con honores en 1980. Fue un alumno reflexivo, serio, brillante y solidario. Siempre se destacó por su tranquila apostura, su humor en sordina, sus dibujos y sus partidos arquitectónicos originales y sólidos.

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