22 enero, 2015

Ejemplos ejemplares | Central Park

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

Los lagos son artificiales, los árboles plantados, los accidentes inventados y todos sus episodios se apoyan en una infraestructura invisible que controla su agrupación. Así un catalogo de elementos naturales se saca de su contexto original, se reconstruye y se condensa en un sistema de la naturaleza que hace que la cualidad rectilínea de  la alameda no sea mas regular que la irregularidad planificada del Central Park.»

Rem Koolhaas. Delirio de Nueva York.

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De Nueva York se ha escrito y dicho mucho. Mostrada miles de veces y de diversas formas distintas en novelas y películas, se nos enseña siempre como una ciudad que nunca acaba, nunca duerme y siempre se transforma.

En el campo de la arquitectura también ha sido muchas veces tratada, pero quizás dos visiones -por dos de los arquitectos que más han teorizado sobre arquitectura en el siglo XX- sean las más celebres visiones. De un lado, Le Corbusier la vio como un trágico puercoespín, de edificio demasiado puntiagudos y, curiosamente, demasiado bajos. Del otro, Rem Koolhaas se sintió fascinado de aquello que más había repugnado al suizo-francés: su congestión. En Nueva York, o más concretamente Manhattan, los usos se apilan y superponen en la nueva tipología del rascacielos. Pero Rem miró algo más que no fue atendido por Le Corbusier: Central Park, ese parque artificial que suplía -como debía hacer la cubierta lecorbusierana– la carencia de espacio verde que había propiciado y anulado la retícula neoyorkina.

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La densidad propiciada por el esquema urbano fue contrarrestrada por un enorme espacio verde encajado perfectamente en la trama de la ciudad. El parque, diseñado por Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux, fue definida por Kolhaas como una alfombra sintética de la Arcadia. Un espacio artificial, heredero de Coney Island, que debía mostrar a la ciudad su propia naturaleza artificial. Después de todo, Central Park, como buen heredero romántico, era una ilusión cargada de falsos lagos y construcciones que buscaban crear una simulada naturaleza, que debía ocupar un lugar centra, literal y metafóricamente, en el imaginario de la ciudad norteamericana.

Al tiempo, Central Park libera un espacio para la ciudad  de las manos de la especulación inmobiliaria y entrega un nuevo contexto urbano por entonces faltante, donde los habitantes pudieran perderse, pasear o simplemente pasar y gastar el tiempo tumbados al sol. Un lugar de encuentro para ocasionales turistas y frecuentes vecinos. Su falta de definición programática es tomada por la imaginación de sus usuarios. En central park se pueden hacer muchas cosas, debido precisamente a no limitar y encorsetar sus usos posibles.

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Elegida por concurso entre 33 propuestas, el proyecto de Olmsted y Vaux -que tenía por lema Greensward- transformó una antigua ciénaga  en uno de los paisajes urbanos más representativos y famosos de final de milenio. Como apunta Ángel Martínez García-Posada en Las cualidades del vacío de Central Park, «[el parque] fue el resultado de una serie de manipulaciones y transformaciones que intensificaban los efectos paisajistas: lagos artificiales, árboles trasplantados, accidentes inventados, superposiciones, yuxtaposiciones y secuencias visuales. […] Olmsted y Vaux elaboraron su plan con una imagen sobre la superficie según la iconografía referida y otra ingenieril que hacía posible esta primera. Las capas enterradas liberaban a la forma de la función. La separación del tráfico en distintos niveles, el sistema de riego subterráneo y la red de drenaje, la definición topográfica, los rellenos de tierra, la sustitución de los árboles y las plantaciones aparecen como invisibles para quienes suponen que este territorio urbano libre del siglo XIX es una mera reserva natural con una mínima intervención humana.» Central Park es la simulación de un entorno natural por excelencia, que encierra (o entierra), a mismo tiempo, el pragmatismo  de la ingeniería estadounidense.

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