2 mayo, 2018

Ecología

por Daniel Daou

 

Crystal Palace Steel engraving of interior during the Great Exhibition, 1851. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images. 1851 By: J. E. Mayallafter: W. LaceyPublished: [1851]. Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0

 

En los últimos veinte años, la ecología ha ejercido una importante influencia en la arquitectura por partida doble. Por un lado, como sinónimo del ambientalismo, el “imperativo ecológico” ha llamado a la arquitectura a buscar estrategias que se alineen con los principios putativos de la ecología como ciencia. Por otro, la ecología ha servido como metáfora cultural para introducir los conceptos del nuevo paradigma de las ciencias de la complejidad a la arena de lo político y lo social. Ideas tales como resiliencia, adaptabilidad, indeterminación, interconexión y fluidez han permeado la teoría y la práctica del diseño en las últimas dos décadas promoviendo discursos que privilegian el proceso sobre el objeto, la estrategia sobre la composición y la adaptabilidad sobre la legibilidad y la permanencia. Aunque la adopción de la ecología en ambas acepciones ha tenido consecuencias problemáticas para la agencia y la imaginación arquitectónicas, la ecología sigue siendo sin duda una poderosa metáfora para sintetizar el reto y el espíritu de nuestra época.

Para entender la relación entre arquitectura y ecología es necesario proveer un contexto histórico pues el término “ecología” ha significado cosas muy diferentes desde que fuera acuñado en 1866 por el biólogo alemán Ernst Haeckel, y su acepción como sinónimo de ambientalismo no tuvo lugar sino hasta los setenta. En 1997 se firmó el Protocolo de Kyoto que buscaba combatir el calentamiento global. En 2017, se confirmó el año más caluroso desde que se llevan registros y los volúmenes de CO2 no habían sido tan altos desde el Plioceno. En palabras del filósofo Timothy Morton, la crisis ambiental es como presenciar “el estallido de una bomba atómica en cámara lenta”.

Al mismo tiempo, a principios de los noventa, la profesión sufría una crisis de identidad. La liberalización del Estado en la década de los ochenta redujo drásticamente el papel público de la arquitectura disminuyendo de modo similar su relevancia sociocultural. Preocupados, académicos y profesionistas debatían si la negatividad y la resistencia de la teoría y la crítica debían dar paso a un pragmatismo alineado con las realidades del mercado. Inspirados por los nuevos paradigmas científicos de la teoría de sistemas, la cibernética y la ecología, proponían prácticas flexibles y adaptables que imitaran “a la vida misma”, tal y como el mercado había aprendido a hacerlo. A este momento se le conoce como el periodo poscrítico.

Este cambio de enfoque pareció surtir efecto. La inauguración del Guggenheim de Bilbao en 1997 marcó el inicio simbólico de la década de producción arquitectónica más febril. El sector financiero, que descubría en la especulación inmobiliaria una válvula de escape para el problema de la sobreacumulación del capital, convirtió a la arquitectura en una máquina para sublimar su superávit monetario. En 2007, el nuevo pragmatismo arquitectónico recopilaba los momentos más importantes en el debate poscrítico. Si bien no existía un consenso en cuanto a la naturaleza específica del nuevo papel sociocultural de la arquitectura, quedaba claro que la resistencia de la crítica y la obsesión histórica por el pasado debían quedar atrás: la nueva arquitectura sería “proyectiva”. Ese mismo año, la crisis de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos detonó el colapso de la industria financiera global en septiembre de 2008. Desde entonces, la arquitectura ha bregado por recuperar su vocación social al mismo tiempo que año con año aumenta la presión de los imperativos ambientales.

Como metáfora cultural, la ecología ayudó a reinventar la práctica y revitalizó el imaginario arquitectónico. Pero, a cambio, despolitizó a la arquitectura al “naturalizar” a la economía política en la que se desenvuelve. Los diseñadores que celebran y pretenden reproducir procesos supuestamente “naturales” reafirman el sistema del laissez-faire disfrazado de auto-organización, emergencia o procesos “bottom-up”. Como dijera la paisajista Anita Berrizbeitia, “el futuro de la arquitectura radica no en enfocarse en las cosas que sucederán de todos modos, sino en darle forma a las cosas que no sucederían de otro modo y sin embargo necesitan suceder urgentemente”.

Como sinónimo del ambientalismo, la ecología orienta a la arquitectura para reducir su impacto negativo en el medioambiente. Los problemas de esta aplicación de la ecología al diseño son al menos tres. Primero, las agendas ambientales de las llamadas arquitecturas verdes tienden a suprimir las contribuciones disciplinares. En otras palabras, el diseño sostenible no siempre es percibido como representativo de la excelencia o la innovación en la arquitectura. Segundo, las bases científicas del ambientalismo sugieren que las soluciones a los problemas ecológicos son tecno-administrativas. Sin embargo, como advierte la historiadora Panayiota Pyla, el ambientalismo y las arquitecturas verdes, no por estar basados en la ciencia, dejan de ser políticos. Por último, como observa el sociólogo Wolfgang Sachs, es importante mantener una mirada crítica para evitar que la ecología —entendida como la filosofía de un movimiento social— no pase de ser de una forma de oposición a una forma de dominación.

Por último, si hasta este punto hemos discutido la influencia de la ecología en el diseño, es justo concluir con la pregunta de qué ofrece el diseño a la ecología. En “Nature at the Millennium: Production and Re-Enchantment”, el geógrafo Neil Smith lamentaba la incapacidad de la izquierda de formular una contra-ideología de la naturaleza que fuera a la vez aguda en su análisis y, al mismo tiempo, capaz capturar la imaginación colectiva de manera tan efectiva como lo han hecho los discursos del mainstream. Según él, la formulación de tal contra-ideología, lo que yo llamo ecología sintética, comienza en “el desolado cruce de la poética y la economía política”. Es aquí donde el diseño, con su inherente poder de síntesis, puede ser capaz de atajar el nudo gordiano de nuestra actual crisis política y ecológica.

 

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