8 noviembre, 2017

Domesticar las aguas

por Georgina Cebey

 

Quien mire una fuente en la Ciudad de México tiene pocas opciones: en el mejor de los casos, un espectáculo en el que chorros de agua se proyectan en distintas direcciones o, en el peor y más frecuente,  ver una pileta en estado de charco, con agua sucia y el fondo cubierto de moho. Mientras en otros países las fuentes, además de ser ornamentales y servir como punto de reunión, también proveen de líquido para beber a cualquier usuario sediento, en nuestra ciudad esta última función es impensable. Las antiguas fuentes de la capital sobreviven (o se encaminan a la ruina) mientras el gobierno capitalino llena las nuevas plazas duras con “fuentes” a nivel de piso encargadas de mojar a multitudes con chorros de colores, otro de los sellos de esta ciudad que de unos años a la fecha se propuso ser también una marca.

Lejos de congregar a la gente en un día de calor, las fuentes y los bebederos públicos son testigos de uno de los tantos vínculos generados entre los habitantes de cada ciudad y el agua. En Londres, por ejemplo, el desarrollo de fuentes públicas que proporcionaban líquido a los pobladores fue una innovación sanitaria y social. Antes de 1859, quienes no tenían acceso a las aguas limpias del Támesis, estaban condenados a beber los fluidos pestilentes e impuros que corrían en los canales junto con basura, cuerpos de animales y un sinnúmero de desechos; con esas aguas corrían también brotes de cólera que fueron letales para miles de pobladores. La posibilidad de beber el agua limpia que caía de un tubo en una fuente pública, redujo las muertes por infecciones. Estos bebederos públicos ayudaron también a frenar el alcoholismo que por aquella época azotaba la ciudad con la misma fuerza que el cólera: con las aguas como caldos de cultivo de infecciones, la gente –incluidos niños— hizo del alcohol una bebida común para calmar la sed; una crisis social escalaba a falta de una bebida salubre y al alcance de todos. En pocos años, medio millar de dispensadores públicos de agua colocados en las calles de Londres calmaron las muertes por cólera y ofrecieron alternativas para mantener la sobriedad de sus ciudadanos. En México, las fuentes también cumplieron una labor social importante, originando incluso el oficio del  “aguador”, una especie de tubería andante: un hombre transportaba el agua que los acueductos vertían en las fuentes a los hogares de quienes no tenían acceso a éste líquido vital. El aguador llevaba a cuestas un enorme cántaro que recargaba en su fuente, una vez despachado el contenido del cántaro, el cliente recibía una semilla de colorín como recibo de pago. Este mobiliario urbano fue también una fuente de empleo y sus trabajadores consolidaron una fuerza laboral organizada por un reglamento. Además de gestionar el agua, los aguadores debían mantener limpio el contenido de las fuentes, sus alrededores e incluso acudir como apoyo en caso de incendios en la ciudad. Con el abasto del líquido a los hogares por medio de tuberías hacia finales del siglo XIX, este oficio se diluyó y con él, buena parte del cuidado del agua que habita en  lugares públicos.

En esta línea que pretende comprender los modos en que nos vinculamos con el agua, el tratamiento que hemos dado a los ríos de la ciudad arroja pistas sobre las lógicas de relación que hemos establecido para convivir con los cuerpos de agua presentes en la urbe.  Si desde tiempos antiguos los ríos se veían como enemigos de las ciudades, con las presas y los diques las sociedades comprendieron que un río podía controlarse: una primera domesticación del agua ayudó al hombre a proteger sus urbes. Sin embargo, en nuestro caso parece que en lugar de controlar al agua, decidimos someterla: no es lo mismo cambiar la dirección de un cauce que ponerle un límite al líquido que por él fluye; en lugar de construir puentes e infraestructura para atravesar las afluentes, decidimos entubar los ríos, los convertimos en avenidas. En lugar de conservar su contenido, guardamos los nombres de esos cuerpos de agua para identificar grandes avenidas. En otras palabras, encarcelamos el agua, la volvimos invisible en el paisaje urbano.

Puede que no de los casos más reveladores sobre nuestros vínculos acuosos sea el de los lagos. Los mexicas, como dioses, separaron las aguas y generaron dos lagos. Sus obras de ingeniería hidráulica consiguieron cierto equilibrio ambiental que aunque precario parecía estable. Con la llegada de los conquistadores, esta armonía fue ignorada. En las estampas de paisajes acuíferos impresas en la Visión de Anáhuac de 1915, Alfonso Reyes escribió:

La tierra de Anáhuac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; […] Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones […] De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

La conquista, al ser una empresa de ocupación y sometimiento, reprodujo una lógica de destrucción ambiental. Si Alfonso Reyes viviera hoy, vería en el drama de la desecación de los lagos que la consigna es la misma: la Ciudad de México insiste en destruir la poca agua que le queda y borrar sus cuerpos de agua del paisaje. Mientras otras ciudades como Chicago y París evolucionan para convertir sus cuerpos de agua en espacios de recreación para los habitantes, en la Ciudad de México seguimos enfrascados en un urbanismo colonial que entiende el agua como una provocación: como el último remanente de una naturaleza que exige ser conquistada. Prueba de ello es que hoy se construye un aeropuerto sobre lo que el Gobierno Federal ya llama el “ex lago de Texcoco”.

La palabra náhuatl Anáhuac mezcla el atl (agua) con nahuac (rodeado) para explicar que habitamos un lugar “rodeado de agua”. En la manera en que cada ciudad se relaciona con el agua –en forma de fuentes, ríos, lagos e incluso desagües—, este nexo líquido revela partes de nuestra identidad urbana. En el caso de la Ciudad de México, domesticar las aguas ha significado destruirlas.

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