12 octubre, 2019

Diseño abierto

por Miquel Adrià | @miqadria

La sección de arquitectura del Abierto Mexicano de Diseño este año ocupa el Museo Numismático Nacional, uno de los espacios arquitectónicos más espectaculares y conmovedores de la Ciudad de México. Dos áreas independientes albergan la instalación del equipo conformado por Dellekamp/Schleich en la gran sala de fundición de monedas y una sala curada por Proyector bajo el titulo de Nada sobra, con obras de una treintena de jóvenes equipos que proponen piezas que reinterpretan elementos de la arquitectura popular.

En esa sala, que fuera el Salón del Apartado, el equipo curatorial de Proyector —conformado por Tania Tovar y Juan Carlos Espinosa, con la colaboración de Andrés Souto— propone la exploración de potenciales formales derivados de elementos de la arquitectura popular, como son los nichos, los ángeles, las herrerías, las balaustradas, las cornisas y las columnas, a través de “la confluencia de lo artesanal con lo industrial, el cruce entre lo culto y lo popular, y la apropiación y reproducción de elementos que forman parte de la identidad mexicana» (y, añado, global). Según describen los curadores, “Nada sobra es un catálogo tridimensional de elementos representativos de la arquitectura popular mexicana que incorpora sus apropiaciones, variaciones de uso, procesos de diseño y producción en función de su utilidad. La exhibición muestra acabados, detalles y técnicas, por medio de la repetición de imágenes y variaciones estéticas extraídas del imaginario colectivo. Este heterogéneo cuerpo de elementos, al que rara vez se le da un valor cultural y estético, convierten al entorno construido en un coherente sistema de referencias, cuyas ramificaciones visibilizan la genealogía de la imagen arquitectónica del país.”

Entre las veintiséis propuestas esparcidas por la sala destacan por su belleza formal la campana de Héctor Barroso y los polines de Rozana Montiel, mientras que otras acercan extractos de realidad, como los anaqueles de rines que expone Omar Vergara a modo de ready made. Comunal + Onnis Luque proponen varias reducciones esenciales entre columna y trabe; Taller de Arquitectura Pública aborda una investigación genética de la maceta para, finalmente, hibridizar varias opciones, y los equipos de Ana Nuño + Luis Young e Inés y Nuria Benitez exploran el potencial de las columnas. Si la columna de la cabaña original partía de un tronco y el capitel (al menos el corintio) tenía un origen vegetal, Nuño & Young proponen irónicamente regresar a su origen orgánico con la inclusión de unas piñas injertadas (y en proceso de putrefacción), mientras que las Benitez exhiben seis elocuentes columnas: una hecha de alambres, otra de fruteros, unos taburetes de plástico o un arbusto recortado en forma de jardinero, que recuerdan, también con cierto humor, a aquellas seis columnas de Hans Hollein en la primera Muestra de Arquitectura de la Bienal de Venecia, donde una también era vegetal, otras reproducían los ordenes clásicos y una rescataba el proyecto de Adolf Loos para el concurso del Chicago Tribune. Pero sin duda la pieza más atractiva y provocadora de la exposición es la que propone Alberto Odériz: un círculo que representa —a escala— el tapial que actualmente rodea el Monumento del Ángel de la Independencia, dentro del cual se mapean todas las pintadas realizadas en la Marcha de Mujeres contra la violencia de género. Aquí, la columna ausente como elemento arquitectónico, sirve para una reflexión profunda, cargada de contenido que ya es, desde ahora, un memorial.

La instalación Dicotomías de poder ubicada en la Sala de Fundición diseñada por Derek Dellekamp y Jachen Schleich invita —según la descripción de sus autores — «a la capacidad interpretativa del visitante a sumergirse en tres dimensiones de la representación de poder:» una real,  que es la de la misma sala de fundición, donde «se resume la larga tradición colonial de la producción de monedas, como la forma más usada para representar el poder de una nación.» La segunda, simbólica, que son las pirámides construidas con estructura de madera y que «recuerdan los tiempos prehispánicos» y su condición de «símbolo de poder universal en diferentes culturas del mundo.» Y la tercera, artesanal, del periódico pegado con engrudo que recubre las pirámides y que «plasma el último testigo análogo del poder en los tiempos modernos de la información.” El desenlace —más allá de este forzado discurso de moneda, pirámide, papel— entre contenedor impregnado de hollín y las pirámides doradas es de una belleza sumamente efectista, como resultado de la proporción de las figuras y la relación entre ellas. A su vez, algunas de las caras posteriores de las pirámides no fueron recubiertas con madera y, por tanto, tampoco con periódico, mostrando la estructura de polines que las sostiene, delatando (a la manera de tantas instalaciones de Olafur Eliasson) que no es más que una simulación y, quizá, ofreciendo su lado más poético.

Con estas dos muestras el Abierto Mexicano de Diseño de 2019, expone arquitectura local (hasta ahora algo marginal en anteriores ediciones) de un excelente nivel, reflejando la riqueza y diversidad de las generaciones emergentes.

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