7 junio, 2019

Diseñando el orgullo

por Christian Mendoza

A 50 años de las protestas de Stonewall, conviene pensar de nuevo en la calle. La heroica comunidad LGBTQI que protestó en Nueva York en 1969, además de enunciar la represión policiaca de la que fueron parte, hicieron que una ciudad se comportara, de hecho, como una ciudad; como lo que, según Henri Lefebvre, es el espacio político por antonomasia. “Que hagan lo que quieran, ¿pero por qué los tengo que estar viendo?”, es la queja milenaria de quien tiene que enfrentarse a ciertas muestras afectivas que se hacen públicas, y mientras algunos podrían decir “no le hagas tanto caso a tu tío homofóbico”, acaso ese es un reclamo que habría que tomar más en serio. En la ciudad se generan políticas de lo visible que, en un país como México, están mediadas por la familia y la religión. Pero si Stonewall fue una ruptura del espacio normativo —un desfile de drag queens atormentando las buenas consciencias de los peatones heterosexuales—, ¿podemos decir que, hoy en día, sigue habiendo un espíritu de protesta cuando se toma la calle con la bandera del arcoíris?

La arquitectura y los espacios urbanos contemporáneos toman en cuenta cada vez más qué tanto funcionan sus programas para Instagram. Oliver Wainwright, crítico de arquitectura, escribió en 2018 para The Guardian un reportaje titulado Snapping point: how the world’s leading architects fell under the Instagram spell, donde señala cómo los espacios recientes de capitales que son referencia para la cultura y el turismo —Shanghai o San Francisco— se proyectan tomando en cuenta el formato cuadrado de la aplicación. Wainwright cita obras de Assemble, Anish Kapoor o de Diller Scofidio + Renfro, ejemplos que probablemente encontraron su exceso en The Vessel, intervención urbana de Thomas Heatherwick, cuya única finalidad es  proveer una escenografía para los usuarios que quieran documentar su experiencia en Instagram. El color, el efecto decorativo y, por supuesto, el posible emplazamiento del objeto en un paisaje urbano son los vectores para lograr una fotografía exitosa.

Y la bandera que ha representado al colectivo LGBTQI ha podido adaptarse a las mismas lógicas de nuestra década, donde el diseño que se consume también debe poder ser transmitido a través de nuestras prótesis digitales. No por nada, la bandera fue pensada por un diseñador como Gilbert Baker, quien además de legar un objeto icónico y atemporal, trabajó también en el diseño de campañas políticas de alta envergadura. Adquirida en junio de 2015 por el MoMA para su colección de diseño, la bandera del arcoíris ha podido adaptarse con éxito para marcas como Levi’s y Converse, quienes cada año generan colecciones sostenidas en los colores de la bandera, sin mencionar otras tantas que retoman los trabajos de otros iconos de la historia gay, como la colección de American Eagle basada en la obra de Keith Haring. La bandera de Baker, también, ha sido reinterpretada para la intervención urbana. Utilizando una estrategia que ya había aparecido en Castro, el barrio gay de San Francisco, el pasado 31 de mayo, el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México pintó uno de los cruces peatonales de la Avenida Juárez en el Centro Histórico, con los colores de la obra de Baker. Por supuesto, ahora es un paso peatonal mucho más fotogénico que ha sido activado por la ciudadanía LGBTQI, sin que el COPRED haya solicitado expresamente las entradas en Instagram, mismas que probablemente legitimen su acción política a la hora de reportar sus resultados. La bandera LGBTQI, probablemente, es un símbolo porque antes fue un diseño exitoso. 

Pero conviene volver a pensar en la calle. Días antes a la pinta simbólica de la Alameda, el Consejo Mexicano de la Familia colocó en un puente vehicular situado entre Avenida Revolución y Eje 5 una manta que decretaba al 27 de mayo como Día Internacional contra la Heterofobia. Con campos de color menos afortunados que los propuestos por Baker, ConFamilia logró con su pancarta un debate público que operó al margen del revestimiento que las marcas hacen a sus logotipos durante el llamado mes del orgullo. Una sola pancarta generó la presencia de un grupo organizado. ¿Cómo la comunidad LGBTQI puede trascender el diseño para volver a ser partícipes de la calle? ¿Se tendría que negar la ayuda que el diseño ha tenido para visibilizar al colectivo, aún cuando esta presencia sea cada vez más virtual?

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