31 julio, 2015

Dibújame un cordero

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

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En un texto titulado El hombre y su interior, Michel Leiris escribe:

Si la vista de vísceras animales o humanas es casi siempre desagradable, no resulta necesariamente igual en cuanto a su representación figurada, y nos equivocaríamos al ver las láminas anatómicas que adornan los viejos tratados de medicina, desde un punto de vista estrictamente médico, sin preocuparnos por la extraordinaria belleza de que están cargados muchos de ellos, belleza ligada no sólo a la pureza más o menos grande de las formas, sin más bien al hecho de que el cuerpo humano se revela en su misterio más íntimo, con sus lugares secretos y las reacciones subterráneas de las que es teatro, en breve, acompañado de todo lo que le confiere un valor mágico de universo en miniatura.

Una sección anatómica, como aquellas que dibujaban Vesalio o Leonardo, son —o tal vez haya que decir: eran— mucho más sorprendentes de lo que puede ser la sección de un edificio. Sin embargo, una sección arquitectónica comparte esa belleza que implica revelar lo que no se descubre a primer vistazo: las relaciones entre distintos espacios y la conformación física de la construcción revelan su intimidad en una sección, como el cuerpo en un dibujo anatómico. No se trata aquí específicamente de la relación —amplia, compleja y también muy estudiada— entre el cuerpo y la arquitectura, sino sobre la manera de imaginarlos: de producir imágenes del cuerpo y de los edificios: la disección anatómica y la disección estereotómica. La forma de ver el cuerpo y el edificio se acompañan. En su ensayo Arquitectura de rayos-X, la enfermedad como metáfora, Beatriz Colomina escribe:

El nacimiento de la tecnología de los rayos-X y el de la arquitectura moderna coinciden. Evolucionan en paralelo. Si bien los experimentos con vidrio fueron numerosos a principios del siglo XX, seguían siendo proyectos aislados y esotéricos de arquitectos vanguardistas. Sólo a la mitad del siglo la casa transparente se convirtió en un fenómeno masivo, al mismo tiempo que la movilización contra la tuberculosis involucró programas para la toma masiva de radiografías a la población entera. Máquinas portátiles de rayos-X aparecieron en lugares como tiendas departamentales, fábricas, escuelas y calles de suburbios, apoyadas por artículos en los periódicos y comentarios en el radio y el cine. Las paredes de vidrio, como los rayos-X, son instrumentos de control. Del mismo modo que los rayos-x exponen el interior del cuerpo a la mirada pública, la casa moderna expone su interior. Lo que antes era privado se somete ahora al escrutinio público.

Además de las pregonadas virtudes del aire fresco y la luz y otras influencias del pensamiento higienista de finales del siglo XIX y principios del XX en la arquitectura moderna, Colomina subraya la manera de imaginar, esto es, de producir imágenes. Juntos un dibujo de Vesalio y uno de Vignola, una placa de rayos-X y un collage de Mies, explican algo sobre nuestras maneras de ver y de imaginar, de conocer y producir las cosas que nos rodean —pues el dibujo anatómico eso hace: transforma en una cosa ese cuerpo que soy.

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Glenn Wilcox empieza su ensayo The Médium and the Thing Itself comentando dos famosos dibujos con los que Antoine de Saint Exupery ilustró El principito. El primero, es el de la boa que se ha tragado a un elefante entero y espera, paciente, digerirlo. Lo hizo el narrador —Saint Exupuery o su alter ego— a los seis años y se lo enseño a los mayores —grandes personnes, dice en francés— y les preguntó si el dibujo les daba miedo. ¿Por qué habría de dar miedo un sombrero, respondieron? Para explicar las razones del miedo, hizo un segundo dibujo: una sección —sólo de la boa, no del elefante. Los mayores siempre necesitan explicaciones, dice. Wilcox habla de cómo, en arquitectura, muchas veces un dibujo implica necesariamente otros —casi como en un diccionario una palabra se refiere a otra y ésta a otra más y así en una cadena casi interminable. Wilcox escribe:

La necesidad de recurrir a otro tipo de abstracción, en este caso la sección, es simplemente el reconocimiento de la falla que ocurre en el momento en el que el lápiz toca el papel. Pero tal vez el segundo dibujo también puede leerse como una segunda piel, de algún tipo, que se levanta, literal y metafóricamente, como un velo para revelar lo que está debajo: tanto al elefante como al dibujo anterior. La apariencia, en este caso, es una serie de pieles, de superficies o lecturas, revelando y oscureciendo al mismo tiempo una a la que le sigue.

Hay otra serie de dibujos en ese libro que resulta interesante. Cuando el Principito le pide que le dibuje un cordero. Primero, tratando de quitárselo de encima, repetirá su primer dibujo, el elefante devorado por la boa, que el niño entenderá sin problemas, reclamando entonces que lo que necesita es un cordero, ni elefantes ni boas. Tras una serie de intentos fallidos —un cordero escuálido y otro que era una cabra, no un cordero— dibujará una caja con agujeros. El principito, feliz, dirá que eso es lo que esperaba.

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Las dos imágenes, el elefante envuelto por la boa y la caja con agujeros, pueden hacernos pensar en dos maneras como la arquitectura se relaciona con lo que contiene: envolviendo las funciones definidas con precisión —hasta digerirlas— o dándoles su aire. ¿Le habrá enseñado el joven Saint Exupéry a Le Corbusier, cuando fue copiloto del pequeño avión en el que éste voló de Buenos Aires a Asunción, el 22 de octubre de 1929, el dibujo de la boa y el elefante? ¿Qué habrá visto el arquitecto: el elefante dentro de la boa o, como una persona mayor, un sombrero? ¿El arquitecto le habrá mostrado al piloto los catálogos de fundas y maletines, conformados con precisión siguiendo el contorno de su contenido, que usaba para ilustrar algunos de sus textos? ¿Habrían discutido sobre como una caja simple, con sus ventanas —no redondas, por favor, habrá dicho Le Corbusier: horizontales— puede acomodar a su contenido dándole mayor libertad que una boa que lo envuelve y digiere?

El avión en el que volaba de Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint Exupéry, que había nacido el 29 de junio de 1900 y que por un momento quiso estudiar arquitectura, desapareció en pleno vuelo el 31 de julio de 1944.

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