25 abril, 2018

Desigualdad

por Reinier de Graaf

 

De algún modo extraño, el siglo XXI es un retroceso del XX en el que lenta pero inexorablemente muchas de las cosas que pensamos que habíamos logrado y avanzado no parecen ya tan absolutas. Tras leer los análisis económicos de Thomas Piketty me di cuenta de que había una explicación para algunas de las extrañas modas y cambios que habíamos visto en arquitectura y cuyas razones no se encuentran en la disciplina, sino en el juego de un sistema económico profundo. Piketty habla de un momento que resultó ser una anomalía en el comportamiento económico moderno: el estado del bienestar. Y en ese momento también hubo una anomalía en la arquitectura. Pensamos en ese momento como el final de la historia: viviríamos felices para siempre, emancipados, como humanos ilustrados. Pero tras la anomalía, todo volvió a ser un desastre de nuevo. Es una visión oscura pero difícil de negar y escapar de ella. Antes, la arquitectura servía para que la movilidad social se hiciera en concreto. Abrió el camino para la emancipación de grandes grupos de personas, lo que fue posible, por primera vez, gracias a la economía; y la arquitectura le dio forma a todo eso. Hoy los edificios sólo son una forma de especulación financiera.

Siempre es importante reconocer que los arquitectos no son los que controlan el poder. Sus acciones son síntomas de algo más amplio. En los ochenta hubo un profundo cambio en la política en el mundo occidental —tal vez en todo el mundo— exacerbado por el colapso del comunismo. En el nuevo sistema los edificios se ven como una mercancía distinta: si antes había grandes programas del Estado en los que desempeñaban un papel en el desarrollo social, hoy sólo sirven como inversión inmobiliaria y para multiplicar su valor monetario. Hoy cualquier edificio se construye para venderse más caro de lo que costó, para acumular valor y ser parte de un ciclo de intercambio económico. Lo extraño es que el mismo ethos de la arquitectura moderna: economía de medios, simplicidad, racionalidad para proveer más vivienda más barato y rápido para que una mayor cantidad de personas se beneficien de los avances técnicos, hoy es un medio para aumentar la ganancia del inversionista. La misma ética profesional que era algo benéfico en un sistema se ha vuelto una fuerza negativa, ingenua o cómplice en el otro, porque construir barato no implica que se venda barato. Nuestro bello edificio ortogonal de concreto aparente y su tecnología ya no ayudan a la mayoría, sino sólo a unos cuantos, convirtiéndose en un mero estilo.

En Londres, por ejemplo, no hay una crisis de vivienda per se —como en Alemania del Este después de la Segunda Guerra—; lo que hay es una crisis de capacidad de compra o asequibilidad. Es muy importante distinguir entre esos dos casos. Una crisis de asequibilidad significa que hay muchas viviendas que son simplemente demasiado caras, no que hagan falta viviendas o espacio. Si la arquitectura no se relaciona de nuevo con políticas progresivas, sólo se producen más metros cuadrados construidos que serán vendidos a cualquier precio. Por eso tendría mucho sentido que los arquitectos estuvieran más al tanto del contexto en el que producen su obra y de qué tanto son utilizados por muchos factores del sistema, en vez de sólo hablar con nostalgia de la arquitectura del siglo XX, que fue un producto de un sistema distinto que ya no existe. En la actualidad, acaso construir un edificio en oro sólido resulte un mejor acto social que construirlo en concreto, pues el primero sería realmente caro y no permitiría que las ganancias desaparecieran en los bolsillos de los desarrolladores, sino que sería parte de un objeto que todos podrían ver. Hoy construimos muchos edificios malos y costosos que tienen un retorno de inversión que nadie sabe dónde termina. Edificios como el Rockefeller Center (sin verlo de manera romántica), se dieron en un momento en que el capitalismo tenía suficiente presión sobre las tendencias naturales del sistema para crear algo más justo, manteniendo a raya sus excesos que, de acuerdo con Piketty, tiene una tendencia a la asimetría, a la desigualdad. En Dubái, en contraste, no hay crisis de vivienda ni de capacidad de compra. Hay un boom inmobiliario y mucha gente compra ahí, pero no para vivir, sino como inversión. Es concreto vacío, edificios que ni siquiera están ahí para usarse. Es distinto al siglo XX porque cualquier oposición o alternativa ha desaparecido.

Extracto de una entrevista realizada por Alejandro Hernández Gálvez en el marco de MEXTRÓPOLI 2017


 

Este texto fue publicado en la Revista Arquine No.80, un número que propone veinte palabras clave y veinte autores de referencia para reflexionar sobre este periodo.

 

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