10 septiembre, 2013

Denise Scott Brown toma la palabra

por Anaxtu Zabalbeascoa | @anatxuz

 

[Publicado originalmente en El País. Republicado aquí con permiso de la autora]

En 1973, Denise Scott Brown escribió: “La profesión de arquitecto tiene muchas similitudes con el club para caballeros”. Cuarenta años después, ¿han cambiado mucho las cosas?

“La mayor parte de las mujeres profesionales pueden contar historias de horror sobre la discriminación que han padecido durante sus carreras. La mía incluye trivialidades sociales y grandes traumas”.

A media carrera Denise Scott Brown (Nkana, Zambia, 1931) se casó con su colega Robert Venturi, “unimos nuestras vidas profesionales justo cuando la fama (aunque no la fortuna) le golpeaba: vi cómo  fue manufacturado como gurú arquitectónico hasta cierto punto a partir de nuestro trabajo conjunto y del de nuestro despacho” cuenta en la antología de artículos Armada de palabras que este año ha traducido Arquine.

Cuando Denise Scott Brown y Robert Venturi se casaron en 1967 ella era profesora titular en la Escuela de Arquitectura de UCLA. Tenía un historial de publicaciones y alumnos entusiasmados. A pesar de eso, y a pesar de que fue ella la que invitó a su socio y marido a viajar a Las Vegas (de donde saldría el mítico libro Aprendiendo de Las Vegas) tuvo que escuchar cosas como “en la oficina pensábamos que era Bob el que escribía usando tu nombre”. Tuvo que leer también una cita alabando en Venturi “el descubrimiento del entorno americano cotidiano” escrita en 1979 por el mismo crítico que, en 1971, había juzgado deficiente que Venturi compartiera el interés de su mujer por el paisaje cotidiano.

Ha sido mucho lo vivido por Scott Brown. De trivialidades sociales tras una cena -“Querida, dejaremos a los arquitectos reunirse entre ellos”- a “A mí me complacería si mi trabajo fuera atribuido a mi esposo”. Tanto que ella misma concluye que los arquitectos no pueden permitirse críticos hostiles y que “de cualquier manera me empieza a desagradar mi propio personaje hostil”.

Por eso en otro artículo, Sexismo y star system en arquitectura, escrito en 1989, más que denunciar su situación combatiendo lo hace explicando las dudas que ese trato despierta en ella, sobre si su esposo es mejor dibujante (cosa que asegura es cierta) o sobre si es una pensadora floja (cosa que querría pensar que no es cierta). En ese mismo escrito admite errores. Cuenta que en la charla que dio en 1973, sobre sexismo y star system, en la Alliance of Women in Architecture solo dejó entrar mujeres “por las mismas razones emocionales que hacen que los movimientos nacionalistas al principio sean separatistas”.

Finalmente, saca conclusiones: “Aunque la arquitectura es tanto una ciencia como un arte, los arquitectos triunfan o fracasan en su propia estima y en las de sus coetáneos por ser ‘buenos diseñadores’. “El gurú, como figura paterna arquitectónica, está sujeto a amor y odio intensos; pero no hay gurús papi y mami. El crítico hacedor de leyes es, por supuesto un varón. Parecería un loco si apoyara a una mujer y, si lo hiciera, su mujer se opondría”.

El fin de los gurús es el principio de la responsabilidad, también de la humanización de la arquitectura:  “Con los años me he dado cuenta de que quienes causan mis experiencias dolorosas son ignorantes y vulgares. Son los críticos que no han leído lo suficiente y clientes que no saben por qué acuden a nosotros. Al contrario, académicos cuyo trabajo respetamos y clientes cuyos proyectos nos intrigan no tienen ningún problema entendiendo mi papel. Ellos son los sofisticados. A través de ellos he ganado valor, he logrado hacer mi trabajo y he llegado a alcanzar el respeto por mí misma”.

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