6 septiembre, 2014

Democracia y secreto

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Hace algunos meses, en el blog de proyecto público, cité un libro del filósofo italiano Norberto Bobbio, publicado por el Fondo de Cultura Económica —que celebra sus 80 años y que, además, ha sido tema de debate entre intelectuales y periodistas tras que el director de esa respetada y respetable editorial la transformara momentáneamente en oficina de prensa de Peña Nieto en una conversación a modocomo la denominó Jesús Silva Herzog Marquez.

El libro lleva el título que hoy tomo prestado para esta columna: democracia y secreto. En el primero de los ensayos que incluye, El poder invisible, Bobbio explica que “la democracia es idealmente el gobierno de un poder visible, es decir, el gobierno cuyos actos se realizan ante el público y bajo la supervisión de la opinión pública”. Bobbio advierte que contra ese principio se ejerce un poder invisible, que desde afuera, pero también desde dentro del gobierno, toma decisiones que benefician a particulares de manera ilícita manteniendo la opacidad en el ejercicio del poder —lo que para Bobbio es una negación de la democracia. En otro de los ensayos Bobbio explica que un gobierno público es aquél en el que “los actos de poder son ejercidos directamente frente al pueblo o que son comunicados de diferentes maneras a sus destinatarios naturales”. Apelando a Kant califica como injustas a aquellas acciones que para lograrse deben mantenerse en secreto y cita a Francesco Guicciardini, historiador y político del siglo XV: “es increíble cuánto le beneficia a aquel que administra el que las cosas permanezcan en secreto.”

Esto viene a cuento por dos concursos recientes organizados, supongo, por dependencias del Gobierno Federal con el mayor sigilo posible y en un caso al menos, el del nuevo aeropuertocuyos ganadores ya conocemosparece que obligando a los participantes a firmar acuerdos de confidencialidad. El otro concurso fue el del Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad, que se encuentra en el Bosque de Chapultepec. Ambos concursos fueron por invitación y parece —y digo de nuevo parece pues ninguna de esas acciones de gobierno fueron públicas, transparentes, abiertas— que en el segundo, el del MUTEC, participaron once despachos nacionales. Supongo que en ambos casos se plantearon bases y condiciones claras —más allá del secreto. Aunque me dicen —pues sí, es una de las maneras como uno se entera de los actos secretos de gobierno— que los participantes nunca estuvieron totalmente seguros del desarrollo de los pasos de esos concursos. Varios de quienes participaron en el concurso del aeropuerto pensaron ser los ganadores, o así se los hicieron creer. A los del concurso del MUTEC —algunos despachos participaron en ambos— les dieron distintas fechas en las que se haría el anuncio oficial. La última, el mismo día del aeropuerto, pero no fue así. Del aeropuerto, parece que el lunes primero les avisaron a cada uno, antes del anuncio oficial a la nación. Del MUTEC yo me enteré del ganador por un reclamo de Rocío Miranda Pérez en Facebook —“¿lees a tus seguidores en algún momento?” — a un tuit —entonces tuve que ir a su muro para leer: “Felicidades a TEN arquitectos que ganaron el museo de tecnología especial a mi esposo Ernesto Vazquez de Miranda”—, lo que supongo no es la manera oficial.

¿Por qué el gobierno de Peña se empeña en estos ejercicios que, al menos según Bobbio, no son democráticos? Hacer concursos es bueno. Lo ha reclamado el gremio. Hacerlo por invitación es menos bueno si se invita siempre a los mismos“vivo en un país donde siempre ganan los mismos”, escribió hace unos días Carlos Puig— aunque mejor un concurso así que la asignación directa. Pero, insisto, ¿por qué el secreto? ¿A quién sirve? ¿No termina generando mayores dudas sobre la legitimidad de los mismos? A todo esto, ¿qué función tiene el Colegio de Arquitectos? Difícil será tomar posición si, como parece, su presidente, José Luís Cortés, fue jurado en ambos concursos tan secretos. Tanto sigilo al organizar y tanta torpeza al comunicar, son el resultado de un viejo sistema que quiere vestir nuevas ropas pero que en realidad tal vez anda desnudo. El claro desprecio por lo público de un gobierno que puede usar una tarde cualquiera al Zócalo como estacionamiento.

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