4 agosto, 2016

¿Demasiado lejos? La Olimpliada y el urbanismo

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

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No es nuevo decir que toda gran celebración deportiva ha sido usada para ordenar la ciudad y cambiar su imagen. México se mostró moderno en 1968, con grandes edificios e infraestructuras; Barcelona se transformó de una ciudad industrial a una ciudad-marca después de 1992. Ahora, Brasil en general y Rio de Janeiro en particular, se enfrentaron a los retos de la organización de dos grandes eventos: los próximos Juegos Olímpicos, que iniciará en apenas unas semanas, y el reciente Mundial de la FIFA en 2014.

No entraremos aquí en los vaivenes políticos sufridos por el país sudamericano en los últimos meses –que incluyen la suspensión de las funciones de Dilma Roussef como Jefa de Estado. Una tensión que ha tenido incidencia en las formas de protesta y ocupación urbana en los últimos años en el país. Se puede debatir también la forma y modelo de producción urbana y de gestión de lo público en relación a estos eventos multitudinarios. Si hace un par de años el Mundial ya causó polémicas ante los gastos desorbitados en estadios que apenas tendrían uso claro una vez pasada la competición, ahora las críticas prosiguen sobre qué tipo de intereses particulares han sido priorizados ante la llegada de los Juegos Olímpicos: empresas extranjeras que consiguen excepciones a la ley y otras arbitrariedades. Otros han cuestionado cómo ante la excusa de la nueva fiesta del deporte, en la que el país va a ver proyectada su imagen a todo el mundo, se están potenciando, aún más, las diferencias sociales entre la población. El aumento de tales diferencias se intensifica con la ejecución de proyectos urbanos y arquitectónicos que buscan reorganizar los flujos de la ciudad. Así, algunos de los residentes de favelas situadas en terrenos ocupados han recibido numerosas ofertas de nuevas viviendas sociales por parte del gobierno.

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Habría que destacar la voluntad de un proyecto de ese tipo. Pero al tratarse de zonas privilegiadas a los ojos de los inversores privados, no cuesta mucho darse cuenta que estos nuevos desarrollos buscan reaticular el espacio urbano, negando muchas infraestructuras básicas como el transporte o los servicios sociales a esos ciudadanos. Situadas en la periferia y mal conectadas, las nuevas viviendas suponen un problema enorme para personas que, de mudarse a allá, necesitarían invertir mucho tiempo y dinero para desplazarse. Son así proyectos que exponen las ideas que argumenta Saskia Sassen en su libro Expulsiones, brutalidad y complejidad en la economía global:

“En nuestra economía global enfrentamos un problema formidable: el surgimiento de nuevas lógicas de expulsión. Las últimas dos décadas han presenciado un fuerte crecimiento del número de personas, empresas y lugares expulsados de los órdenes sociales y económicos centrales de nuestro tiempo. (…) El concepto de expulsiones nos lleva más allá de la idea más familiar de desigualdad creciente como forma de aludir a las patologías del capitalismo global de hoy. Estas expulsiones que no son espontáneas, sino producidas con instrumentos que incluyen desde políticas elementales hasta instituciones, técnicas y complejos sistemas que requieren mucho conocimiento especializado y formatos institucionales intrincados.”

Es decir, se trata de expulsiones siempre intencionadas en las que la planificación urbana no sirve tanto al bien común como al de unos pocos. Al redistribuir a la población bajo estas condiciones, sus posibilidades de ascenso social son escasas, pues se trata de zonas donde la cultura –digamos aquella que es potenciada y financiada por el Estado– no llega al carecer de una básica infraestructura. Así, sus habitantes están condenados prácticamente a la imposibilidad de un crecimiento personal. Un ejercicio contrario es sencillo de imaginar y sirve de carácter ilustrativo: Medellín era la ciudad más conflictiva de America Latina hasta que decidió construir bibliotecas y redes de transporte para integrar aquellos entornos sociales que entonces estaban excluidos. La arquitectura aquí solo es la cara de una visión global de un proyecto urbano y social.

¿A qué se debe está distancia entre las oportunidades que los políticos y empresarios aseguran de un proyecto urbano y su herramienta como forma de exclusión? Si la arquitectura es siempre la formalización de determinados ideales políticos sobre el territorio, afectando a la forma en la que se usa y se habita, hay que pensar en que nada de esto es al azar sino que obedece a fuerzas e intereses económicos y que responde por tanto a la visión de la reducida minoría que ostenta el poder. Así se entienden las protestas de los vecinos ante el derrumbe de sus viviendas o la agresividad de un cuerpo policial cada vez más militarizado.

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Río es una de las 10 ciudades del mundo con mayor tráfico aéreo en helicóptero (la primera es la vecina Sao Paulo). Este tipo de transporte es usado por aquellos pocos que pueden pagarlo, que no necesitan usar las calles —sea por desinterés o para mayor seguridad. Personas pertenecientes a esas élites económicas que son las que también están viendo los mayores beneficios que supone la planificación urbana resultado de los Juegos. Personas que sobrevuelan en la distancia los problemas de la ciudad que no necesitan ni usar sus calles ni sus plazas.

Quizás sea arriesgado —y algo cínico— hablar por otros y decir que el mayor problema resida ahí: en quien decide la ciudad y para quién se proyecta. Nunca se podrá contentar a todos, pero se empieza a hacer evidente que el futuro de la ciudad debiera enfocarse más en el esfuerzo por conseguir un ejercicio integral, complejo, capaz de vincular y no separar.

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