5 diciembre, 2016

De los arquitectos mutilados: frontal reto al gremio

por Juan Palomar Verea

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Incompletos, faltos, mochos (de cercenados), limitados, menguados: así es la manera como una cierta “modernidad” ha querido domesticar a los arquitectos. Y no tiene por qué ser así, no debe de ser así. Porque, de este modo, quien se dedica a la arquitectura sirve para hacer menos cosas en favor de su comunidad y limita su acción benéfica y profesional. Porque el arquitecto que así se asume tiene menos alternativas para ganarse la vida, para realizar su vocación plenamente.

La especialización es un señuelo: por lo menos en el campo de la arquitectura, y se sospecha que en muchos otros. Un señuelo muy conveniente al potente mito de la división social (obligatoria) del trabajo. Y a la manipulación, por parte del establishment, de los alcances de las gentes inquietas y propositivas. Un conveniente supuesto para que el cada vez más extenso establishment educativo multiplique sus opciones: “licenciado”, “maestro” y “doctor” en arquitectura, “urbanista”, “arquitecto paisajista”, “arquitecto de interiores”, “arquitecto constructor y administrador de obras”, y etcétera. Se es o no se es arquitecto. Punto.

El arquitecto, según lo enseñan la historia y el testimonio de diversos practicantes antiguos y contemporáneos, es íntegro: está educado, y enseñado por sí mismo, para enfrentar y resolver todos los problemas del espacio en su relación con el hombre. Su formación no termina más que con la muerte. Así, estos arquitectos han sido y son capaces de organizar un territorio y una región, de concebir una ciudad, de proyectar un barrio, de arreglar un vecindario, de levantar edificios, conjuntos de casas y casas solas; de disponer jardines públicos y domésticos, de remendar un cuarto, de plantear los amueblados y complementos, de hacer un mueble, de diseñar un textil o una vasija o una publicación editorial. Qué pretensión, qué desmesura, se oirá farfullar a algunos: por supuesto que no es así. Así es el oficio, cuando se le toma frontalmente, apasionadamente.

Por supuesto que habrá disciplinas y profesionales concurrentes para el trabajo que, por esencia, guía el arquitecto: geógrafos, economistas, ingenieros, sociólogos, y lo que se ocupe.

Es así, por lo menos, desde Vitrubio. Y luego con Alberti y Miguel Ángel, con Palladio, con los iluministas franceses, con Viollet-Le-Duc, con John Ruskin…hasta llegar al siglo XX. Todos los verdaderos grandes maestros supieron moverse con soltura y naturalidad en el espectro completo de las diversas escalas: Frank Lloyd Wright, Walter Gropius, Le Corbusier, Louis Kahn, Gordon Bunshaft, Óscar Niemeyer, Hassan Fathy, Aldo Rossi, Richard Rogers, Norman Foster, León Krier y un largo etcétera, para hablar en el plano internacional. Y para hablar de México: Carlos Contreras, Juan Palomar y Arias, Juan O’Gorman, Juan Legarreta, Mario Pani, Luis Barragán, Pedro Castellanos, Ignacio Díaz Morales, Teodoro González de León, Andrés Casillas…por sólo mencionar a algunos. Todos ellos se animaron con decisión y tino a transitar desde lo específico y particular de una pieza edilicia hasta la composición de ciudades y aún de regiones enteras.

Baste mencionar el ejemplo de Andrés Casillas, quien recientemente realizó con gran originalidad y brillantez lo que llama su “ciudad de plazas”. O el de Pedro Castellanos y Juan Palomar y Arias que prefiguraron en los años treinta su denominado “Plano Loco”(en alusión al loci, y en son de humorístico escepticismo) que fue la base de la posterior planeación de Guadalajara.

Las inmensas necesidades espaciales de nuestra sociedad no se solucionan con arquitectos domesticados y encasillados en rígidas parcelas “académicas”. Esos requerimientos comienzan a encontrar salidas cuando numerosos arquitectos de a de veras pueden ejercer todas sus potencialidades creativas y prácticas. Y, para ganarse dignamente la vida, los arquitectos deben serlo de vocación, de raza, de agallas y arrojo. Y hacerlo con humildad y sencillez.

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