15 abril, 2016

De freaks, lógicas transversales y otras singularidades: del gusto a los sabores

por Arquine | @arquine

por Francisco Trejo + Aura Cruz

Introducción: el punto de partida

Comíamos apresuradamente y conversábamos igual o más atropelladamente. Ambos estábamos ansiosos por el experimento de un artículo que tardaría más en gestarse de lo pensado, quizá por el inédito modo para llevarlo a cabo. No sabíamos por dónde abordar el tema y, de acuerdo a su intención dialógica, lo hicimos por donde resultó más natural.

De la metáfora del practicante y el experto a la navegación de la ciudad

Ambos estábamos colaborando en un proyecto de investigación acerca de los sitios donde se come en la ciudad. Encerrados por horas, nos encontrábamos en resonancia en la misma incomodidad que nos causaban los establecimientos aplaudidos por todos, los sitios donde comer es un privilegio, lugares por los que no cualquiera puede pagar. Curiosamente, en gran medida ambos compartimos marcos teóricos, idearios y creemos que la metáfora del cocinero, el practicante, nos gusta más que aquella del chef, dueño del crédito institucional, el experto. Lo mismo pasa en la configuración de ciudades. En el centro, donde los saberes son disciplinas acreditadas, se discuten una y otra vez los mismos temas, las mismas preocupaciones de urbanidad, y se asume que se conoce la ciudad porque se sabe de esos temas tan en boga. Sin embargo, a pocos kilómetros de esas centralidades, la(s) ciudad(es) se negocian constantemente y las lógicas de resolución son contingentes y diversas, más de lo que podemos imaginar.

Las lógicas son estéticas porque son producto de la experiencia singular y de la marca que deja en el cuerpo el día a día y no los modelos aprendidos para ser reproducidos. Dichos sitios se rigen por acuerdos comunitarios que se alejan mucho de la individualidad moderna, se negocia con los poderes fácticos para obtener prebendas, cosa que nosotros, individuos modernos, juzgamos de corrupción, pero que en esos casos son mecanismos gregarios de supervivencia, ¡al menos se organizan!. Tampoco es que se trate de hacer una apología de los mismos, pero sí estamos tratando de desmantelar el sistema de juicio para poder internarnos en otras lógicas y, a su vez, poder extrañarnos de las nuestras para poder verlas con suficiente distancia, precisamente aquí es donde comenzamos.

Desmantelar al “arquitecto”

¿Qué queremos decir con esto de los individuos modernos? Aquí inicia nuestra conversación verdaderamente: en las singularidades y en las subjetividades. Para poder mirar otras lógicas, mundos que no nos sabíamos de memoria por el adoctrinamiento (escolar, doméstico, urbano), teníamos que desmontar todo lo aprendido, extrañarnos de ello, verlo como la invención histórica que es, y no como un categórico trascendental.

El espacio moderno, la ciudad moderna son inseparables de una subjetividad de misma factura que, al parecer, en nosotros resulta muy individualizada en su propiedad y demasiado estandarizada en su comportamiento. Somos dueños de muchas cosas pero no de nuestras conciencias. En este sentido, la formulación del espacio es mucho rutina, mucha reproducción de conceptos presupuestos y poca vivencia. Las cosas son propiedades privadas, no así las posibilidades de experimentar y, en consecuencia, las concepciones de mundo. Los sujetos estándar viven (o vivimos) a través de conceptos ya digeridos y anulamos la posibilidad de nuestra experiencia singular, adormecemos nuestros sentidos y solo los disponemos a sentir lo preescrito.

Reglamentar la sensibilidad: de la comida como hecho y metáfora

Desde el siglo XVII la rancia nobleza había comenzado a construir un programa para regular el gusto, cuya norma sería detentada por ellos. De esta manera se combatiría en el plano de las mentalidades a una burguesía que amenazaba con desplazarlos del poder. Eventualmente, el gusto como norma sería impuesto como medida de un saber sensible y, eventualmente, sería tomado por una burguesía que buscaría “ennoblecerse”. El mundo que le precedía, si bien no solía hablar de gusto en sus tratados culinarios, de acuerdo con Jean-Louis Flandrin (Historia de la vida cotidiana) sí estimaba el mundo de los sabores en un abanico de variaciones mucho mayor y, sobre todo, aún sin autoridad. Por supuesto que en otros órdenes de la vida existía una autoridad tiránica, pero no en el gusto. Éste sería proyecto de la monarquía absoluta, retomada por la nueva clase dominante de finales del siglo XVIII: la burguesía.

Esta reglamentación del gusto, que sería empleada como instrumento para distinguir a los mejores de los ordinarios, se extendería como metáfora más allá del ámbito culinario. La arquitectura no quedaría fuera de su dominio, tampoco la ciudad. El camino que recorrería el gusto sería largo hasta llegar a nuestros días, solo basta escuchar conversaciones cotidianas entre arquitectos insuflados de una especie de sentido de superioridad y de desprecio hacia los no iniciados. ¿Pero cómo transformar esto en singularidades atentas? Conocer la ciudad es degustarla. Sin duda no es lo mismo hacerlo en la estabilidad del sitio establecido que en la impermanencia de la comida de calle. En esta última, las operaciones de solución desafían las predicciones formales que aprendemos en las escuelas de arquitectura y diseño, tanto como a las reglamentaciones urbanas. Obligan a sortear la realidad urbana que presenta banquetas rotas, transeúntes agitados y demás contingencias. En este experimentar situado y particular las normas tienden a desvanecerse o, al menos, a volverse relativas y, afortunadamente, si abrimos bien los sentidos, nos obligan a tener una experiencia estética de la ciudad, una verdadera percepción, porque solo lo específico puede ser percibido, las generalidades no son más que instrumentos abstractos que bien entendidos nos permiten extender el pensamiento, pero mal comprendidos lo aniquilan. Así, abrimos esta pequeña brecha que nosotros, Fran y Aura, invitamos a que tú, lector, abras con tu propia hoz, que camines, saborees la ciudad y encuentres en la multiplicidad una experiencia auténtica que, paradójicamente, te permita formular tus propias generalidades, pero, por lo que más quieras: no pretendas convertirlas en categorías. Cuando discutamos ciudades, una posibilidad es primero salir a caminarlas, a mirar y escuchar cómo es que otros las caminan, y entonces, solo entonces, proyectemos.

El saber no es sólo conocimiento autorizado, también incluye a todas las prácticas soterradas y a las autoconstruidas a través de la exposición directa con la vida, la pura experiencia subjetiva, y ¿qué vivencia no incorpora la degustación del mundo? Por ello, para pensar seriamente se necesita, curiosamente, una actitud lúdica que conduzca a la experimentación. De esta manera, el saber, alejado por fin de un cuerpo canónico y categorial impuesto por terceros, podrá reformarse tantas veces como cambie el territorio y, como dirían Deleuze y Guattari, será una auténtica y magnífica máquina de guerra. Degustar el mundo, despertar a la experiencia estética que es, a su vez, desanestesiarse (an-esthesis, sin sensibilidad), nos puede permitir proyectar ciudad(es) que sepan reformularse cuando parezcan estar cayendo en la trampa de sus propias certezas.

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