11 enero, 2014

De Concursos y Bienales

por Félix Sánchez | @F_pesci

Empiezo por desearles a los que me aguantan leyendo mis ocurrencias todo lo mejor y nada de lo peor en este 2014 que ya inició y como tal yo empiezo mis colaboraciones en el blog de Arquine.

Quiero tocar algo que está en la mente de muchos: los concursos de arquitectura. En primer lugar coincido en que es un procedimiento altamente democrático y transparente con los riesgos inherentes a escoger por el anonimato alguien que tal vez no tenga la capacidad para desarrollarlo; es decir tiene una brillante idea que cautiva a un jurado pero carece del equipo técnico y la experiencia para desarrollarlo. Augusto H. Alvarez decía que si se podía dibujar, se podía construir. Hoy con los renders-apantalla-ojos no estoy tan seguro. Pero bueno, siempre podemos recurrir al ejemplo del Gran Arco de París y ponerle al ganador Otto von Spreckelsen un equipo, como el de Paul Andreu, que colabore en el desarrollo.

En segundo lugar no creo que el país tenga la infraestructura para que toda la obra pública sea concursada y aún así debemos apoyar la idea del concurso abierto e incidir en el cambio de la Ley de Obra Pública que es el tapón para facilitar este procedimiento;  es decir, si cambiamos la Ley —separando proyecto de obra— podrán las dependencias de los gobiernos tener recursos para llevar a cabo tales tareas. Entre tanto, sin embargo, creo que se debe tratar de hacer más concursos: por invitación, por etapas, por grupos, por edades. Yo estoy por este camino.

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Por otra parte, quiero comentar mi experiencia en la primera Bienal de arquitectura de la ciuad de México. A escala del país, las Bienales de arquitectura ya tienen su historia: pronto se convocará para este 2014 la XII versión, así que el primer apunte que hago es que ¡ya era tiempo! La Bienal de la ciudad de México tardó en materializarse. Resulta increíble que la ciudad más urbana del país no mostrara con visión transparente y abierta lo que bianualmente se manufactura de arquitectura y ciudad.

Me tocó en mi calidad de Presidente de la Junta de Honor del CAM-SAM (2012-2014) ser observador de las deliberaciones que el Jurado tuvo para seleccionar a los ganadores. Quienes hemos participado alguna vez como jurados entendemos la problemática de revisar con cuidado más de 150 trabajos; créanme que es una actividad desgastante, pero también muy estimulante por que en la conversación y los juicios de otros jurados calibras tus propios pensamientos. Se aprende.

Por ejemplo, en esta ocasión lo primero que hizo el jurado fue descartar los trabajos que no tenían ninguna posibilidad: en rondas individuales cada jurado hizo su selección y en la suma de negativos los que más acumularon fueron descartados. La segunda opción del jurado es reagrupar los trabajos que a veces los concursantes clasifican con cierta tendencia para facilitarse el premio. Me parece muy juicioso y enriquecedor que el jurado reagrupe, ya que pone en “tabla rasa” a todos al crear nuevas categorías o reubicar los distintos trabajos. Después de esto comienzan los debates y las discusiones que se van cerrando conforme se acercan los premios y, desde luego, la medalla de oro provoca que los jurados manden qué mensajes deben salir de la Bienal. Me parece muy clara la forma de actuar del jurado y me obliga a pensar por qué concursa uno.

Quizá la respuesta más elogiosa es para medirte con tus pares; es decir, saber cómo estoy yo en relación a un problema y como lo hacen los demás. Otros tal vez lo hacen por el simple estimulo de presentar una síntesis en tres láminas y hacer el esfuerzo de vender la idea, explorando nuevas técnicas de presentación. Para mí es muy claro lo que una lámina dice al ojo experto; desde ahí mides madurez, conocimiento, intencionalidad, poesía y todo lo que le quieran agregar. Por último habrá algunos que lo hacen por tener el “papelito” de la participación, agregarlo y presumirlo en su currículum.

Sea cual sea el resultado, también doy mi apoyo a estos concursos. Se abren ventanas y se hacen guiños a nuevos protagonistas. Y se lleva uno sorpresas muy gratas: parte del argumento es que como son obras ya construidas se sabe de quién son y por ello ganan los de siempre. La buena noticia es que no es cierto: en esta ocasión ganaron muchos jóvenes desconocidos, al grado que el jurado fue a visitar algunas obras premiadas para confirmar los hallazgos.

Me parece que lo demás es irrelevante y me gusta pensar que para esto sirven los colegios de profesionistas: con todos los problemas que tengan,- estas apuestas son relevantes para la salud de la profesión y el paso de la estafeta. Con esto me doy por bien servido.

 

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