28 febrero, 2015

Cuchillito de palo: Paul Chemetov

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Cuchillito de palo. No es una traducción muy correcta del nombre de una callecita en el quinto distrito de París, la rue de l’Épeé de Bois, que empieza, de un lado, en la rue Monge —donde está una de las entradas a las Arenas de Lutecia, anfiteatro galo-romano construido en el siglo primero nuestra era— y termina, del otro, en la rue Mouffetard, una pintoresca calle comercial del Barrio Latino, de las más antiguas de la ciudad. La calle de la Espada de Madera lleva ese nombre por la insignia de una tienda: una espada de madera. En el sitio de internet Paris le nez en l’air se puede leer que “en 1967, el arquitecto Paul Chemetov obtuvo la autorización de los servicios de Urbanismo de la alcaldía para terminar un soberbio edificio hausmaniano, en el número 12 de la calle de la Espada de Madera. Hasta ahí nada extraordinario. El pliego de condiciones era de hecho muy claro: «una fachada de piedra, ventanas en altura y un techo con mansardas.» Mais voilá, vayan al lugar y la conmoción será terrible: un edificio de interés social de los años 60, cúbico, sin alma, con troneras en vez de ventanas está por encima del edificio hausmaniano. Pero como nuestro arquitecto respetó al pié de la letra el pliego de condiciones, la alcaldía no pudo hacer nada y este espanto sin nombre perdura y desfigura la calle. Tal vez valga más reírse para no tener que llorar.” En otro sitio escriben, con un poco más de ironía que “los admiradores de la gracia innata de Paul Chemetov irán con gusto al número 12 de la calle de la Espada de Madera para constatar con qué brío el arquitecto resolvió el difícil problema de elevar, sobre un edificio hausmaniano, un bunker de la Wehrmacht.”

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Paul Chemetov nació en París en 1928. Dice que tal vez en algo influyeron en su decisión de hacerse arquitecto las ilustraciones que hizo su padre para el libro Chacun sa maison en 1933 —en el 2012, la Ciudad de la Arquitectura de París le dedicó una exposición con el mismo título. Se graduó como arquitecto en la École Nationale de Beaux-Arts en 1959, después de haber trabajado con Jean Badovici —el arquitecto rumano que editaba L’Architecture Vivante en los años veinte y que vivía con Eileen Gray la E-1027, famosa casa que ella diseñó en 1927 y Le Corbusier vandalizó con sus murales diez años después, pero esa es otra historia.

Además de miles de viviendas de interés social, Chemetov ha diseñado proyectos como la piscina y el auditorio de remembranza gótica en los sótanos de Les Halles y, con el chileno Francisco de Borja García Huidobro, el Ministerio de Finanzas —edificio tan largo como el nombre de su socio—, para nombrar solo dos obras de este arquitecto y urbanista que, a los 86 años, sigue trabajando.

Y sigue, también, polemizando. A finales del año pasado publicó un texto, titulado El precio del arquitecto, en el que criticaba el costo de la recién inaugurada Filarmónica de París de Jean Nouvel. Chemetov calificaba la Filarmónica como un edificio icónicamente correcto, pero económicamente exorbitante y recomendaba, no sólo a Nouvel sino en general, mayor sobriedad y responsabilidad —nótese que el reclamo viene de un arquitecto que fue miembro del Partido Comunista francés y parte del equipo de colaboradores de Oscar Niemeyer en la construcción del edificio que es su sede en París. La réplica de Nouvel y la respuesta de Chemetov son muestras de una cultura arquitectónica que, como ya escribí aquí, a diferencia de la nuestra no evita la polémica; pero esa también es otra historia.

Paul Chemetov pasaba todos los días, camino a su trabajo, frente al número 12 de la calle de la Espada de Madera. No se trataba de un soberbio edificio hausmaniano como se describe al principio sino de un edificio de 1904 del que sólo se habían construido los dos primeros niveles y que quedó inconcluso tras la Primera Guerra. Chemetov pensó que era un buen lugar para construir su propia casa y su estudio: la construcción existente le permitiría ceñirse a reglas distintas a las de un edificio de nuevo cuño, pero conseguir el permiso no fue tan fácil. Le llevó cinco años demostrar que su propuesta seguía al pie de la letra las indicaciones del departamento de Monumentos Históricos y de paso demostrar con ironía lo que los códigos de la ciudad permitían con sus prohibiciones. Pero también demostrar cierta idea de trabajar con lo que hay. En una entrevista relativamente reciente, Chemetov cuenta: “mi padre era ruso, éramos inmigrantes. Cuando tuve la oportunidad de regresar a su ciudad natal, Rostov, le pregunté dónde estaba su casa para ir a verla. Me dijo «no vale la pena, no queda nada.» Y mi padre, que era un hombre robusto que sobrevivió a la guerra civil, a la resistencia, a las enfermedades y a otras muchas cosas, tuvo uno de esos raros momentos en su vida en que lo sentí completamente desesperado. El interés por dejar las piedras del pasado es instalar el edificio en la duración, aceptar la diferencia, las diferentes memorias. Evidentemente hay que demoler lo inhabitable, pero esa voluntad de erradicar algunos edificios me recuerda esa frase de Mao: «es en páginas blancas que se escriben los más bellos poemas.» Personalmente, desconfío de esa voluntad de hacer del pasado una tabula rasa.”

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