15 noviembre, 2018
por Justinien Tribillon
This aerial picture taken on July 14, 2009 shows appartment buildings in the western Paris suburb. AFP PHOTO LOIC VENANCE
La vida en los rascacielos y las narrativas de la "migración masiva" en París y Londres
Los paisajes metropolitanos de París y Londres están arraigados en su pasado colonial. La percepción de la inmigración y del lugar que ocupan los inmigrantes en las sociedades francesa y británica, ha evolucionado constante y dramáticamente en los últimos sesenta años, especialmente la política urbana en relación con la vivienda, que ha sido clave para establecer un imaginario urbano que ha movilizado el espacio y la arquitectura en relación con la migración. Los complejos modernos de viviendas de gran altura construidos apresuradamente en la posguerra, han llegado a materializar la "decadencia" de ambos países, convirtiéndose con el tiempo en la amenaza visible de la "migración masiva" que acecha sobre sus culturas.
El 5 de julio de 1962, Argelia declara su independencia después de 130 años de ocupación francesa. La lucha por la independencia comenzó en 1954: durante esos ocho años, cientos de miles de argelinos murieron(1) y 1962 marcaba el colapso final del imperio colonial francés. Al otro lado del Canal de la Mancha, el Reino Unido entró a la década de 1940 en un proceso similar de descolonización que podría decirse que encontró su conclusión formal en la década de 1980, con la independencia de Zimbabwe (2). (2 adiocional)
Mientras que los imperios colapsaban, las economías metropolitanas florecían. A partir de 1945, ambos países y en especial sus capitales -París y Londres-, se enfrentaron a una escasez de mano de obra calificada y no calificada para reconstruir lo que destruyó la Segunda Guerra Mundial, construir nuevas viviendas para los millones de nuevos habitantes (debido al crecimiento de la población y a la inmigración nacional e internacional), trabajar en su industria, y operar la infraestructura de transporte. Sólo en Gran Bretaña, la comisión de recursos humanos del Gabinete británico estimó en 1946, que se necesitaban 1.346.000 trabajadores adicionales para impulsar a la Gran Bretaña de la posguerra. (3)
Este 'excedente de mano de obra colonial' era necesario, pero no deseado. Mientras que hasta principios de la década de 1970 era bastante fácil para, por ejemplo, un trabajador argelino o jamaicano trasladarse a Francia o Gran Bretaña, ambos países también desarrollaron prácticas discriminatorias y políticas de segregación espacial para albergar a estos "recién llegados". La arquitectura modernista, la planificación urbana de la posguerra y las técnicas de construcción asociadas se movilizaron para crear fronteras y límites entre diversos grupos étnicos y sociales dentro de la ciudad. El deseo de la clase media de vivir en rascacielos, se oponía a la horizontalidad orgánica de los migrantes y de la clase obrera, atrapados en gran medida en `arrabales' y `bidonvilles'. Al decodificar en las segregaciones espaciales establecidas desde los años cincuenta hasta los setenta los mitos y miedos creados entonces, se pueden explicar las estructuras de las luchas y conflictos sociopolíticos urbanos actuales.
Cuando llegaron a Londres en 1948, los antillanos eran alojados inicialmente en viviendas temporales proporcionadas por la oficina colonial, o por sus empleadores (4). Puesto que la mayoría de los propietarios blancos se negaron a tener inquilinos negros, después de unos meses los "recién llegados" tuvieron que depender de viviendas sobrevaluadas, superpobladas, viejas y abandonadas. Brixton y Notting Hill, en el sur y el norte de Londres respectivamente, pronto se hicieron muy conocidos por sus poblaciones caribeñas (5).Comparado con Francia, donde los inmigrantes dependían de propiedades de alquiler baratas, es interesante observar que los antillanos (y más tarde los inmigrantes de Asia) dependían de esquemas financieros cooperativos simples pero eficientes para comprar propiedades, con el fin de convertirse en ocupantes-propietarios o propietarios rápidamente.
Dado que los bancos británicos no consideraban a los negros como "solventes", estos sistemas conocidos como "sou sou sou" o "mano amiga" (partner hand) eran una forma de obtener suficiente dinero de las comunidades exiliadas para el depósito de una casa (6). Sin embargo, la discriminación espacial prosperó a pesar del cambio en la tenencia: los propietarios negros compraban principalmente lo que se les ofrecía, es decir, viviendas abandonadas y a un precio más alto.
La situación de los migrantes del norte de África en París era más tensa y violenta, especialmente para los argelinos. La guerra colonial en Argelia que comenzó en 1954, fue extremadamente brutal y rápidamente desarrolló ramificaciones en la Francia continental (bombardeos, manifestaciones, violencia contra y entre civiles franceses y argelinos). El 17 de octubre de 1961, la policía francesa asesinó a más de 100 argelinos (7) que se manifestaban a favor de la independencia de Argelia en París, con palizas violentas y con el lanzamiento de manifestantes al río Sena, donde se ahogaron. (8)
Los argelinos y otros trabajadores migrantes, a menudo no conseguían una vivienda digna. Como en Londres, acabarían en los barrios menos deseados del centro de París, ocupando antiguas viviendas consideradas nocivas e insalubres, como el Marais en el tercer distrito, o Belleville en el undécimo. Por otra parte, los trabajadores norteafricanos eran aún más propensos a vivir en una de las “bidonvillas” de París, en las afueras de la ciudad. La palabra bidonville -literalmente "ciudad de hojalata"- fue tomada del lenguaje de la planificación urbana colonial del norte de África (9). Irónicamente, las bidonvilles se multiplicaron a la sombra de los rascacielos modernistas que estos obreros estaban construyendo a lado, y a los que no tenían acceso (10)(11).
Tanto en Francia como en el Reino Unido, los inmigrantes sólo tenían acceso marginal a la vivienda social en los años sesenta y setenta: las políticas de vivienda favorecieron a los residentes de larga duración y a las familias, en detrimento de los "recién llegados" y de los trabajadores solitarios. Al mismo tiempo, a principios de los años sesenta la vida en altura se consideraba una solución de vivienda temporal moderna y aceptable para la clase media, o al menos en el mejor de los casos, una solución deseable a largo plazo. Pero el impulso cambió a finales de los años 60, cuando tuvieron lugar dos procesos paralelos: la arquitectura en altura no estaba cumpliendo su promesa de un estilo de vida moderno y agradable y los inquilinos y propietarios-ocupantes que podían permitírselo, abandonaron progresivamente la vida en los rascacielos.
En París, el desencanto de la clase media por la arquitectura modernista se justificaba por la mala calidad de los edificios, sus posiciones geográficas remotas en relación con la ciudad propiamente dicha (la ciudad utópica del automóvil que no se había materializado); la falta de servicios como escuelas, tiendas, y a veces incluso calles (prometidas pero nunca entregadas) y la creciente mala reputación de la arquitectura modernista y su estilo de vida asociado (12). Las asambleas municipales se enfrentaron a problemas similares en Londres, pero la relación con la centralidad era diferente. Apoyadas por una fuerte cultura suburbana arraigada en la expansión de Londres en el siglo XIX, las grandes propiedades municipales estaban desconectadas de su tejido urbano local sin ser geográficamente `remotas'. Sin embargo, las palabras de la etnógrafa Colette Pétonnet sobre uno de estos complejos de viviendas en París, también se aplican a Londres cuando escribe en 1962 que `La ciudad aquí es más difícil de alcanzar, que genuinamente lejana´ (13).
Paralelamente a este desencanto de la clase media, se llevaron a cabo programas de limpieza de barrios marginales tanto en París como en Londres. París, construyó por primera vez sus grandes bloques de viviendas de gran altura en zonas semi-rurales baratas en las afueras de París, antes de concentrarse en las tradicionales viviendas antiguas del centro calificadas de "tugurios" y "bidonville". Londres, fuertemente bombardeada durante la guerra, primero limpió los escombros y utilizó esta tierra para construir viviendas modernas de gran altura hasta finales de los años 50. Una vez que no había más ruinas que limpiar, los gobiernos se dirigieron a los "barrios marginales" urbanos, el mismo tipo de áreas donde la clase trabajadora y los migrantes de las Indias Occidentales habían encontrado vivienda para alquilar y comprar. En New Cross, el área alrededor de Childeric Road, entonces conocida como 'Caribbean Quarter', fue destruida en gran parte a principios de la década de 1960 (14). Operaciones similares tuvieron lugar por todo Londres.
Aquí es donde el momentum de la vivienda vertical cambió.
Mientras que la clase media abandonó las viviendas en altura para invertir en casas suburbanas adosadas de nueva construcción, las organizaciones de vivienda social finalmente abrieron sus apartamentos cada vez más vacíos a las poblaciones migrantes y a las personas más vulnerables. De manera lenta pero segura, la vivienda social pasó de una tenencia de la vivienda destinada a todos -la vivienda pública- a una tenencia percibida como orientada a los migrantes, la clase trabajadora y las poblaciones más frágiles, creando enclaves socio-espaciales de privación a menudo correlacionados con la etnia.
Las últimas zonas de despeje de tugurios que se vaciaron, albergaban la mayor concentración de pobreza y privaciones... las autoridades locales trataron explícitamente de reacomodar a las personas más desfavorecidas en inmuebles impopulares, ya sea en edificios más antiguos y ya problemáticos, o en edificios nuevos, demasiado grandes y poco atractivos. Las minorías raciales se vieron afectadas de manera desproporcionada. Esto tuvo un efecto de deslizamiento y se creó rápidamente en la mayoría de las ciudades del Reino Unido, una capa inferior de propiedades difíciles de alquilar, a medida que la demanda fue disminuyendo a raíz del programa de eliminación de tugurios. (15)
Una creciente minoría de la clase media también decidió volver a los "tugurios" que sobrevivieron a los programas de eliminación de los años 50 y 60: en pocos años se habían convertido de nuevo en piezas valiosas y deseadas del patrimonio arquitectónico. Esos distritos, como el Marais de París o Notting Hill en Londres, cuentan ahora con algunas de las propiedades más caras del mundo. La socióloga londinense Ruth Glass acuñó el término "aburguesamiento" (gentrification) para describir tales fenómenos en donde las clases medias y altas se trasladan a zonas poco elegantes ocupadas por inmigrantes y poblaciones de la clase trabajadora. Lo hizo en su libro de 1964 “Aspectos del Cambio” (Aspects of Change) (16), escrito cuatro años después de “Los recién llegados: las Indias Occidentales en Londres” (Newcomers: the West Indians in London) donde ya describe patrones similares.
Esta fracturación tanto horizontal como vertical del espacio -reforzada por las prácticas discriminatorias en la educación y el empleo, crearon fronteras y límites urbanos que si bien eran porosos, representaban genuinas barreras socio-étnicas. A partir de los años 70, los discursos políticos que relacionaban el estado de bienestar, la arquitectura modernista, la vivienda social, la migración y el declive económico cobraron impulso, al igual que los partidos políticos de extrema derecha y sus ideologías. La xenofobia pasó de ser un tabú a convertirse en la norma. Ya en 1991, Jacques Chirac (17) describió en un discurso, la dificultad de los trabajadores franceses para vivir en viviendas sociales junto a familias de inmigrantes: “Está el padre con sus 3 ó 4 esposas, 20 hijos y ganando 50.000 francos de prestaciones sin trabajar. ¡Y a esto hay que añadirle el ruido y el olor!” (18)
Más de veinte años después el Primer Ministro británico, David Cameron (19) prometió arrasar las "viviendas subsidiadas" (sink estates) hasta sus cimientos, “esas brutales torres de viviendas y callejones oscuros que son un regalo para criminales y traficantes de drogas. La policía a menudo habla de la importancia de llevar a cabo un diseño contra del crimen, pero estos edificios en realidad ya lo han diseñado"(20). David Cameron, que dejó el cargo unos meses después de escribir este manifiesto, tras su fracaso en el referéndum del Brexit se mudó de nuevo a su casa familiar: una casa eduardiana adosada de un piso en Nothing Hill.