4 septiembre, 2015

Crisis y simulacro (desde una fotografía)

por Pablo Martínez Zárate

BaudrillardJean Baudrillard

Por un lado, las buenas imágenes dicen más que mil palabras. Por otro, las imágenes verdaderamente poderosas desencadenan una serie de preguntas que nos devuelven irremediablemente al color y textura de las letras. En este caso, una fotografía de Lu Guang que se exhibe actualmente en el Museo Franz Mayer proyectó una palabra en mi imaginación, tan concreta y etérea como los territorios que ella misma describe: “simulacro”.

Jean Baudrillard nos introdujo al simulacro postmoderno. Al describir a la nuestra (o la suya, la que caminó en los 70 y 80) como una hiperrealidad, lo que el francés sugiere es una construcción de la cotidianidad subyugada por el tratamiento mediático. Es decir, a nuestro entendimiento diario y a nuestra relación con el mundo los reviste un velo de mediación tecnológica que condiciona nuestra relación con los fenómenos, con las otras criaturas y con nosotros mismos, situándonos pues en una especie de teatro de presencias fantasmales.

El libro de Baudrillard La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (1991), un conjunto de tres ensayos sobre los rasgos de la comunicación de la primera Guerra de Irak, ilustra con claridad los alcances de su propuesta. Tomo una cita al azar:

“Tenemos una necesidad apremiante de simulacro, incluso de la guerra, mucho más apremiante que de leche y de mermelada o de libertad, y poseemos la intuición inmediata para conseguirlo. Constituye incluso la conquista fundamental de nuestra democracia: la función-imagen, la función-chantaje, la función-información, la función-especulación. Función afrodisíaca, obscena, la del timo del acontecimiento, la del timo de la guerra. Función-droga” (Baudrillard, 1991: 85-86).

Somos adictos a la función neutralizante del simulacro; la realidad no basta, o mejor, la realidad de los acontecimientos no basta (o quizás nos colma), por lo cual resulta indispensable un retoque de sobre-significación. Más todavía cuando estamos en una situación crítica, como la guerra.

En el libro citado, el filósofo propone que, debido a que para la mayoría del mundo la primera Guerra del Golfo tuvo una cobertura mediática “espectacular”, la guerra que conocimos la mayoría (y hoy conocemos como hecho histórico), es una guerra que en realidad nunca sucedió. La guerra fue otra y, para quienes no estuvimos ahí, es impenetrable en su horrorífica verdad. Lo anterior pareciera contradictorio si recordamos las novedosas tomas de los Tomahawk, las cámaras en los misiles regalando una vista subjetiva de la máquina de guerra, los bombardeos nocturnos transmitidos en vivo por más de un canal desde el día uno del conflicto. Contrariamente, ante tales recuerdos, la teoría de Baudrillard se refuerza; esa maquinaria mediática, cómplice inseparable de la máquina de guerra, presentó un hecho tan cruento como la invasión norteamericana casi como parte de un videojuego, una ventana al aparato político de destrucción como una fuente más de entretenimiento. El mundo nunca volvió a ser el mismo.

En esta línea, me atrevo a decir que la necesidad de simulacro es proporcional a los niveles de crisis en la sociedad, ya sea local o global (crisis urbana, de alimento y habitación, de solvencia y autosuficiencia, de seguridad y calidad de vida, de salud física y mental, de certeza moral). Una suerte de antídoto contra el sistema destructivo que nos envuelve. Así, la arquitectura del simulacro (el mundo espectral) es mucho más determinante para nuestras creencias y explicaciones sobre la realidad (y por supuesto para nuestra tranquilidad mental), que los escenarios físicos donde la crisis se desarrolla, los edificios y las ciudades que atravesamos en cuerpo. Lo anterior se conecta directamente con lo que Lefebvre llama neocapitalismo en La producción del espacio (1974) y con el semiocapitalismo de Bifo (2014). Tejemos pues una malla de representaciones sobre el espacio físico y natural, desgarrando el valor de la experiencia vivida (y vívida), trasladando la significación a los objetos de información (Scott Lash, 2002).

Bajo este marco, la imagen de Lu Guang, perteneciente a la lista de los ganadores del World Press Photo, resulta escalofriante. La imagen fue tomada en la ciudad de Huolin Gol, donde los niveles de polución han alcanzado tal grado que ya ningún ganado puede pastar (sobrevivir). Ante esta situación, la autoridad decidió poner ovejas falsas para así, por lo menos, mantener la ilusión de vida. Estas ovejas de mentiras son el ejemplo perfecto de los objetos de información —la materia que deviene la imagen, la realidad concreta que se traduce en experiencia abstracta—. Esta fotografía recuerda que la voluntad de enfrentar los grandes problemas de la humanidad, muchas veces, sucumbe ante los intereses económicos y políticos del régimen actual (intereses obsoletos y sin finalidad de presentarse una verdadera perturbación global, fuera ésta de carácter ambiental o social). Subraya que lo verdaderamente importante hoy es mantener la ilusión, así signifique el suicidio. Que vivimos en un mundo con dinámicas sociales muy semejantes a las que definen a ciertas sectas que deciden quitarse la vida porque alguna fuerza o poder para la que no existe evidencia alguna así lo dicta (o se lo dicta a los mesías).

article-2281564-17F7B8AB000005DC-5_964x643Foto: Lu Guang

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