18 marzo, 2020

Coronavirus o el retorno a la normalidad

por Philippe Rahm

Si durante cincuenta años los antibióticos, las vacunas y el petróleo nos han sacado de nuestra condición natural, también nos han quitado la conciencia de la materialidad de nuestra existencia. La epidemia de coronavirus y el calentamiento global son parte de un «sorprendente retorno a la realidad» que requiere repensar nuestra relación con el medio ambiente.

Philippe Rahm en el Jardín Meteorológico, Taichung, Taiwan

 

En un artículo publicado en el New York Times el 18 de abril de 1999, el semiólogo italiano Umberto Eco daba cuenta de la naturaleza extraordinaria de su época en la que, si se estaba enfermo, era suficiente tomar un antibiótico durante una semana para curarse; si hacía frío, solo se tenía que encender el radiador para calentarse y, cuando se tenía hambre, coger el automóvil e ir al supermercado. Porque todo era diferente antes de la década de 1950.

Desde los albores de la humanidad, teníamos un 50% de posibilidades de sobrevivir a una enfermedad viral o bacteriana. Cada invierno hacía un frío de muerte y los períodos de escasez tenían lugar antes de la llegada de cada primavera, cuando no se convertían en hambruna. Para Umberto Eco, deberíamos celebrar la invención de antibióticos que se extendieron después de la Segunda Guerra Mundial, la vacunación obligatoria que comienza al mismo tiempo y el petróleo que impulsa la producción agrícola, permitiéndonos alimentar a una humanidad que se beneficia de eso para aumentar exponencialmente su número y duplicar su esperanza de vida.

Gracias a los antibióticos, las vacunas y el petróleo, la humanidad había triunfado sobre su destino animal, sacándose en gran medida de su frágil condición natural y abriendo una nueva era, la que el filósofo Jean-François Lyotard había descrito como “posmoderna”, donde las ciencias humanas triunfan sobre las ciencias naturales, las interpretaciones sociales sobre los hechos naturales, la subjetividad sobre la objetividad.

Esta explosión del poder humano sobre la tierra y sobre su cuerpo, y en consecuencia la transformación de nuestro medio ambiente —a nuestro favor, primero, y en nuestra contra hoy debido a la contaminación y el calentamiento global— tiene una historia muy corta, del orden de cincuenta años, una gota de agua en la historia humana que comenzó hace miles de años, y que en gran parte hasta entonces era sólo una historia de hambre, frío y enfermedad. Hoy, sin embargo, ante el calentamiento global y la epidemia de coronavirus, este período extraordinario en la historia humana parece haber quedado atrás.

En los últimos años, la filosofía posmoderna nacida en la década de 1950 también ha tenido un envejecimiento repentino. En “¿Por qué la crítica se ha quedado sin energía?”, un artículo seminal publicado en 2004 en la revista Critical Inquiry de la Universidad de Chicago, el filósofo Bruno Latour ya nos cuestionaba sobre la validez del credo nietzschiano en el que se basa el pensamiento posmoderno: “no hay hechos, sólo hay interpretaciones”, que proporcionó el caldo de cultivo para los climatoescépticos que cuestionaron los hechos científicos y buscaron otras interpretaciones, distintas a las emisiones antropogénicas de CO2, para explicar el calentamiento climático.

Más fundamentalmente, Bruno Latour cuestionó el rechazo del pensamiento francés entonces dominante, el de los estructuralistas, a atribuir a lo no humanos (clima, enfermedad principalmente) una parte de responsabilidad en el desarrollo de la historia humana. Rechazar que el hombre pudiera modificar el clima, rehusar que el clima pudiera modificar la historia humana, no era sólo el punto de vista de algunos conspiradores marginales.

Hoy, se despliega un nuevo momento en filosofía, alejándose del relativismo posmoderno.

En la década de 1980, un gran historiador estructuralista como Emmanuel Le Roy Ladurie negó al clima cualquier ingerencia real en la historia humana y se burló de su colega inglés Hubert Horace Lamb, quien, al mismo tiempo, predijo con una precisión excepcional el fenómeno del calentamiento climático. Según el investigador inglés, la Guerra de los Cien Años, que vio a los ingleses invadir regularmente Francia y particularmente la región de Burdeos, se debió al estallido de la Pequeña Edad de Hielo que, desde el siglo XIV, había imposibilitado el cultivo de la vid en Inglaterra, empujando a esta gente a conquistar la región de Burdeos en una búsqueda vital de vino —las bebidas sin alcohol estaban contaminadas en aquella época.

En la tradición de H.H. Lamb, el historiador estadounidense Jared Diamond marca el final de la visión estructuralista antropocéntrica de la historia humana al agregar virus y animales como agentes primordiales de nuestra historia.

Hoy, se desarrolla un nuevo momento en la filosofía bajo los términos de «realismo» o «nuevo realismo», alejándose del relativismo posmoderno, del desciframiento culturalista del estructuralismo que ya no buscó comprender las causas de los hechos humanos sino sólo sus significados sociales. Maurizio Ferraris en Italia, Markus Gabriel en Alemania, Jocelyn Benoist en Francia, cada toma en cuenta la existencia de cosas fuera de la conciencia humana y, de cierta manera, reintroduce en la filosofía la importancia de la parte no-humana en nuestra vida y más generalmente en nuestra Tierra.

Llueve, estemos allí o no. Hace frío en invierno, nos guste o no. El cambio es importante y el radicalismo de este pensamiento ya está comenzando a aparecer en los Estados Unidos, donde un historiador como Timothy J. LeCain, señala que el 80% de las células que componen el cuerpo humano no son humanas (son las de las bacterias que nos habitan), e invierte las jerarquías al describir al ser humano como un simple medio de locomoción para los microbios.

Sin embargo, este pensamiento provocativo, por extremo que sea, es necesario hoy en el debate que revive y renueva nuestro pensamiento frente a los desafíos actuales del calentamiento climático y el episodio revelador de la epidemia de coronavirus. Porque, ¿qué son estos dos fenómenos si no un sorprendente regreso de lo real? Incluso nos gustaría decir que esto es solo un regreso a la normalidad. De hecho, vivimos un corto tiempo en el que los antibióticos, las vacunas y el petróleo nos habían sacado excepcionalmente de nuestra condición natural. A diferencia de algunos que acusan a la modernidad, y aún más a la Ilustración, de ser responsables de la catástrofe actual, creo que, por el contrario, la modernidad y la tecnología no tienen nada que ver con eso. Nos han permitido vivir más tiempo durante cincuenta años, salvar a nuestros hijos enfermos de la muerte, nos dieron de comer y nos permitieron pasar el invierno.

La catástrofe que se aproxima no es nueva. Ha sido la vida cotidiana de los seres humanos desde los albores del tiempo, con la excepción de nuestros últimos cincuenta años.

Debe recordarse rápidamente que la Ilustración y los Modernos, desde el siglo XVIII hasta la década de 1950, no conocían los antibióticos, que la esperanza de vida todavía era de 40 años a principios del siglo XX y que aún en 1930 un arquitecto como Le Corbusier propuso arrasar con los distritos sobrepoblados de París, que se consideraron insalubres, sólo para evitar la propagación del cólera y la tuberculosis que no sabíamos cómo curar. Y para aquellos que tienen algunas dudas sobre la posible belleza de los tiempos difíciles antes de la década de 1950, debe recordarse que la Villa Rotonda, obra maestra de Andrea Palladio, construida en el siglo XVI en el Véneto, no debe sus formas más que a principios climáticos: el calor del verano, la evacuación del aire caliente por su cúpula y la sombra en sus habitaciones gracias a sus pórticos.

Porque el hombre es un mono desnudo que sobrevive solo gracias a la técnica, gracias al fuego que nos calentó en invierno e hizo posible la habitación de los climas naturalmente inhabitables del planeta; el fuego que exteriorizó la energía que solía agotarnos durante la digestión al permitir que los alimentos se precocinen. La técnica nos dio ropa, refugio, herramientas y nos permitió vivir en la Tierra. Hoy, de nuevo gracias a la medicina moderna, el 15% de los casos graves con coronavirus se salvan al recibir asistencia respiratoria en el hospital. La catástrofe que se avecina no es nueva… Ha sido la vida cotidiana de los seres humanos desde los albores del tiempo, con la excepción de nuestros últimos cincuenta años.

Más que la modernidad, creo que es la posmodernidad la que, sin ser responsable de la crisis actual, nos ha privado de la conciencia de la materialidad de nuestra existencia, la que ha retirado nuestra carga natural a favor de una carga cultural y, con eso, nuestros medios de actuar en un mundo que siempre permanecerá como no humano. No sé exactamente cómo este punto de inflexión «realista» se traducirá en los otros campos, pero sé cómo ya se traduce en el urbanismo y la arquitectura. Y de ninguna manera es reaccionario, sino que, por el contrario, abre nuevos campos de emancipación, libertad e imaginación, y representa una salida formidable para un nuevo contrato social tanto entre humanos como con no humanos.

Cuando ya no hablamos de un lugar en la ciudad sino de una «isla de frescura urbana», cuando ya no hablamos de una perspectiva que apunta a una estatua de Luis XIV sino de una brisa urbana para enfriar y evacuar la contaminación del aire con partículas finas, cuando ya no hablamos del color de un edificio desde un punto de vista cultural (rojo significa bomberos, negro, Rock n’Roll, para referencia rápida) sino de albedo, cuando ya no diseñamos los planos de apartamentos según principios que demarcan lo público y lo privado, sino de acuerdo con los niveles de humedad del aire y los movimientos de convección atmosférica, cuando concebimos el diseño de la fachada de un edificio ya no por el prestigio y por lo que significa, sino para aislar térmicamente el interior del exterior y así reducir la energía consumida, todo esto en realidad es sólo un retorno a la normalidad.


Este texto apareció en francés en AOC, diario de ideas en línea, y se publica aquí con permiso de su autor.

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