3 julio, 2018

Contra-Ilustración: autoinmunidad posmoderna

por Daniel Daou

 

Si la crisis de los mercados financieros de 2007-2009 no demolió la narrativa neoliberal que promete que “cuando la marea sube, levanta a todos los barcos,” por lo menos sí demostró cuán cuestionable es su legitimidad.[1] Desde entonces, el compromiso político de la arquitectura ha experimentado un renacimiento como lo validan prácticas emergentes, la literatura académica, y los temas de bienales, simposios, y otros foros internacionales. Sin embargo, como algunos sucesos recientes parecen apuntar—el voto Brexit, el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca, el resurgimiento de la extrema derecha en Europa—, más allá del tambaleo del orden tardo-capitalista, lo que vivimos es el surgimiento de un nuevo movimiento cultural. Algunos lo llaman la “Ilustración Oscura” pues busca poner en cuestión los valores democráticos e igualitarios que forman los cimientos de la sociedad liberal occidental desde la Ilustración.

De la misma forma en que los valores emancipatorios de la modernidad degeneraron en doctrinas totalitarias y la alienación de los humanos y la naturaleza, hoy los valores críticos y pluralistas de la posmodernidad han degenerado en el relativismo y la imposibilidad de un acuerdo en común. La ironía de esta situación es que la teoría crítica y la izquierda radical no sólo fracasaron en articular una ideología alternativa efectiva,[2] sino que su arsenal intelectual ahora se ve instrumentalizado en su contra en una especie de reacción cultural autoinmune.

La llegada de Trump demostró que el candidato selecto del establecimiento neoliberal no tiene la victoria garantizada.[3] Quienes descuentan este fenómeno político por considerarlo propio de una clase baja, poco educada o rural y por tanto carente de mérito intelectual, subestiman la sofisticación ideológica que lo fundamenta (por muy equivocada que ésta pueda ser). También lo desestiman quienes lo consideran una simple resurgencia de viejos populismos o nacionalismos.[4]

La recuperación de un compromiso político en la arquitectura es un buen primer paso para responder a esta encrucijada. Sin embargo, tras reconocer la profundidad del cisma cultural en marcha, es fácil ver cómo muchos de los esfuerzos dirigidos son inadecuados. No sólo estamos necesitados de una alternativa al modelo neoliberal tardo-capitalista, sino que ahora debemos competir además con las ideologías radicales (neofascistas, anti-globalistas, anarco-capitalistas, paleo-conservadoras) de la Ilustración Oscura.[5] El prospecto sin duda parece abrumador. Si la reacción inmediata es de resignación o apatía es comprensible considerando la impotencia política en la que se ha visto sumida la arquitectura en las últimas cinco décadas. Sin embargo, la capacidad de síntesis y los rudimentos materiales y espaciales, que caracterizan a la arquitectura, la colocan en una posición única para responder a la trabazón ideológica que enfrentamos.

El presente ensayo es una primera aproximación a estas consideraciones. Está compuesto de siete notas. Las dos primeras observan un creciente llamado al retorno de los valores universales de la Ilustración en respuesta al relativismo en que ha devenido el pensamiento posmoderno. La tercera y la cuarta argumentan que es un error desestimar los discursos demagógicos y aislacionistas adjudicándolos a grupos sociales de clases bajas, poco educadas, o extra-urbanas. Por el contrario, el desarrollo de la llamada “Ilustración Oscura” y la “Red Intelectual Oscura” demuestran la existencia de grupos disidentes en todos los niveles de la sociedad y que la sofisticación de su discurso intelectual amerita atención seria. La quinta nota se ofrece como contrapunto y advertencia de que un retorno a los valores racionales de la Ilustración sin una componente crítica constituiría una consolidación de las ideologías conservadoras disfrazada de progresismo. La sexta nota revisa esfuerzos recientes por teorizar nuevas posturas políticas desde la arquitectura. La última nota se ofrece como coda para ilustrar que, independientemente de la forma que tomen los productos de nuestra labor, sean dibujos, textos, edificios, o acciones urbanas, es menester entender nuestro momento histórico tan bien como estemos facultados para hacerlo.

 

1.

En un artículo reciente para la revista de izquierda Jacobin,[6] los filósofos Harrison Fluss y Landon Frim declaraban que la extrema derecha (que incluye al movimiento alt-right[7] en el mundo anglosajón) ha adoptado el aparato crítico posmoderno instrumentalizándolo en contra de la izquierda liberal.[8] Según Fluss y Frim, los valores de la derecha reaccionaria son, primero, “que el universo es fundamentalmente inaprehensible y misterioso; segundo, que no hay una naturaleza humana universal, sino diferencias insalvables entre los diferentes grupos humanos y, tercero, que la razón representa una forma de totalitarismo ya que borra las diferencias esenciales entre los humanos.”[9] La única forma de luchar contra la irracionalidad[10] y las políticas divisivas basadas en el odio y el miedo, argumentan, es el retorno a los valores racionales y universales de la Ilustración.

 

2.

En “The Progress of This Storm: Nature and Society in a Warming World” (El Progreso de esta Tormenta: Naturaleza y sociedad en un mundo en Calentamiento), publicado en 2017 el escritor sueco Andreas Malm también propone un regreso a los valores de la Ilustración. Su libro se enfoca en el efecto que ha tenido la teoría crítica posmoderna en los discursos sobre el calentamiento global y llama a la formulación de un “realismo climático” para remediar el relativismo epistemológico y el escepticismo científico que caracterizan a la crítica posmoderna.

Brevemente, el problema de la naturaleza sería el siguiente: el proyecto emancipatorio de la Ilustración consistía en la liberación de los humanos del yugo de la naturaleza (y de otros humanos). Hasta entonces, la historia de la humanidad había consistido en ciclos de crecimiento y colapso. Con las revoluciones intelectuales y tecnológicas de los siglos diecisiete y dieciocho, los humanos fueron finalmente capaces de la instrumentalización a gran escala de la naturaleza para sus propósitos de expansión y crecimiento.[11] Sin embargo, la concepción dual sociedad–naturaleza también facilitó la alienación bajo la que operan el capitalismo y, sorpresa, el ambientalismo moderno.

En la económica neoclásica, la naturaleza es una variable inerte y una fuente prácticamente interminable de capital barato. El mismo término “externalidad”—al referirse al impacto económico sufrido por terceros—es un ejemplo de cómo la naturaleza se concibe por separado. Esta alienación resulta en formas de operar que empobrecen el entorno. Por su parte, el ambientalismo también concibe a la naturaleza como algo externo cuando la mitifica como un ideal puro e intocable y único modelo legítimo para una ética social. Esta dicotomía resulta en una relación entre lo humano y lo natural que es antagónica por defecto.

Como antídoto para los efectos de la alienación del humano y la naturaleza, la teoría posmoderna desarrolló modelos híbridos que buscaban desdibujar esa separación. Así, los antropólogos hablaban de la naturaleza como una constructo social (cómo lo que cada sociedad entiende por naturaleza depende de la cosmovisión de cada grupo), los geógrafos hablaban del sustrato material del proceso de co-producción de la naturaleza (cómo el entorno, las culturas y sus instituciones, definen las actividades humanas que alteran el medio, y cómo el medio, a su vez, da transforma a las culturas y sus instituciones) y los filósofos hablaban de “ensambles híbridos” y la agencia del mundo no-humano (cómo la inexorable imbricación de los sistemas humanos y naturales significa que es imposible aislar elementos puros).

Malm argumenta que las formulaciones posmodernas, al borrar las diferencias entre lo natural y lo social, imposibilitan la concepción de una agencia humana única necesaria para resistir, y en última instancia cambiar, al “sistema”[12] (Malm sugiere que sería más productivo hablar del cambio sistémico en lugar del cambio climático). Si el humano y la naturaleza operan bajo las mismas reglas, es por definición imposible actuar de manera contraria al sistema.

 

3.

En 2012, el filósofo británico Nick Land, reconocido en ciertos círculos como el padre del “aceleracionismo,” escribió un ensayo titulado “The Dark Enlightenment” (La Ilustración Oscura).[13] El texto se ha vuelto fundacional para el movimiento neo-reaccionario (abreviado NrX por sus militantes). En el extenso manifiesto se exponen argumentos en contra de la democracia, el igualitarismo, y el progreso,[14] se propone un retorno a formas centralizadas de gobierno como el neo-cameralismo (donde un país es propiedad de una empresa y administrado como un negocio), la suplantación del gobierno con un aparato tecnológico, políticas económicas nacionalistas, y valores sociales conservadores. Dada la afinidad de ciertas orientaciones epistemológicas, las ideas compiladas en el texto de Land han sido adoptadas por grupos paleo-conservadores y neofascistas en lugares desde Europa del Este hasta la Casa Blanca pasando por la clase de tecno-billonarios del Valle del Silicio. [15]

Ignorado por los medios de comunicación, el movimiento ha penetrado lenta y silenciosamente todos los estratos sociales extendiéndose más allá de los Estados Unidos y Europa.[16] El síntoma más visible es el resurgimiento de partidos nacionalistas de extrema derecha. A éstos suele asociarse una clase de políticos demagogos apoyados por un sector de la población generalmente rural o suburbano, generalmente de clase trabajadora, generalmente poco educado. Por esta razón, se ve a los adherentes de esta ideología como un grupo desdeñable y no merecedor de atención seria dada su falta de méritos intelectuales. Pero esta percepción es errónea.

 

4.

Un artículo de opinión publicado el 8 de Mayo de 2018 en el periódico The New York Times bajo el título “Meet the Renegades of the Intellectual Dark Web” (“Conoce a los renegados de la red oscura Intelectual”), describe un grupo emergente de pensadores independientes cuyas ideas no se alinean del todo con la llamada “PC” culture (politically correct o políticamente correcta).[17] Una de las figuras que ha despertado tal vez mayor polémica es el filósofo de la religión Sam Harris.

Sam Harris relata que el momento que le hizo darse cuenta de que algo no cuadraba del todo fue en 2006 durante una conferencia con el biólogo Richard Dawkins y el físico Neil DeGrasse Tyson, ateos acérrimos. Generalmente, las críticas de Harris sobre la religión no sentaban bien con la derecha conservadora. Sin embargo, su declaración de que no todas las culturas ofrecen las mismas condiciones para el florecimiento individual y que unas culturas son mejores que otras despertó fuertes críticas por parte de los liberales de izquierda.

Tras su plática, donde criticaba ciertas facciones islámicas, Harris recuenta que un miembro de la audiencia se le acercó para decirle que no podía afirmar que obligar a las mujeres a usar la burqa fuera objetivamente incorrecto, que ésa sólo era su opinión. Harris respondió con una pregunta: ¿sería también un tema de opinión si la tradición fuera sacarle un ojo a cada tercer recién nacido? La respuesta que recibió fue que “dependería del motivo del ritual.” Harris relata haberse quedado boquiabierto pensando hasta qué grado “la confusión moral que opera bajo la bandera del multiculturalismo puede cegar incluso a la gente educada ante los problemas de intolerancia y crueldad en otras culturas.” Experiencias como la de Harris y otros intelectuales que forman parte de la “red oscura” ponen de manifiesto que ciertas herramientas, conceptos, y valores asociados con la izquierda liberal, a falta de una continua reevaluación crítica, se han convertido en dogma.

Un ejemplo claro es la noción de cosmopolítica desarrollada por la filósofa de la ciencia Isabelle Stengers y adoptada por el influyente filósofo Francés Bruno Latour. La cosmopolítica fue propuesta como una forma de otorgar el mismo peso a todas las voces que compiten por explicar al mundo y evitar la hegemonía del cientificismo occidental supuestamente apolítico y trans-histórico. Es decir que, por ejemplo, al considerarse la pertinencia de la construcción de proyectos infraestructurales en territorios vírgenes, la opinión de los expertos debe tener el mismo peso que la de las etnias.[18] La propuesta de Stengers tenía sentido considerando el contexto histórico en el que se formula,[19] pero como bien observa el filósofo Steven Shaviro, la cosmopolítica deja muchos cabos sueltos.[20] Por ejemplo, si ha de darse el mismo peso a la voz de las etnias locales, entonces ¿no debería también considerarse seriamente la opinión de los grupos Evangélicos fundamentalistas que niegan la existencia del cambio climático en los Estados Unidos?

El mismo Latour, en un ensayo parteaguas escrito en 2004 “Why Has Critique Run out of Steam?: From Matters of Fact to Matters of Concern” (“¿Por qué la crítica ha perdido Fuerza?: De asuntos factuales a asuntos de Cuidado”), lamenta el haber desarrollado las herramientas de escepticismo científico que ahora se emplean para rechazar a la ciencia del cambio climático.[21]

En otras palabras, la izquierda y la teoría crítica no sólo fracasaron en proporcionarnos un imaginario político alternativo ante el insidioso modelo neoliberal del capitalismo tardío, sino que ahora su sofisticado aparato analítico se ha instrumentalizado en contra de cualquier intento de desafiar el estatus quo. Fenómenos como el ascenso de Trump a la Casa Blanca, el voto Brexit y el resurgimiento de los partidos de derecha en Europa—actualizaciones políticas de los ideales de la “Ilustración Oscura”—son como una respuesta autoinmune de la posmodernidad. La supuesta vacuna sólo empeoró la fiebre.

 

5.

En este contexto figuras como el renombrado sicólogo cognitivo y catedrático de Harvard Steven Pinker se unen al llamado del retorno de los valores de la Ilustración. En su libro de 2018, Enlightenment Now: The Case for Reason Science, Humanism and Progress (Ilustración Ahora: El Caso a favor de la razón, la ciencia, el humanismo, y el Progreso), argumenta que el mundo vive actualmente una etapa de paz, prosperidad, educación, y salud pública sin precedentes.[22] Pinker justifica su trabajo con extensa investigación empírica y detalladas gráficas y estadísticas. El suyo es un llamado a dejar atrás el escepticismo asociado con la posmodernidad que cuestiona la ciencia positivista y la narrativa de progreso.

Pinker es uno de los paladines de la élite global. Sus libros son recomendados por gente como el magnate y filántropo Bill Gates, ha expuesto su opinión sobre los riesgos de una cultura políticamente correcta en el foro de líderes globales en Davos, y la revista Time lo ha nombrado una de las 100 figuras más influyentes. Sin embargo, como argumenta el escritor Jeremy Lent en un agudo y contundente análisis, el discurso de Pinker es peligroso porque su mensaje progresivo es veladamente conservador: el mensaje de Pinker es que la tecnocracia neoliberal funciona pese a la mala reputación que ha adquirido. [23]

Lent es cuidadoso en su refutación del trabajo de Pinker. Evita caer en el escepticismo y relativismo posmodernos respondiendo a Pinker con las mismas herramientas con las que éste construye su tesis: datos e investigación empírica (pero con una dosis de lucidez crítica). En su ensayo, Lent emplea ocho gráficas para poner en tela de juicio las tesis principales de Pinker. Tomemos aquí sólo una como ejemplo: “cuando la marea sube, todos los barcos suben por igual.” Pinker relata la historia de Branko Milanović, economista del Banco Mundial, quien, al estudiar los aumentos en ingresos por percentil de 1988 a 2008 a través del mundo, descubrió la llamada “gráfica del elefante” (por semejar un elefante con la trompa erguida). Lo que esta gráfica parece revelar es que, aunque el 1% de la población incrementó sus ingresos desproporcionalmente, los percentiles menores parecen haber gozado de un desempeño similar.[24] Sin embargo, como argumenta Lent, la gráfica de Milanović es engañosa porque compara el crecimiento en los ingresos como un porcentaje en sectores de la población radicalmente dispares:

“Si un ejecutivo ganando $200,000 dólares anuales ve un incremento del 10%, puede comprar un nuevo auto compacto para su hijo adolescente con esos $20,000 extras. Pero el mismo incremento del 10% representaría unos míseros veinticinco centavos de dólar extra para una de las tres mil millones de personas que viven con $2.50 al día.”[25]

La gráfica del elefante empleada por Pinker para argumentar que la economía, por muy desigual que sea, termina beneficiando a todos es sólo una forma elegante de ocultar el hecho de que el 1% de la población del mundo ha visto sus ingresos crecer 65 veces más en términos absolutos comparada con el del 50% más pobre de la población.

Lent concluye denunciando a Pinker por querer establecer una relación necesaria entre la idea de progreso y un modelo económico de libre mercado con valores centristas. El progreso que hemos presenciado durante este siglo se ha dado no gracias, sino a pesar del capitalismo esposado por pensadores como Pinker.[26]

 

6.

Tenemos, pues, propuestas para retomar los valores de la Ilustración desde la izquierda, la “Ilustración Oscura” desde la derecha extrema, y la “Red Intelectual Oscura” evidenciando que el espectro que va de derecha a izquierda es insuficiente para registrar las coordenadas intelectuales de todas las posturas posibles. Una lectura es que la crisis política por la que pasa el mundo es resultado de una más profunda crisis de los principios liberales y progresivos articulados en el proyecto emancipatorio de la Ilustración. ¿Cómo responde la arquitectura a este momento?

En 2016, el arquitecto español Alejandro Zaera-Polo propuso una “brújula política” de la arquitectura. El diagrama coloca a casi 200 prácticas de diseño en un mapa cuyas coordenadas abarcan siete categorías estético-políticas: activismo, populismo, historicismo materialismo, existencialismo, cosmopolitanismo, y tecnocrítica. En el ensayo que acompañaba al diagrama, “Ya bien entrado el siglo XXI ¿las arquitecturas del Post-capitalismo,” Zaera-Polo observa un resurgimiento del involucramiento político de la arquitectura e identifica a la crisis financiera de 2007-2009 como responsable del fenómeno.[27]

Tomaría demasiado tiempo ahondar en cada categoría, pero vale la pena mencionar algunas tendencias observadas por Zaera-Polo. En respuesta a la complejidad de las formas parametricistas (estilo que se asocia inexorablemente al tecno-cientificismo neoliberal), hoy se opta por un regreso a las formas simples, icónicas, o monumentales sustituyendo procesos algorítmicos de form-finding por estrategias más cercanas al collage o al objet trouvé. A manera de resistencia contra la mercantilización frívola de la arquitectura, se intensifica el uso de referencias históricas. En respuesta al foto realismo estandarizado, se recuperan el preciosismo de la representación gráfica con axonometrías didácticas, dibujos con gradientes pastel de estilo neo-naïve, e incluso se apropia el lenguaje visual populista de las historietas ilustradas. Por último, en reacción a las arquitecturas visualmente espectaculares y mediáticas del star-system, se da un retorno al énfasis en la materialidad y estéticas modestas, anónimas, “realistas” o povera como una forma de evitar la superficialidad de la imagen.

Como toda taxonomía, a mayor poder explicativo general, menor resolución particular y viceversa. El modelo de Zaera-Polo no es perfecto, pero es un buen compromiso entre estos dos extremos. El problema más grande con su “brújula” sin embargo, es que adjudica un compromiso político a todos los estudios de diseño sin importar si es explícito o “post-racionalizado.” Por ejemplo, dentro de la categoría “populista” se incluyen despachos como BIG, FREE, o MAD que muy bien podrían ser considerados como ejemplos de la mercantilización de la arquitectura y una estética sobre simplificada para el consumo de las masas. Este problema es especialmente agudo en la llamada categoría “existencial” donde la alienación involuntaria de algunos despachos puede tomarse como un signo de independencia. Zaera-Polo incluso se pregunta si la razón de que ciertos despachos opten por la producción gráfica preciosista sobre la construcción es debido a la imposibilidad de conseguir clientes en mercados deprimidos. Por último, muchas otras oficinas son incluidas bajo la rúbrica de las estéticas anónimas o genéricas cuando lo cierto es que oficinas como éstas han existido siempre y más bien lo que las caracteriza es una indiferencia hacia las cuestiones políticas.

Zaera-Polo busca formular una taxonomía post-capitalista. Sin embargo, el definir sus categorías estéticas negativamente, es decir, en términos de lo que están en contra (p.e. contra la mercantilización, la superficialidad, la falta de crítica, la complejidad opaca, el tecno-cientificismo, una hegemonía singular), conduce a un catálogo de particularidades anti-capitalistas en lugar de una narrativa general post-capitalista.

Por lo menos dos libros recientes se suman a las indagaciones compartidas por Zaera-Polo. Can Architecture Be an Emanciopatory Project?: Dialogues on the Left (¿Puede la arquitectura ser un proyecto de Emancipación?: Diálogos desde la Izquierda) editado por teórico Nadir Lahiji en 2016 y Positions on Emancipation: Architecture between Aesthetics and Politics (Posiciones sobre la Emancipación: Arquitectura entre estética y Política) editado por los arquitectos Florian Hertwek y Nikos Katsikis en 2018 son ambos resultados de mesas redondas (entre teóricos en el primer caso, y practicantes en el segundo). Junto con el trabajo de Zaera-Polo, ambos tienen en común reconocer la crisis financiera de 2007-2009 como el evento detonador de una nueva preocupación arquitectónica por la política.

Hertek y Katsikis citan a Charles Jencks quien lamenta la falta de toma de posiciones claras en la arquitectura y observan cómo una forma de “indiferencia neoliberal” parece haber contagiado a la disciplina desde los noventas. Hertek ofrece un breve recuento de la militancia política de la comenzando con los movimientos estudiantiles del 68. En aquel contexto, la emancipación se refería a la liberación de la sociedad de la arquitectura que era vista como un instrumento del aparato de control tecnocrático. El arquitecto italiano Aldo Rossi declaró que la arquitectura debía volverse autónoma como un acto anti-capitalista. Figuras como los arquitectos Giorgio Grassi y Leon Krier proponían un regreso a la práctica artesanal como resistencia a la industrialización. A pesar de la variedad de posturas políticas, lo que unía a todos los disidentes eran dos cosas: evitar que la arquitectura se volviera un instrumento de la tecnocracia funcionalista y evitar la subordinación a campos externos como la sociología. En Alemania, en los ochentas, la figura del arquitecto pasó de ser vista como “un autor independiente a un consultor y mediador al servicio de los usuarios del entorno construido.”[28] Y, finalmente, en los noventas emerge la llamada “tercer vía.”[29] El exponente más representativo de esta postura es el arquitecto holandés Rem Koolhaas. Según él, ni los arquitectos de izquierda ni los conservadores estaban capacitados para tener un impacto real puesto que ambos grupos habían rechazado involucrarse con la “sucia realidad” del capitalismo global. La práctica de Koolhaas busca cambiar tanto el medio construido como el discurso de la disciplina. Sin embargo, el enfoque de la “tercer vía” es criticado por ser considerado como una forma de “capitalismo suave.”[30]

Tras la crisis bancaria y el consecuente cuestionamiento de las narrativas neoliberales, el pragmatismo de la tercer vía genera despierta nuevas dudas sobre la competencia política de la arquitectura. Como Zaera-Polo, Katsikis y Hertweck sugieren que estamos presenciando un renacimiento político global en la arquitectura. Discursos como los del sociólogo Henri Lefebvre, el crítico cultural Frederic Jameson, el arquitecto italiano Manfredo Tafuri, y hasta el filósofo alemán Karl Marx están siendo revisitados. Las nuevas generaciones de estudiantes expresan una creciente inquietud ante temas como la polarización política, el cambio climático y la desigualdad social. El arquitecto chileno Alejandro Aravena fue galardonado con el Pritzker y poco después su propuesta curatorial para la Bienal de Venecia buscó regresar el enfoque a una temática social.

En contraste con la taxonomía inductiva, exhaustiva y estética de Zaera-Polo, las categorías de Katsikis y Hertwerk son deductivas, ad hoc y referentes a la práctica. Son las siguientes: el activismo, el pragmatismo, el “programatismo,” el análisis, y la narrativa.[31] Los activistas combaten desde el frente en ocasiones trabajando pro-bono involucrados con organizaciones de derechos humano, no gubernamentales y sin fines de lucro. Los pragmatistas consideran que la arquitectura puede detonar cambios, por menores que sean, desde una práctica progresiva. Los “programatistas” son partidarios de involucrarse en la producción espacial desde su planeación para influir más efectivamente en el proceso. Los analistas se dedican a poner las herramientas de representacionales del diseño al servicio de estudios que revelen procesos y condiciones otrora invisibles (gran parte de la producción en esta categoría se refiere al mapeo y la colaboración con otras áreas, especialmente con la geografía). Finalmente, los narradores se avocan a desarrollar ficciones y especulaciones informadas por una visión crítica. Todos los despachos incluidos en su listado son deliberadamente políticos (a diferencia del modelo de Zaera-Polo donde se da un margen abierto a a la interpretación). Pero las intenciones políticas deliberadas no son suficientes si no son dirigidas apropiadamente.

En contraste con los “censos” descriptivos de las taxonomías previas, el volumen de Lahiji ofrece más bien un análisis prescriptivo de la relación entre la arquitectura y las condiciones sociales y políticas del capitalismo.[32] Brevemente, la producción del entorno construido bajo nuestro régimen económico es menester de múltiples agentes entre los cuales los arquitectos son de los menos influyentes. Por lo mismo, los arquitectos se ven acorralados entre dos opciones extremas. Una es el confín de una especie de “proteccionismo disciplinario” donde los practicantes buscan reclamar para sí un área exclusiva de especialización corriendo el riesgo de confirmar su “inutilidad sublime” (citando a Tafuri)—una completa alienación involuntaria que se confunde con independencia profesional. En el otro extremo, se ven forzados a afirmar una mayor competencia (como lo fue el caso de la noción de la “arquitectura total” esposada por el arquitecto Walter Gropius) con la consecuencia de que los arquitectos son hechos responsables de cosas fuera de su control.[33] En ambos casos, la reducción de la arquitectura a los objetos producto de su trabajo refuerza su impotencia política.

Tal vez la crítica más fuerte es la del geógrafo y sociólogo belga Erik Swyngedouw quien, cansado con los críticos que se deleitan en la dialéctica negativa de la teoría crítica, hace un llamado a la acción bajo lo que llama, citando al geógrafo marxista David Harvey,[34] la figura del “arquitecto insurgente.” Aunque para él la arquitectura no puede constituir un proyecto de emancipación, los arquitectos, como cualquier otro actor involucrado en la producción espacial, pueden co-animar secuencias políticas emancipadoras. Según Swyngedouw, para volverse un “arquitecto insurgente” es necesario “dejar atrás la camisa de fuerza del lugar que uno ocupa en el edificio social apostando por la verdad del proceso de emancipación, suscribiéndose al deseo de su espacialización, encontrando la valentía de tomar postura en encuentros políticos agonistas.” [35]

Puesto de otro modo, la crítica existe para permitir el teatro de la política de la inclusión que legitima la fantasía ideológica neoliberal creando la ilusión de consenso (siendo en realidad sólo un placebo). La dicotomía del arquitecto autónomo y el arquitecto vasallo forma parte de esta fantasía ideológica. Por tanto, la solución no está en la crítica, sino en la acción. La política emancipatoria, en última instancia, es la transgresión de las fantasías ideológicas que estructuran la realidad de la vida tardo-capitalista.

Sin embargo, Swyngedouw también advierte que esta acción insurgente no es realmente transgresora si se limita a actos de resistencia locales.[36] Por el contrario, la labor de los arquitectos insurgentes debe develar una posibilidad más allá de la resistencia y aspirar a la universalidad.[37]

Lahiji y sus interlocutores presentan un análisis agudo, pero sobrio donde se opta por plantear preguntas difíciles en lugar de especular a la ligera. En las últimas décadas, hemos presenciado la transformación de la “realidad” en ideología.[38] El resultado de adaptarse a esta “realidad” fue el llamado “nuevo pragmatismo” esposado por la tercer vía. Pareciera obvio entonces que la arquitectura debe buscar una forma de autonomía. Pero no una autonomía de método,[39] sino de valores: la autonomía como condición preliminar para un involucramiento político.[40] Acaso la pregunta más obvia (pero complicada) que se presenta en el libro es la de cómo reformular la idea de la autonomía como un proyecto colectivo en el que lo estético y lo político son dimensiones co-extensas e inseparables del diseño? Por tratarse de un proyecto colectivo, necesariamente habría que recuperar el discurso universalista de la Ilustración (compartido por la arquitectura moderna). De otra forma, cualquier intento por formular un proyecto colectivo está destinado a permanecer incompleto.

 

7.

Toda esta plática sobre política, filosofía y crítica pareciera pedirle mucho a los arquitectos que, al final del día, son personas que decidieron dedicarse al diseño en lugar del activismo social, la política pública, la sociología, economía o filosofía. En la nota final del libro de Lahiji, la teórica Joan Ockman dice que “la arquitectura solo puede ser emancipatoria cuando se vuelva una necesidad y no un lujo.”[41] Tal vez el arquitecto intuye que lo bello es tan necesario como lo justo o lo verdadero. Sin embargo, creo que sería erróneo pensar, como lo argumenta el arquitecto británico Patrick Schumacher, que “no es la función social de la arquitectura activamente iniciar o promover agendas políticas.” Por tanto, me gustaría concluir haciendo referencia a una desapercibida entrevista con un arquitecto cuya obra pareciera ser la más distante de tener una función política.

En una entrevista en la revista A+U titulada “One Question for the Architect Who Does Not Believe in Anything” (“Una Pregunta para el arquitecto que no cree en Nada”),[42] el arquitecto suizo Valerio Olgiati explica cuál es, en su opinión, la pregunta de nuestro siglo. Si el problema del siglo XIX fue el problema del estilo (resuelto por el arquitecto prusiano Karl Friedrich Schinkel), y el problema del siglo XX fue el del espacio total (resuelto por el arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe), el gran problema de nuestra época es: ¿cómo es posible para un edificio existir de una forma y no de ninguna otra si el arquitecto no cree en nada? Para Olgiati, no creer en nada es sinónimo de ser posmoderno. Pero al mismo tiempo—y aquí radica la contradicción—el no creer en nada no significa que todo valga lo mismo: ése sería el final de la buena arquitectura y Olgiati no es un relativista.

Según él, sus edificios tampoco creen en nada: carecen de contenido y son ahistóricos. En su definición, la historia se caracteriza por un optimismo que sostiene que el futuro puede ser mejor si se aprende del pasado. Sin embargo, Olgiati no cree que sus edificios enseñen algo para mejorar al mundo o quienes los habitan. “Mis edificios no son parte de un linaje que conduzca hacia la providencia,” declara. Sin embargo, esta condición no es algo que lamentar. Por el contrario, Olgiati entiende a la posmodernidad como una época de liberación para la arquitectura. Al no creer en nada, toda la materia simbólica e histórica “extra-arquitectónica” deja de ser necesaria. Por tanto, el único referente con el que pueden contar sus edificios para evitar el relativismo es la arquitectura en sí misma: una especie de existencialismo arquitectónico, arquitectura pura.

Una lectura del trabajo de Olgiati sería que se trata de una arquitectura desapegada: indulgente en el mejor de los casos y negligente en el peor. Pero siendo caritativos, podríamos tomar con seriedad la exploración que se da en su trabajo sobre las tensiones entre lo particular-local y lo universal-global.

El filósofo francés Jacques Derrida alguna vez dijo que “no hay un mundo, sólo islas.”[43] Esta frase ilustra el anti-universalismo característico de la posmodernidad. Cuando Olgiati dice no creer en nada, se refiere al rechazo posmoderno sobre la primacía de cualquier gran narrativa, inclinación epistemológica, o cosmovisión. Pero cuando insiste en que, a pesar de no creer en nada, la buena arquitectura no puede ser negada, Olgiati está en busca de la generalidad o la universalidad. En sus propias palabras: “Tan pronto como mis edificios sean concebidos con materia extra-arquitectónica, perderían el poder de la generalidad.” Aunque su obra parezca autónoma o políticamente indiferente, en realidad, como producto consciente de su condición posmoderna, es partícipe en la lucha por rebasar sus propias limitantes ideológicas.

El objetivo aquí no es discutir si la arquitectura de Olgiati cumple con sus aspiraciones, sino ilustrar que, independientemente de la forma que tome el resultado de nuestra labor, parafraseando al lingüista norteamericano Noam Chomsky, “los intelectuales tienen dos responsabilidades: entender con claridad los mecanismos del poder e imaginar, y en la medida de lo posible practicar, una alternativa basada en una teoría de la naturaleza humana de la mejor forma que seamos capaces de entenderla.”[44]


[1] Para un resumen conciso sobre los problemas con la ideología neoliberal ver: Monbiot, George. 2016. “Neoliberalism – the Ideology at the Root of All Our Problems.” The Guardian, April 15, 2016, sec. Books. http://www.theguardian.com/books/2016/apr/15/neoliberalism-ideology-problem-george-monbiot.

[2] Smith, Neil. 1998. “Nature at the Millennium: Production and Re-Enchantment.” En Remaking Reality: Nature at the Millennium, editado por Bruce Braun y Noel Castree, 271–85. London: Routledge.

[3] La candidata demócrata Hillary Clinton contaba con la ratificación de los ejecutivos de Wall Street, la industria militar e incluso de figuras super conservadoras como el ex-vicepresidente Dick Cheney.

[4] Ver, por ejemplo, The Economist. 2017. Populism Is Reshaping Our World. https://www.youtube.com/watch?v=ekc5EAPPPgk o

[5] El geógrafo Erik Swyngedouw, citando al filósofo esloveno Slavok Žižek, declara que vivimos en una era post-política donde la teoría crítica ha sido neutralizada y asimilada como parte fundamental de la fantasía ideológica neoliberal donde permite crear la ilusión de consenso. Lo que digo aquí es que no sólo se ha neutralizado el aparato crítico, sino que se ha instrumentalizado en contra de las ideologías tanto de izquierda como de centro.

[6] Fluss, Harrison, y Landon Frim. 2017. “Aliens, Antisemitism, and Academia.” Jacobin Magazine. http://jacobinmag.com/2017/03/jason-reza-jorjani-stony-brook-alt-right-arktos-continental-philosophy-modernity-enlightenment/.

[7] El movimiento alt-right incluye a grupos supremacistas, neo-nazis, antisemitas, asilacionistas, nativistas, anti-feministas, homofóbicos, e islamofóbicos. El gabinete del presidente estadounidense Donald Trump ha incluido a varias figuras asociadas con el movimiento incluyendo al asesor principal del presidente Stephen Miller, asistente especial Julia Hahn, consejero de seguridad nacional Michael Flynn, y el infame estratega y exdirector del portal Breitbart News, Steve Bannon.

[8] Fluss y Frim arguentan cómo los principios de la modernidad ilustrada pueden encontrar su origen en la tradición filosófica semítica y, por tanto, cualquier pensamiento anti-moderno es también anti-semita.

[9] Harrison y Frim, 2017.

[10] Por ejemplo, las teorías de conspiración política que argumentan la existencia de un deep state o “estado profundo” coludido en contra del gobierno del presidente republicano Donald Trump, el negacionismo del cambio climático de los evangélicos fundamentalistas del Bible Belt o incluso los Flat-Earthers que sostienen que la Tierra es plana y que el alunizaje fue una producción ficticia de la NASA.

[11] Por ejemplo, el descubrimiento de la circulación sanguínea condujo al descubrimiento del metabolismo mismo que a su vez llevó a una mejor comprensión de los ciclos químicos del suelo. Ésta es la base que finalmente llevó a la invención de los fertilizantes artificiales y la revolución agrícola que rompió con la llamada “trampa Malthusiana” en el siglo diecinueve. La ciencia de la agronomía permitió superar las presiones demográficas ejercidas por los límites biofísicos previos.

[12] Por sistema, aquí se entiende el modelo político-económico del neoliberalismo. El que nos podamos referir a él simplemente como “el sistema” es sintomático de la “naturalización” del capitalismo.

[13] Land, Nick. 2012. “The Dark Enlightenment.” Blog. http://www.thedarkenlightenment.com. http://www.thedarkenlightenment.com/the-dark-enlightenment-by-nick-land/#comment-75364.

[14] Con gran influencia de pensadores como el escocés Thomas Carlyle quienes muchos consideran figura clave en el posterior desarrollo de ideologías fascistas en el siglo veinte. Carlyle, autor de On Heroes, Hero-Worship, and The Heroic in History (1841), escribió que la historia es la biografía de los grandes hombres. A la fecha de redacción de este ensayo, se discute en las noticias el video que el presidente de los Estados Unidos Donald Trump presentó al dictador norcoreano Kim Jung-Un en su encuentro celebrado en Singapur. El video, una pieza de propaganda política descrita por un comediante como una cruza entre un promocional inmobiliario y una película barata de artes marciales, comienza parafraseando a Carlyle al decir que, de los siete mil millones de personas, sólo unas pocas tienen el poder de cambiar el curso de la historia con sus actos.

[15] Curtis Yarvin y Peter Thiel, ambos emprendedores del Valle del Silicio con conexiones con la Casa Blanca, han sido las figuras más vocales de este movimienton el contexto norteamericano. Entre sus influencias cuentan al autoproclamado “super fascista” italiano Julio Evola fundador de la escuela del idealismo mágico, al economista norteamericano Murray Rothbard precursor del libertarismo anarcocapitalista, y al filósofo ruso Alexander Dugin promotor de la aceleración del fin de la historia a través de una guerra total.

[16] Ver, por ejemplo, Bartlett, Jamie (Enero 20, 2014). “Meet The Dark Enlightenment: sophisticated neo-fascism that’s spreading fast on the net”. The Daily Telegraph o Sigl, Matt (Diciembre 2, 2013). “The Dark Enlightenment: The Creepy Internet Movement You’d Better Take Seriously”. Vocativ.

[17] Weiss, Bari. 2018. “Opinion | Meet the Renegades of the Intellectual Dark Web.” The New York Times, May 8, 2018, sec. Opinion. https://www.nytimes.com/2018/05/08/opinion/intellectual-dark-web.html.

[18] Blaser, Mario. 2016. “Is Another Cosmopolitics Possible?” Cultural Anthropology 31 (4): 545–70.

[19] Un momento post-colonialista en el que se busca darle voz a aquellos a quienes históricamente no han sido escuchados: mujeres, minorías, miembros de la comunidad LGBTQ+, animales, y el entorno biofísico.

[20] Shaviro, Steven. 2005. “The Pinocchio Theory: Cosmopolitics.” Blog. May 28, 2005. http://www.shaviro.com/Blog/?p=401.

[21] Latour, Bruno. 2004. “Why Has Critique Run out of Steam? From Matters of Fact to Matters of Concern.” Critical Inquiry 30: 225–48.

[22] Pinker, Steven. 2018. Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress. New York, NY: Penguin Random House.

[23] Lent, Jeremy. 2018. “Steven Pinker’s Ideas About Progress Are Fatally Flawed. These Eight Graphs Show Why.” www.resilience.org. May 18, 2018. https://www.resilience.org/stories/2018-05-18/steven-pinkers-ideas-about-progress-are-fatally-flawed-these-eight-graphs-show-why/.

[24] Son sólo las clases medias en los países en desarrollo las que aparentemente no vieron gran mejoría.

[25] Lent, 2018.

[26] En una de sus ocho gráficas, Lent muestra cómo el incremento en salud pública se correlaciona más cercanamente con incrementos en la educación que en el crecimiento del producto interno bruto.

[27] Zaera-Polo, Alejandro. 2016. “Ya bien entrado el siglo XXI, ¿las arquitecturas del Post-capitalismo?” El Croquis 187.

[28] Hertweck, Florian, and Nikos Katsikis, eds. 2018. Positions on Emancipation Architecture between Aesthetics and Politics. Baden, Switzerland: Lars Müller Publishers / University of Luxembourg.

[29] Esta alternativa fue esposada en sociología por los sociólogos Anthony Giddens y Ulrich Beck y en política por los primer ministros Tony Blair y Gerhard Shcröder.

[30] Koolhaas en alguna ocasión ha declarado estar contento de que sus convicciones morales nunca hayan sido descubiertas. Ver, por ejemplo, “Rem Koolhaas im Gespräch mit Nikolaus Kuhnert, Anh-Linh Ngo und Stephan Becker,” en Arch+, no. 175/2005, p. 17.

[31] A diferencia de las categorías inductivas, exhaustivas y estéticas de Zaera-Polo, las categorías de Katsikis y Hertwerk son deductivas, ad hoc y referentes a la práctica.

[32] El arquitecto e historiador Libero Andreotti, el teórico David Cunningham, la decana asistente de la escuela de arquitectura de la Universidad de Yale Peggy Deamer, la historiadora de la arquitectura Joan Ockman, el geógrafo Erik Swyngedouw, y el teórico Nadir Lahiji.

[33] Lefebvre, Henri. 2014. Toward an Architecture of Enjoyment. Edited by Łukasz Stanek. Minneapolis, Minnesota: Minesota University Press.

[34] Ver: Harvey, David. 2000. Spaces of Hope. Berkeley: University of California Press.

[35] Lahiji, 2016. p. 49

[36] En este punto, el análisis de Swyngedouw coincide con la crítica del “parroquialismo político” que hacen los sociólogos Alex Williams y Nick Srnicek en su Manifesto y con la observación que hace el escritor Paul Mason sobre el problema del “Un No, Muchos Sís” (refiriéndose a un No en contra de las políticas neoliberales de estado y muchos sís a favor de una pluralidad de causas particulres como el feminismo o la discriminación racial). ver: Srnicek, Nick, y Alex Williams. 2015. Inventing the Future: Folk Politics and the Left. London: Verso y Mason, Paul. 2016. Postcapitalism: A Guide to Our Future. London: Penguin Books.

[37] Concretamente, a la espacialización de los valores universales de igualdad, libertad solidaridad y un control colectivo de los bienes comunales para lo que requiere organización esmerada, pensamiento crítico, imaginación radical y voluntad política para inaugurar un nuevo orden libre y solidario capaz de abolir al existente.

[38] Esto es lo que el crítico Marxista Mark Fisher ha llamado “realismo capitalista”—una condición donde la ley de mercado es tan “real” e inescapable como la ley de la gravedad.

[39] Como ha sido interpretada en el contexto norteamericano por figuras como las del teórico Michael Hays o el arquitecto Peter Eisenman.

[40] En la formulación del sociólogo alemán Theodor Adorno.

[41] Lahiji, 2016. p. 159

[42] Olgiati, Valerio, and Markus Breitschmid. 2012. “Conversation: One Question for the Architect Who Does Not Believe in Anything.” A+U 507: 8–11.

[43] Daou, Daniel, y Pablo Perez-Ramos. 2016. “Editorial.” En New Geographies 8: Island, 1st ed. Cambridge, MA: Harvard University Graduate School of Design.

[44] Chomsky, Noam, and Michel Foucault. 2006. The Chomsky-Foucault Debate: On Human Nature. New York: The New Press.

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