14 octubre, 2019

¿Cómo lo haría un ranchero?

por Juan Palomar Verea

Macizo, lógico, bonito. Estas son las notas que distinguen desde siempre a la buena artesanía, a la arquitectura hecha por sus propios usuarios cuando son dueños de su cultura y de su oficio. Como querían los clásicos, desde Vitruvio: Firmitas, Utilitas, Venustas: Firmeza, Utilidad, Belleza.

La mejor arquitectura que ha sido producida por la humanidad tiene estas características invariantes. Porque tales notas emergen del sentido común, del razonamiento elemental y recto, de la búsqueda de la verdad expresiva y de la armonía. En la arquitectura popular los ejemplos abarcan milenios de la historia humana. En la arquitectura “culta” (por llamarla de algún modo) la sofisticación es mayor, sin embargo en sus muestras más acabadas las tres cualidades están presentes con plena transparencia.

Es ya célebre la cita que encabeza esta columna y que proviene de Luis Barragán, cuando, ante un determinado problema arquitectónico se preguntaba “¿Cómo lo haría un ranchero?” Se refería así al inmemorial repositorio de sabiduría que se encuentra en las construcciones rurales de muy diversas latitudes, a los medios en donde es necesario resolver los problemas constructivos con solvencia física, con eficiencia, con natural belleza. Existe, en la biografía de Barragán, una acentuada cercanía con el campo, sus requerimientos y sus usos.

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