18 julio, 2016

Cómo cambiar la ciudad en cinco años

por Juan Palomar Verea

Suena engañosamente ingenuo, de una aparente simplicidad. En realidad es una muy amplia medida urbana y cívica mediante la que sería posible generar un cambio de fondo en la cara de Guadalajara, y sobre todo en la actitud y disposición frente a la ciudad de sus habitantes. Sería también una invitación y un acicate para las autoridades que así podrían entender más lucidamente las dinámicas citadinas, mejorar su disposición a impulsar una eficaz gobernabilidad.

Consistiría en lo siguiente: organizar, desde las instancias oficiales y civiles (EXTRA A.C., etc.) una muy extendida movilización ciudadana, adecuadamente concertada y equipada para lograr un fin muy concreto. Este será la siembra de millones de árboles (o centenares de miles aunque sea) en la superficie de toda el área metropolitana. Lo ideal sería que se sembrara un árbol por cada uno de los 4.3 millones de habitantes de Guadalajara. 

Es sencillo entender los alcances y las consecuencias de una acción masiva como la que representa la plantación de grandes cantidades de árboles en todos los contextos urbanos. Primero, sus consecuencias físicas: un muy considerable aumento de limpieza ambiental, de combate a la contaminación y por lo tanto de salud pública. Segundo, sus consecuencias estéticas: la casi omnipresente fealdad de la ciudad se atenuaría radicalmente con el único recurso a nuestro alcance (los árboles). La belleza urbana sería, literalmente, deslumbrante, y por lo tanto mejoraría en algo la condición cívica y moral de la población. Y después sus repercusiones políticas (en el sentido de la polis, y en el otro): al movilizar a la gente con un objetivo claro se iniciaría una masiva dinámica urbana que serviría para casi todo: campañas de limpieza, mejoramiento de pavimentos y alumbrados, vigilancia comunitaria, construcciones de parques y espacios verdes barriales, etc., etc.

El árbol, el mismo que está en el escudo de la ciudad, podría ser entonces el vínculo ahora casi perdido entre las gentes. Construiría comunidad.

Ya en alguna ocasión, en un foro de reflexión, fue expuesta esta idea al público. Un señor sociólogo “progresista” procedió inmediatamente a descartarla desdeñosamente por no atenerse a amplios marcos teóricos y a todo eso de lo que los señores sociólogos viven. Afortunadamente, desde la audiencia, una ciudadana procedió a fulminarlo, con impecable sentido común. E hizo, discretamente, quedar en ridículo al señor sociólogo.

Cinco años para cambiar la ciudad: el tiempo en que los arbolitos, bien cuidados, crezcan. Podrá, para las tan frecuentes mentes castradas tapatías, parecer esto ingenuo. También fue tachado de ingenuo alguien como Jaime Lerner, alcalde de Curitiba, Brasil, quien con medidas mucho más complicadas cambió a su ciudad en cuatro años (y luego llegó a ser gobernador de Paraná, su estado). Si las actuales administraciones metropolitanas de veras quieren cambiar la ciudad, además de restaurar a La Minerva y poner flores en las glorietas, algo deberían estudiar de lo que se hizo en Curitiba, en Medellín, en Dijon, en París, en Barcelona, en tantas partes. Medidas de fondo, arriesgadas, comprometidas, trascendentales. Como sembrar masivamente árboles.

Hace décadas que el síndrome de castración mental se apoderó de demasiados habitantes de Guadalajara. Es una enfermedad, a la larga, mortal (para los habitantes y para la ciudad). Pero puede haber una cura: sembrar un árbol, cuidarlo, verlo crecer.

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