23 octubre, 2015

Comentario sobre dos mapas

por Pablo Martínez Zárate

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Dos mapas. Uno de 1515, otro de 1524. Ambos documentos de viajes allende los límites del mundo conocido. En particular, dos islas. La primera perteneciente al universo de los libros de ficción (y de teoría política, que pocas veces distan los unos de los otros); la segunda, al universo mágico y cruel del “Nuevo Mundo”.

Cuando la Utopía de Tomás Moro fue publicada por primera vez en 1516, Hernán Cortés ya cortaba cabezas en Cuba. En la imagen que se incluye en la primera edición de lo que también es un comentario sobre la Inglaterra de su tiempo, podemos apreciar un universo que se asemeja sospechosamente al que poco más de una década, en el mapa atribuido a él, Cortés plasmó su visión de México-Tenochtitlan. Sospechosa no porque hubiese una intención oculta en Cortés (¿porqué habría de haberla, en alguien como él?); o porque éste haya leído a Moro. Más bien, pienso en la conexión (ingenua, tal vez) entre lo que llevó a Moro a imaginar su utopía y a Cortés todo aquello que podría hacer con las tierras conquistadas. El famoso mapa del conquistador no corresponde del todo a la antigua capital azteca. Las dos son ficciones cartográficas. Una sintetiza lo que Moro traza como ideal para su mundo, otra la ciudad ideal que Hernán Cortés no puede tener (de iconografía y espíritu europeos).  A un lado, la realización plástica de una tierra inexistente y la irrealidad de una isla que alguna vez, dicen, existió, al otro lado.

Moro se inspiró en los famosos viajeros de su tiempo, incluyendo las expediciones de Vespucio a América. Tal vez la ilustración que acompañó a la primera edición de su libro, en ese sentido, sea un presagio de la ciudad flotante que algunos años después le arrebatara el habla al ejército de Hernán Cortés. Según la narración del viajero Raphael Hythloday, inmortalizado por Moro en la ficción de la Utopía como su protagonista, la isla fue creada artificialmente por las instrucciones del rey Utopo. Los pobladores cavaron un dique que posteriormente fue inundado, separando así su no lugar del resto de la humanidad. Por su cuenta ––por nuestra cuenta—, el paisaje lacustre que Cortés y tantos otros pudieron contemplar como parte de la pseudo-utopía azteca, se enfrenta a un destino contrario: se ha ido secando, recubriendo con los siglos. Me pregunto: ¿dónde está la utopía, como campo de lo posible, hoy que la ciudad flotante es isla sólo en la nostalgia, presa entre un océano de asfalto, basura y tabicón? La ciudad se sigue inundando, eso que ni qué.
000009Foto: Pablo Martínez Zárate. Despegar sobre el oriente de la Ciudad de México, 2015.

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