12 octubre, 2013

Coludidos en los desastres

por Francisco Pardo | @@pardofrancisco

Esta ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz.

Jorge Luis Borges, El inmortal

El artista Americano Robert Smithson lo dejó muy claro en su obra: las intervenciones que hacemos en la tierra deben alterar tanto al lugar como a la pieza. En Partially Buried Woodshed, creada cuando Smithson fue invitado a una residencia artística de una semana por la Universidad de Kent en 1970 y diseñada junto con un grupo de jóvenes estudiantes, propuso enterrar parcialmente una cabaña abandonada dentro del campus de la Universidad. La idea de la entropía, característica en la obra de Smithson, nos ayuda a entender, cuestionar y reflexionar sobre lo que construimos en la tierra, sobre nuestras ciudades y las decisiones que se han tomado, que a posteriori producen grandes problemas a nivel social, económico y ético. Hoy los llamamos “desastres naturales”, pero Smithson lo contempla como entropía natural. El desastre sería lo que nosotros hacemos con las ciudades. La naturaleza no hace desastres: se acomoda, sigue su rumbo.

Escribo estas líneas de una manera casi oportunista. Ver los desastres provocados por las intensas lluvias, huracanes y terremotos, me lleva a reflexionar sobre la arrogancia e ignorancia al hacer ciudades en nuestro país. Políticos, desarrolladores, ingenieros y arquitectos siguen haciendo lo que quieren sin reflexionar que lo que se edifica, como lo pensó Smithson, tendrá consecuencias con su entorno natural.

Como ejemplo hay varios casos en México. Tenochtitlan puede ser controversial. Sin duda la visión de los mexicas fue menos ambiciosa que la de los españoles y la de los mexicanos. Fue una ciudad edificada sobre un lago pantanoso, en una cuenca donde el cauce del agua es importante, con asentamientos peligrosos y donde además de esto, hay terremotos continuamente. Seguimos desafiando esta condición, tratando de diseñar o idear lo más complicado. Los ingenieros se las ingenian para hacer más complejos los sistemas de agua de la ciudad, entubando, desviando, sacando y metiendo; los arquitectos emberrinchados en diseñar necedades; los políticos venden licencias donde no es apto desarrollar y los desarrolladores ganan sin cuestionar.

Ejemplos como el de Cancún y la desaparición de manglares: un lugar donde se diseñan largas playas de arena con un trascabo, para que los turistas piensen que ha sido siempre. Es casi como una disneylandia tropical, donde en las noches se coloca la arena que el mar se llevó, o donde desaparecen manglares para edificar hoteles que alteran el orden natural de la zona entre la laguna y el mar. Al final todos le echan la culpa a la naturaleza, a Dios y quién sabe a quién más.

Sin aprender de esto, ni entender la historia, está Acapulco. Sus primeros asentamientos se encontraban metros arriba de la costa, en la montaña dentro de la bahía, protegidos de huracanes y maremotos. Cuando llegaron los españoles construyeron estratégicamente un fuerte a más de 15 metros de altura, protegido por la península y la isla quebrada. Ahí se asienta la ciudad de Acapulco de donde salía la Nao de China, la cual se protegía de los vientos peligrosos en esa misma área de la ciudad. Después, ¿que pasó? La zona hoy “hot” y cara, una vez más, es donde desaparecen los manglares, se construyen edificios para ricos al frente y casas para pobres detrás, donde se modifican los cauces de los ríos y se desequilibra el sistema completo y donde hoy, miles de personas pierden su patrimonio estafados por grandes compañías y políticos coludidos que hacen negocio a costa de, primero, la tierra y, segundo, el patrimonio de la gente. No hace mucho, escuchaba durante una plática al directivo de una gran compañía viviendera que desarrolló miles de casas en la zona de la laguna de tres picos en Guerrero, decir con tono arrogante: “desviamos un río, fue un dolor de cabeza”.

Con mucha suerte la gente que tiene casas dañadas podrá ponerle precio a su casa como si fuera pieza de arte, igual que la universidad de Kent protegió la cabaña de Smithson por 40,000 dólares 11 años después de intervenirla, cuando ya quedaba muy poco y la naturaleza había hecho su trabajo.

desastre Imagen vía cnn

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