12 abril, 2013

Clorindo Testa (1923-2013)

por Arquine | @arquine

por Martín Marcos

Si bien nacido en Nápoles, Italia y llegado a Argentina a los cinco años, Clorindo Testa era, sobre todo, un hombre de Buenos Aires. Un flâneur porteño. Arquitecto deslumbrante y artista genial, fue producto de una ciudad culta y apasionada de la cual se nutrió y extrajo sus principales cualidades. Formado en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires (UBA), siempre prefirió el bajo perfil y que sus obras hablaran por él. Estudiante brillante descubrió tempranamente la modernidad en la arquitectura y adoptó al maestro Le Corbusier como referente y modelo profesional a seguir.  Para Clorindo Testa, pintura, escultura y arquitectura eran parte de un único universo creativo e intelectual, donde muchas veces es difícil determinar los límites entre lo uno y lo otro. Sus pinturas abstractas y expresivos dibujos de un tono intimista y severo contrastan con una arquitectura que siempre busca contagiar optimismo y alegría. Pareciera que esa dualidad vivía y tensionaba dentro de Testa. Viaja a Europa en 1949 con una beca de estudio para jóvenes graduados de la UBA y vuelve tres años después asumido como arquitecto y artista plástico.

Por esos días expone sus cuadros en las galerías porteñas y a los 28 años gana, junto a otros colegas, su primer concurso de arquitectura. El racionalista edificio de 1951 para la Cámara Argentina de la Construcción sería el inicio de una larga y dilatada trayectoria profesional. Testa se convertiría en el arquitecto argentino que más premios ha logrado cosechar en concursos de arquitectura a lo largo de todo el siglo 20. Esto da cuenta de su enorme voluntad y calidad de trabajo, pero también de la empatía y el respaldo que sus expresivas e innovadoras propuestas han tenido en el resto de la comunidad arquitectónica argentina. A diferencia de otros grandes arquitectos argentinos, Testa no cosechó enconos o enemistades. Su obra, por compleja y vanguardista, puede resultar polémica pero es imposible encontrar colegas que hayan tenido algún pleito con él; y eso no es poco en un ambiente tan competitivo y narcisista como el de la arquitectura. La humildad, sencillez y generosidad siempre lo han distinguido como un verdadero y elegante caballero.

Los primeros premios para las obras del Centro Cívico de la Provincia de La Pampa y la Biblioteca Nacional en Buenos Aires lo catapultan a la categoría de form giver y legitiman al monumentalismo brutalista como un territorio exploratorio posible para las condiciones económicas y tecnológicas de la argentina desarrollista de finales de los cincuenta. El de La Pampa será un conjunto donde sobresale un imponente volumen prismático de 180 metros de largo en código Le Corbusier de Chandigarh, donde sobresalen las cuidadas proporciones, sombras, llenos y vacíos de un gran ajuste plástico, revelando una sólida formación académica. En la biblioteca, un contundente “partido” libera el espacio público a nivel peatonal, concentra los depósitos de libros bajo tierra y hace crecer, mediante un monumental “árbol” de concreto, salas de lectura en un gesto orgánico de enorme potencia morfológica. También de esa época son el modelo urbanístico para el sector de Catalinas Norte y las intervenciones en los cementerios de la Chacarita y Flores, como producto de su trabajo en el área de urbanismo de la Municipalidad de Buenos Aires.

En 1964, Testa será convocado por el solvente y experimentado estudio SEPRA para participar en un concurso privado para la nueva sede del Banco de Londres en plena ciudad financiera porteña. El edificio resultante para la esquina de Reconquista y Bartolomé Mitre es la mejor obra moderna de arquitectura en Argentina durante el siglo 20, y una de las mejores en el mundo moderno. La combinación entre la solvencia profesional y rigurosidad constructiva del estudio de los arquitectos Sánchez Elia, Peralta Ramos y Agostini, junto a la vanguardista creatividad de Testa, produjo un resultado de gran particularidad y expresiva belleza. Una propuesta innovadora de una modernidad ciertamente influenciada por el último Le Corbusier, pero dotada a la vez de una calidad contextual dentro del denso tejido tipológico del barrio antiguo de la ciudad que es destacable y en la que el alumno supera al maestro. La esquina es tratada como una plaza abriendo la trama de potentes pórticos de concreto y dando entrada monumental mediante este espacio de transición techado de colosal altura, a la caja interna y transparente que encierra las funciones del banco. Allí, la organización espacial genera una experiencia dinámica y sugestiva de planos y bandejas suspendidos en el espacio. Testa rompe con la imagen de un banco tradicional y la moderniza de manera radical, pero al mismo tiempo produce una compleja lección de cómo dialogar y convivir de manera amable y respetuosa entre fuertes gestos y formas arquitectónicas con la ciudad preexistente.

Clorindo Testa fue un creador multifacético, no dogmático, de un gran oficio y capacidad creativa. Sus obras de intervención en el antiquísimo conjunto colonial de los monjes recoletos, en los setenta, dieron lugar a uno de los centros culturales públicos más dinámicos de la ciudad, haciendo popular la idea de reciclar e instalar una toma de conciencia respecto del patrimonio arquitectónico y sus potencialidades. Sus viviendas también serían motivo de experimentación y búsqueda de una poética singularmente provocativa, desde los volúmenes coloridos e irregular geometría de las casas La Tumbona y Capo Testa en la costa argentina, hasta los edificios de vivienda colectiva como el logrado conjunto de la calle Castex 3335. Para esa obra, Testa trabaja la idea de balcones-patio para los departamentos y logra una inserción no traumática de la tipología en torre dentro del tejido compacto de la manzana porteña. Testa demuestra todo el tiempo que primero es la ciudad, aún en una arquitectura de gestualidad formal tan potente como la suya. Su paso por la docencia universitaria fue fugaz, tuvo una cátedra en la UBA a finales de los cincuenta pero al poco tiempo supo que eso no era para él; no encontró ese placer y concentración que sólo le daban su estudio, atelier, y el diálogo ensimismado y lúdico con sus obras. Eso no obstó para que la propia universidad lo nombrara Doctor Honoris Causa, y que años más tarde, en 2006, la ciudad de Buenos Aires lo distinguiera como “ciudadano ilustre”.

Testa enseña por sus obras, haciendo más con menos, y eso en un país donde los recursos escasean es casi un compromiso ético y moral. Una forma de entender la profesión. Su minimalista y económica propuesta para la sede del Instituto de Cooperación Iberoamericana-ICI en un estrecho y tortuoso sótano con entrada sobre la calle Florida en Buenos Aires es testimonio de esa forma de entender la arquitectura como servicio y oportunidad. Su búsqueda alegre, pero nunca frívola de la belleza, lo llevó a experimentar formas, colores y texturas de gran expresividad pero sin descuidar ni hacer concesiones en la función y la utilidad, propias de la mejor arquitectura. Sus obras tienen muy presente la idea-fuerza de un “partido” claro y contundente, pero también invitan a un recorrido más intimo y fenomenológico por los detalles, los climas y los pequeños guiños que el creador deja a lo largo de esa promenade que nos propone transitar. Se ha ido un gran arquitecto y exitoso artista que desde su particular óptica ha creado una obra genial e irrepetible. Debe servir, de igual forma con la que planteó su relación con Le Corbusier, como inspiración creativa y no como modelo a copiar. En ella permanentemente conviven la razón y la emoción. Con inteligencia y mesura, Testa supo tomar lo mejor de Apolo y Dionisio. En el valor y amor por la ciudad reside el principal valor de su testamento.

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