18 diciembre, 2018

Ciudades intermitentes

por Juan Carlos Espinosa Cuock

 

 

 

Los cambios sutiles en el medio ambiente, esos cambios graduales de la iluminación, la temperatura, el color y el estado de ánimo de las estaciones, tienen la curiosa capacidad de crear lugares efímeros. Hacen aparecer cines en los parques, conciertos en los muelles y playas que no existían. Árboles y flores brotan de la nada y despiertan un sospechoso buen humor entre los habitantes animados por un impulso invisible que impregna toda la ciudad.

Las ciudades vistas desde esta perspectiva, son esencialmente un teatro en donde la arquitectura funciona como la escenografía, las personas son los actores y el medio ambiente es la tramoya de donde cuelgan las luces y la parafernalia. Sin embargo, esta concepción teatral y romántica del medio ambiente urbano está cambiando; hoy es un ejercicio menos contemplativo y más interactivo, un nuevo tipo de evento cultural que es menos espontáneo y más premeditado. Estos eventos, no son un hallazgo incidental provocado por la serendipia ni producto de las infinitas posibilidades de una ciudad en movimiento; tampoco se circunscribe a nuestra percepción ni memoria personal como usuarios de la ciudad a la deriva. La percepción urbana contemporánea es más bien una condición, omnipresente y simultánea, que requiere un re-ensamblaje deliberado para obtener su imagen completa.

La tecnología, por otra parte, tiene la poderosa capacidad de vincular estos eventos disociados añadiendo otra capa de complejidad a sus retículas fijas. Nuestra participación instrumental de alcance colectivo, nos permite ampliar, mezclar y difuminar sus imágenes para hacerlas parecer más profundas, reproducirlas selectivamente, editarlas y convertirlas en versiones más brillantes de la realidad; experiencias más ricas y ampliadas que el simple registro visual y que además cuentan con la capacidad de ser compartidas. Con esta mejora, pueden incorporar información complementaria sobre el habitante que experimentó el evento, no sólo como espectador sino también como creador. La gente de las ciudades contemporáneas percibe en base a lo que sabe (o cree saber) del lugar y el objeto, y no sólo respecto a lo que simplemente mira; una actividad mucho más compleja que la simple contemplación de sus parajes a través de los limitados filtros que por defecto, nos ofrece el medio ambiente.

Así, al devaluar la percepción directa de las cosas, todo se convierte inmediatamente en una interpretación, una variación proporcionada por el habitante que captura la realidad. A medida que avanzamos en estos territorios artificialmente ampliados, descomponemos el mundo en otras unidades y lo rehacemos usando otras herramientas para representar una supuesta comprensión más profunda sobre él. De ahí que el público contemporáneo exija imágenes más sofisticadas, mejor definición, interpretaciones más elaboradas de la realidad. Debemos tomar en cuenta que la percepción contemporánea no es sólo pública, sino también social; requiere de consensos, gran exposición y trasciende la localización física a través del parpadeo intermitente sobre los objetos que reseña, dejando sus huellas anticipadas a partir de una evaluación del evento que está ocurriendo en otros lugares, simultáneamente.

Este nuevo tipo de eventos urbanos, tienen que tener la capacidad de ser registrados para ser una verdadera fuente de información sobre lo que está ocurriendo allí, pero también deben poder ser almacenados, revisados y editados; algunos lo considerarán una amenaza, ya que sólo ven el peligro de la distorsión y la falsificación y esto sin duda es cierto, pero también es necesario desarrollar habilidades para leer estas nuevas imágenes que se confunden con la imaginería publicitaria impulsada por el consumo.

Por ejemplo, Times Square es irrelevante como una plaza, al igual que los edificios que la rodean. Las fachadas fueron sustituidas por potentes pantallas de alta definición con publicidad esquizofrénica patrocinada, que son sólo una cubierta. Sin embargo eso, no constituye el evento, ni la experiencia “real”; el verdadero acontecimiento son las otras miles de imágenes generadas, esas reproducidas ad infinitum en redes sociales por los millones de turistas que convergen allí cada día, en estas nuevas formas contemporáneas de peregrinación programada. Time Square como un lugar físico es intrascendente, incluso molesto; pero su visita es imprescindible porque existe como esta idea de que se trata de un estímulo que tenemos que experimentar, aunque no lo entendamos del todo. Estar parado en medio de Times Square, es menos importante que tomarse una fotografía o un video en medio de Times Square.

Las imágenes post documentales, su divulgación y la revisión de esa experiencia se han convertido en  la experiencia real. El lugar físico es la portada, cuya diferencia es la misma entre la portada de un libro y su contenido, en donde están escritas las convenciones de habitabilidad de los nuevos espacios emblemáticos que se han desarrollado desde la popularización de la fotografía digital, encontrando cada día oportunidades más interesantes para transmitir información, ideas y emociones sin mayor riesgo para la verdad que el que experimentamos actualmente, estableciendo relaciones sin precedentes entre el intérprete anónimo y el espectador ubicuo de las sociedades contemporáneas.

El giro que plantea esta revolución, reside en las nuevas fuerzas que impulsan este proceso. La relación entre el habitante como creador e intérprete con un público más amplio y participativo, crean un fenómeno global que no es liderado por profesionales, editores o fabricantes, sino por los propios usuarios. ¡Qué menos fuerte y consistente es la imagen que la experiencia! Sin embargo, la imagen reemplazará la experiencia.

El desarrollo de la tecnología y la explosión de la información, han llevado a la desaparición y sustitución de las referencias físicas de la ciudad. El espacio geográfico y los límites físicos se reproducen en la interfaz de una pantalla, las profundidades son transformadas en superficie. El lugar pierde su importancia en la vida humana y todos estos hechos tienen un impacto significativo en los edificios, estructuras y la ciudad misma; esos diminutos fragmentos de la vida humana en el espacio público urbano se van transformando e incorporando gradualmente a un corpus híbrido en el que coexisten e interactúan entre sí, el espacio físico y el virtual. Su instauración abolió instantáneamente la distancia física entre lugares y finalmente, nosotros fungiendo como terminales y armados con nuestros teléfonos inteligentes, hemos creado un nuevo tipo de relación interpersonal y pública. Cada detalle de la vida cotidiana y del comportamiento humano está cambiando, porque “habitar” ya no es cuestión de estar allí o disfrutar el momento. Los acontecimientos y su registro, son irrelevantes sin la correspondiente post-producción y edición.

El tiempo que fijaron los situacionistas para vagar por la ciudad, ya no necesita ser invertido en el desplazamiento ni en el registro de los eventos como mapas personales, sino en la edición constante de esos eventos y su divulgación en las redes sociales. La interacción indirecta, cambia todos los elementos sustanciales en el campo de la arquitectura y el urbanismo que desaparecen, como lo hacen los elementos gráficos que desaparecen en las fotos sobreexpuestas[1].  La interfaz que provee la pantalla, hace que la gente deje de prestar atención a su entorno material, y convierte las fachadas en un objeto bidimensional, una imagen simplificada, objetos que buscan centrar la atención en los aspectos simbólicos que contiene.

Esta percepción desplazada nos exime de tener que entrar en el edificio, pero nos obliga a revisarlo. Mirando a la pantalla, es técnicamente posible que cualquiera pueda obtener las imágenes de cada habitación de casi cualquier edificio, la imagen de cada rincón de la ciudad, imágenes de todas partes del mundo. Podemos mirar a través de la pantalla instantáneamente y estar allí, en lugar de caminar por allí. Podemos hablar de cualquier edificio inaugurando una nueva forma de interactuar con la ciudad. El valor de experimentar el espacio urbano real se está reduciendo, mientras que la gente prefiere la experiencia instantánea y multifacética de la pantalla, más holística y sofisticada.

La ciudad se está convirtiendo en un flujo de datos intercambiables en baja o alta velocidad, donde la distancia física entre eventos y lugares es irrelevante. El espacio geográfico y los límites sustanciales fueron tomados por la interfaz de la pantalla, la distancia y la profundidad transformadas en pura superficie delimitada por píxeles. Los libros antiguos solían decir que el espacio es la expresión de la sociedad; dado que nuestras sociedades están experimentando una transformación estructural, es una hipótesis razonable sugerir que actualmente están surgiendo nuevas formas y procesos espaciales a partir de esta nueva relación entre el habitante y la ciudad. Detrás de esas fachadas luminosas sobre los restos de la ciudad física, los intersticios entre las pantallas o los puntos ciegos de una cámara de vigilancia, se esconden esas nuevas anomalías materiales que no existen hasta que alguien las declara, concebidas y moldeadas por demiurgos anónimos que crean una mejor realidad a través de crónicas, diseñando y estableciendo virtualidades brillantes que flotan a la deriva, como una navegación pasiva a través de imágenes distorsionadas en las que los sucesos no duran más que unos pocos segundos de intensos resplandores, dejándonos con la sensación de querer más.


[1] Virilio P. – La ciudad sobreexpuesta, orig. La ville surexposee’, de L’espace critique (París: Christian Bourgeois 1984) MIT Press, Cambridge, MA 2000.

 

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