2 noviembre, 2015

Ciudades compartidas

por Mónica Arzoz | @marzozcanalizo

Las ciudades son elementos clave para comprender las dinámicas de crecimiento económico impulsadas por la globalización. Son el escenario sobre el cual se pueden observar las consecuencias que los modelos económicos tienen sobre una sociedad y el entorno construido que ésta habita. Comprender una ciudad, sus dinámicas y patrones, a través de los modelos económicos no es cosa nueva, estos, a lo largo de la historia, han tenido gran impacto y un estrecha relación sobre la manera en que el hombre hace y habita una ciudad.

Son muchos los autores los que han centrado su estudio en entender el papel que desempeñan las ciudades dentro de la globalización económica. Cada uno de ellos ha identificado el protagonismo de las ciudades de diferente manera, pero todos atienden a la capacidad de las ciudades para concentrar sectores económicos estratégicos que les permitan competir y destacar en la economía global. Desde la Ciudad Mundial de Friedmann y Wolff, la Ciudad Global de Sassen o la Ciudad Multiplicada de Muñoz, hasta la nueva tendencia de la Ciudad Compartida, todos identifican a la ciudad como el centro y protagonista de los procesos globalizadores.

Desde su inicio, la ciudad se ha creado y reconfigurado de acuerdo al momento económico por el que atraviesan. Las comunidades siempre han compartido los recursos, para garantizar la supervivencia colectiva. La ciudad se fundo bajo el principio de compartir recursos y espacios, a partir de las características intrínsecas urbanas como la proximidad o la densidad, dando como resultado dinámicas peer to peer muy particulares.

Actualmente, bajo la tendencia del consumo colaborativo o economía compartida, definida por Tim Bradshaw del Financial Times como «aquella que facilita el intercambio directo de bienes y servicios entre los particulares», una serie de nuevas dinámicas y patrones de comportamiento están emergiendo, transformando las relaciones urbanas. Se están creando nuevas maneras de gestionar los procesos urbanos, a la vez que se establecen relaciones más resilientes capaces de generar oportunidades colectivas en la vida cotidiana.

Sin ánimos de ser reiterativa y hablar de lo mucho que Internet ha cambiado nuestras vidas, es un hecho que ha reordenado el mercado, ha creado nuevas oportunidades de negocio y ya ha hecho del mundo un lugar cada vez más pequeño. Internet ha abierto una oportunidad sin precedente para definir a las ciudades como plataformas colaborativas, capaces de auto-satisfacer sus necesidades, dar soluciones a sus problemas a través de la innovación y colaboración, e incluso de redefinir la manera en que se desarrollan los centros urbanos. La economía colaborativa, el fenómeno que moviliza a los usuarios en nuevas relaciones de consumo, no es sólo fruto de las mentes innovadoras y disruptivas de Silicon Valley, ni es patrimonio de Uber o Airbnb –forma reducida de decir ‘Air bed and Breakfast’ o “Cama inflable y desayuno”–. Son fenómenos que ya existían, parte de la naturaleza humana, sin embargo, el gran cambio es que ahora la tecnología permite crear plataformas que dan al fenómeno un alcance global.

“Compartir en vez de poseer”. La economía colaborativa plantea una revolución abrazada a las nuevas tecnologías. Con estrategias que garantizan la accesibilidad como premisa por encima de la propiedad, se han creado nuevas formas de emprender pero, sobre todo, nuevas formas de habitar y un nuevo concepto de “Propiedad”. Se pasa de un mundo en el que algunos no utilizan sus bienes y otros no pueden tenerlos, a otro en el que la gran mayoría lo puede utilizar, siempre y cuando sea compartiéndolo: quien no puede tener al menos lo puede probar. Esto es una consecuencia de las plataformas tecnológicas, pero también es la respuesta a la inequidad e ineficiencia del mundo, el reflejo de una sociedad que busca cambiar la manera en que se habita.

En la actualidad, alrededor del 75% de los trabajadores del planeta son millenials –nacidos de principios de los ochenta a los 2000–. Esta generación, a diferencia de sus antepasadas, posee un concepto muy diferente del consumo y de la propiedad. Nativos digitales que basan su comunicación en las redes sociales y la mensajería instantánea, los millennials priorizan la experiencia sobre la propiedad. A medida que esta generación accede al mercado laboral, su impacto es cada vez mayor sobre las ciudades y la economía, y sus formas de compartir se irán adoptando en toda la población. Las economías compartidas tienen profundas implicaciones en cómo las ciudades diseñan sus espacios públicos, generan oportunidades de trabajo, aumentan la sensación de seguridad, gestionan el transporte y proporcionan servicios a los ciudadanos. Han tenido un gran impacto sobre las fronteras territoriales, ya que hoy en día una ciudad no sólo está definida por el espacio físico que ocupa, sino por el nivel de conexión –local y global– que existen entre sus espacios y habitantes. La idea utópica de tener una casa en cada país del mundo se ha vuelto una realidad alcanzable a través de plataformas como Airbnb. Esta empresa ha transformado la manera en que los seres humanos habitan el espacio. La experiencia de rentar un departamento es radicalmente distinta a alojarse en un hotel.

Pareciera que la aparición de las ciudades compartidas es un método de autodefensa ante los fenómenos que afectan su dinamismo: el tráfico, el desempleo o la subutilización de la propiedad. El movimiento coworking o las plataformas como Airbnb o Uber, se han convertido en las actividades más representativas de la Economía Colaborativa y el motor de las Ciudades Compartidas.

El reto hacia el futuro está en cómo integrar este movimiento a la planeación y el diseño de las políticas urbanas.

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